Teresa Salamero, presidenta del Colegio de Enfermería.

Teresa Salamero, presidenta del Colegio de Enfermería. E.E

Opinión

La excelencia nunca juega en solitario

Publicada

Hay una imagen que quedará grabada en la memoria de millones de españoles durante mucho tiempo: la selección española levantando la Copa del Mundo por segunda vez.

Pero, si algo ha demostrado este Mundial, es que los grandes triunfos rara vez pertenecen a una sola persona.

No ganó el mejor jugador, el que más portadas ocupó. Ganó el mejor equipo.

Esa es, probablemente, la lección más valiosa que Luis de la Fuente deja mucho más allá del fútbol.

Mientras otros hablaban de estrellas, él hablaba de personas. Mientras otros buscaban protagonistas, él construía confianza. Mientras muchos esperaban un líder carismático que monopolizara el foco, apareció un entrenador que repartió el mérito, protegió a sus jugadores y convirtió un grupo extraordinario de futbolistas en una auténtica comunidad.

No es casualidad que, tras conquistar el Mundial, el propio presidente de la FIFA alabara a España como un ejemplo.

Más allá del talento individual, el reconocimiento internacional llegó por una forma de entender el liderazgo basada en la humildad, la cohesión y el trabajo colectivo. Esa idea ha sido ampliamente destacada en las declaraciones posteriores al campeonato y en los análisis sobre el modelo de liderazgo de Luis de la Fuente.

Quienes trabajamos en un hospital no necesitamos imaginar esa realidad. La vivimos todos los días. Porque un hospital tampoco gana gracias a una sola persona.

La excelencia asistencial no depende únicamente del conocimiento del mejor cirujano, de la experiencia de una supervisora o de la brillantez de un jefe de servicio.

Depende de que todos los profesionales trabajen sincronizados, compartan información, confíen unos en otros y tengan un objetivo común: ofrecer los mejores cuidados posibles al paciente.

En enfermería esta realidad resulta todavía más evidente.

La enfermera que recibe al paciente en Urgencias depende del criterio de quien realiza el triaje. La profesional que inicia un tratamiento necesita la información correcta del turno anterior.

La enfermera que acompaña durante una noche difícil confía en que el equipo del día siguiente continuará los cuidados con el mismo rigor.

El auxiliar, el celador, el fisioterapeuta, el técnico de laboratorio, el farmacéutico hospitalario, el médico, el personal de limpieza o el administrativo forman parte de una misma cadena de valor donde cada eslabón resulta imprescindible.

El paciente no percibe departamentos, percibe un hospital. Y cuando uno de esos eslabones falla, no fracasa una persona; se resiente todo el sistema.

Durante años hemos repetido que el paciente está en el centro. Es una expresión acertada, aunque quizá incompleta. Porque el paciente solo puede estar realmente en el centro cuando el equipo trabaja alrededor de él con una misma visión.

Precisamente por eso resulta tan inspirador observar el liderazgo de Luis de la Fuente.

En lugar de alimentar egos, fortaleció relaciones. En lugar de dividir entre titulares y suplentes, consiguió que todos se sintieran importantes. El mensaje era sencillo: cualquiera podía ser decisivo porque todos eran necesarios.

La historia del deporte está llena de equipos plagados de estrellas que nunca llegaron a convertirse en campeones. De igual modo, la historia de la sanidad conoce hospitales repletos de magníficos profesionales incapaces de alcanzar todo su potencial porque cada uno trabajaba en una dirección distinta.

El talento suma. La cohesión multiplica.

Uno de los análisis publicados estos días sobre el liderazgo del seleccionador español destacaba precisamente esa capacidad para crear pertenencia antes que dependencia, para liderar desde la confianza y no desde el protagonismo.

Es una forma de dirigir que conecta sorprendentemente bien con las organizaciones sanitarias más innovadoras, donde la seguridad del paciente mejora cuando los profesionales pueden expresar dudas, compartir decisiones y colaborar sin miedo.

En enfermería hablamos con frecuencia de continuidad asistencial.

Pero esa continuidad no depende únicamente de protocolos o de herramientas informáticas. Depende, sobre todo, de las relaciones humanas.

Depende de la confianza, de la comunicación, del respeto profesional. Depende de saber escuchar, de pedir ayuda cuando hace falta o de ofrecerla antes de que nos la pidan. De celebrar los éxitos compartidos y asumir juntos las dificultades.

Eso también es liderazgo y trabajo en equipo.

Quizá una de las mayores fortalezas de la selección española haya sido precisamente normalizar la generosidad.

Ver a futbolistas de enorme prestigio celebrar un gol como si lo hubieran marcado ellos mismos, aceptar distintos roles durante el torneo o apoyar al compañero que atravesaba un momento complicado transmite una idea poderosa: el éxito colectivo siempre vale más que el reconocimiento individual.

En un hospital ocurre exactamente igual. La mejor enfermera del mundo no puede cuidar sola de todos sus pacientes. El mejor intensivista necesita confiar en su equipo. El mejor quirófano depende tanto del cirujano como de la enfermera instrumentista, del anestesista, del personal de apoyo y de quienes preparan todo para que la intervención sea segura.

Nadie salva vidas en solitario, las salvan los equipos.

Esa es probablemente la enseñanza más valiosa que podemos trasladar desde el deporte a la sanidad.

La BBC analizaba recientemente cómo la diversidad de trayectorias personales y familiares de muchos integrantes de la selección española terminó convirtiéndose en una de sus mayores fortalezas.

Diferencias de origen, experiencias vitales distintas y perfiles complementarios acabaron formando un grupo mucho más rico y resiliente. Los mejores equipos no buscan que todos sean iguales; buscan que todos aporten lo mejor de sí mismos al proyecto común.

Los hospitales también son espacios extraordinariamente diversos en los que conviven generaciones distintas, profesionales con décadas de experiencia y otros que comienzan su carrera, especialidades diferentes y formaciones complementarias.

Miradas diversas.

Lejos de ser un problema, esa diversidad constituye una enorme ventaja cuando existe una cultura compartida basada en la cooperación.

Porque cuidar nunca ha sido un acto individual. Cuidar significa acompañar, coordinar, compartir y confiar. Y también reconocer que nadie posee todas las respuestas.

En ocasiones pensamos que la excelencia consiste en no equivocarse nunca.

Sin embargo, las organizaciones excelentes saben que la verdadera fortaleza reside en aprender juntas, revisar los errores sin buscar culpables y mejorar continuamente gracias a la inteligencia colectiva.

Ese es también el modelo que necesita nuestra sanidad.

Una enfermería protagonista, sí, pero nunca aislada. Un liderazgo cercano, capaz de escuchar antes que imponer. Equipos cohesionados que entiendan que el paciente no recordará quién tenía más experiencia o más autoridad, sino cómo fue tratado durante su estancia en el hospital.

Cuando España levantó la Copa del Mundo, millones de personas celebraron el resultado. Pero el verdadero triunfo no fue solo ganar un campeonato, fue demostrar que un grupo unido puede llegar mucho más lejos que cualquier suma de individualidades.

Los hospitales deberían aspirar exactamente a lo mismo.

No a tener los mejores profesionales trabajando unos junto a otros, sino a conseguir que esos excelentes profesionales trabajen verdaderamente juntos.

Porque, al igual que en el fútbol, la excelencia nunca juega en solitario.

*Teresa Salamero, presidenta del Colegio de Enfermería.