Octavio Gómez Millán. Profesor y escritor.
Una vida organizada, un tiempo de verano, los mundiales como peldaños del recuerdo. Mi hijo juega con unas bolas baratas, de las que salen en las máquinas dispensadoras de las piscinas. Cada una de ellas con los colores de un país, de una selección. Quiere cambiar la de Uruguay por Irlanda. Le digo que mejor no. Que la de Uruguay es más valiosa. Me pregunta si alguna vez ha ganado el mundial. Y yo le digo que sí. Cuando el mundo era joven.
Le hablo del “Maracanazo” y me sorprendo a mí mismo. Llevo tanto, tanto tiempo sin seguir el fútbol que, cuando recito, como una letanía, todos los campeones del mundo hasta el 2010, mi mujer me mira como a un caso perdido. ¿Y qué ha pasado, por qué esa voluptuosidad memorística? Será que un niño, el niño Octavio, el niño que está encerrado en este cuerpo cansado (eso sí, de analíticas voy bien, para la tranquilidad del lector), quiere salir a jugar con el niño Román, su hijo. Pero, antes, mucho antes, estuvo el niño Octavio, el adolescente, el universitario, el opositor. Dejando pasar los mundiales como quien deja pasar los años. En múltiplos de cuatro, con divisores de cuatro.
Nací en el 78, mis recuerdos de Argentina se mezclan entre las cintas que me regalaron sobre la historia de los mundiales y mi pasión porteña posterior. Literatura y canciones. El dolor del garaje Olimpo y la plaza de Mayo, el proceso de reorganización, Videla. El bigote de Videla. Pasarella, que llevaba el pelo corto y decían que estaba bien con los militares, el Matador Kempes marcando un gol en una piscina de confeti, de papelitos blancos, como la remera del Valencia.
Este año Mario Alberto Kempes ha aparecido —creo que él no lo sabe— en una maravillosa novela escrita por Juan Luis Saldaña, «La mala edad». Es más un cromo que un futbolista, como nos pasa con todos los mitos. Fue Kempes y no fue Maradona, se quedó fuera en el último corte. Cómo lloraba el Diego en la serie de televisión que pasaron hace un par de años. Menotti, sin dejar de fumar, sin camiseta, Menotti y la tregua de Montoneros, el apaño con Perú, los milicos y River Plate, la segunda final perdida por Holanda. Holanda sin Cruyff. Cruyff fumando en su casa, asustado por un intento de secuestro. Como para ir a la Argentina.
Yo era un niño de Naranjito. Habíamos nacido para eso. En el 82 no era fútbol, era Naranjito. No queríamos ver los partidos, no queríamos ver los aburridos metrajes que colaban entre escena y escena de la serie de dibujos animados. Queríamos a Naranjito peleando contra Zruspa. Yo tengo cuatro años y Clementina me iluminaba los ojitos. La gran final, otra vez aquellos VHS, como ladrillos negros de película, Italia-Alemania (Federal, ojo, la oriental solo salió en el resumen de la edición de 1974).
Los goles de Paolo Rossi. Paolo Rossi bebiendo el agua fresca de la victoria que los tifosis le llevaban directamente a la boca, Rossi, apostador, algo mafioso, Rossi, un tanque elegante. Y, claro, Sandro Pertini, el presidente partisano, el hombre que había enterrado a Aldo Moro y a Anwar el-Sadat, dos hombres buenos asesinados. Menuda época, comunistas asesinando presidentes y sádicos religiosos disparando al hombre que buscó la paz en Israel. Menuda Europa, menudo mundo nos estaba quedando. Y todavía faltaban los años de plomo.
Te estás yendo, Octavio. La vida es una tómbola, y aquel día Pertini no paró de saltar y celebrar como un forofo cada gol de Italia. Y nuestro rey Juan Carlos, joven, muy joven, pidiéndole, entre risas, que se calmara. Habían pasado quince meses desde el 23F.
Leo estos días "Qué quedará de nosotros", de Eduardo Sacheri, sobre la guerra de las Malvinas. Y echo cuentas: el 13 de junio de 1982 fue el partido inaugural del mundial, en el estadio del Barcelona. Jugaba Argentina contra Bélgica. Los buques británicos rodeaban las Malvinas. Mientras los soldados argentinos se alimentaban de frío y ovejas viejas, escuchaban el partido en sus radios, sin querer sacar mucho la antena del transistor, con miedo a que los ingleses los encontraran.
Quedaban veinticuatro horas para que el mando argentino en Malvinas se rindiera. El asalto final. El segundo partido, contra Hungría, el 18 de junio, a cuarenta y ocho horas de ser desalojados de la isla Thule. Operación Keyhole. Otro problema solucionado, decía la Dama de Hierro. Y nosotros, mientras tanto, mirando la televisión, esperando que llegara otro día. Porque la vida seguía, con ganadores y perdedores, con muchos muertos, eso sí: España y Argentina, entre dictaduras y grupos terroristas, de todos los colores. Compro en el rastro de Tarragona, a los pies de la catedral, tres décadas después, unos periódicos deportivos, una guía del Mundial: el lomo está despegado, las hojas sueltas.
Una foto, en blanco y negro, el cinco de Argentina, el volante, se llamaba Barbas. Mi padre lo vio jugar. Decía que era buenísimo. Otros tiempos, ya lo he dicho. Unos tiempos en los que el organizador de la albiceleste jugaba en el Real Zaragoza. Que se dice pronto.