Lara Cotera, periodista

Lara Cotera, periodista

Opinión

La era del “Ozempic chic”

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El verano entró ardiente y sin tregua el domingo pasado. La mañana hizo gala de la llegada de la estación del calor y las chicharras, y la tarde fue para la Selección.

La temporada estival me recuerda siempre a un cuadro en el que Van Gogh pintó un campo de trigo con el sol ardiente al fondo, y también a las escenas de “Call me by your name”, tan lenta y tan despejada de todo lo que no sea la rutina, los baños, los paseos y, en ocasiones, el amor.

Durante los primeros años de nuestra vida, asistimos plácidamente al paso de las estaciones. No pesan y apenas sentimos que se descuenten del tiempo que vivimos. Cada cambio es para bien, y aunque lloremos por el fin de un amor de verano o por las despedidas de fin de curso, el presente es un aliado: ya estábamos cansados del calor o tal vez la primavera fue demasiado lluviosa y ansiábamos los baños y el sol de junio.

Sentimos que el tiempo pasa sin consecuencias y todo sigue unos plazos que nos convienen. Pero un día descubrimos que la vida es, en cierto modo, cíclica; pero nosotros no. Que cada estación que dejamos atrás va laminando nuestros bordes y que, si nos descuidamos, acabamos viviendo los ciclos de otros mientras envejecemos. Ya no crecemos, sólo nos gastamos como una pieza de jabón resbaladiza bajo el agua.

Hemos cambiado y no siempre somos capaces de tomar las decisiones que nos harían felices. En el mejor de los casos llegan las crisis: nunca es tarde para sufrir alguna. Pero, en el peor, sucumbimos a la monotonía y a la falsa aceptación de lo que sí que podríamos cambiar si le echáramos coraje.

Pensaba en el paso del tiempo y sus cicatrices estos días. Y en todo lo que hacemos para esconderlas. Una actriz española hablaba del regreso del ideal sobre los cuerpos esqueléticos. Decía que habíamos pasado del “heroín chic” al “ozempic chic”, aludiendo a la moda de las mujeres que, cada vez más mayores, profesan un enfermizo culto a la delgadez para no perder atractivo.

Pero no se llama culto al cuerpo. Se llama edadismo.

Aparentemente superado el tabú sobre los efectos de la menopausia; ahora llega la tendencia sobre la oportunidad que ofrece esta etapa de la vida para alcanzar el cuerpo atlético que no tuvimos ni a los 20 ni a los 30.

Y a los consejos para estar bien, véase el ejercicio de fuerza, la proteína y la eliminación de azúcar y otras personas tóxicas del entorno, se suma un déficit calórico extremo como paso insalvable para conseguir resultados.

Y así somos: más maduras y más experimentadas, pero víctimas esta vez del ideal de la red social y de la ‘red carpet’. Con brazos tersos y cara de hambre.

En esto, la vida sigue siendo cíclica.