Octavio Gómez

Octavio Gómez E. E.

Opinión

Ingeniería inversa

Octavio Gómez Milián, escritor y profesor
Publicada

Entre columnas, reseñas y lecturas de novedades la tarde se escapa hasta agotar la noche. Me imagino una semana entregada a la creación y acabo los lunes llevando a mi hijo a la escuela, café con hielo haciendo tiempos hasta que abre Arancha la frutería.

No llevo foulard, aunque, a veces, me pongo chaleco y camisa con detalles -para evitar el monocromo de camarero- y charlo con las maestras cinco minutos, el móvil apagado, poco más.

La pequeña victoria de las revistas en papel y los tebeos, por aquello de la supervivencia de lo analógico, compro las de baloncesto y alguna tapa dura de terror en el estanco de Carlos y sigo teniendo cuenta en una de las librerías de la capital, haciendo gasto, como decimos en Aragón, a los amigos que publican libros.

Se me acumula, con todo lo que me llega de las editoriales y acabo liquidando en Navidad con regalos para mis tías. A veces llegan cajas del Tajmahal llenas de voluminosos tomos de aventuras fantásticas, cientos de viñetas de hombres en mallas que salvan una y otra vez el mundo.

Los cuatro fantásticos, los vengadores y la Patrulla-X. La mayor parte recopilaciones del siglo pasado. Dicho así suena fuerte. Más si os digo que el niño que los coleccionaba pagaba ciento cuarenta pesetas por ejemplar y aún le sobraba para una bolsa de maíces.

Extraño la relectura de mis propios clásicos, el ritmo que me ofrecen los libros de siempre. Más allá de la procrastinación habitual del escritor, en al que la gran novela española ya no alcanza ni a ser aragonesa ni atecana, acabo comprimiendo el estío, igual que he hecho durante el curso, soñando con la disciplina del encierro, la esperanza de los sesenta días, anfetamínico, pero ordenado.

Hay que distinguir entre las lecturas que ayudan y las que emocionan. Hay que distinguir entre las que te dan marcha y las que llevarías a una isla desierta (ese era el otro título para la columna). Las primeras dan ritmo, alimentan la ingeniería inversa (que es el modo más sutil de plagio desde que pasó de moda la intertextualización), alimentan el ritmo del teclado.

Cuando El Español me ofreció esta colaboración lo primero que hice fue comprar Madrid entrevisto, de César González-Ruano. Si había que buscar ritmo, que viniera de uno de los buenos. Como con Spleen de Madrid e Iba yo a comprar el pan. Los dos de Umbral. Cambio por el de Ateca y el brócoli de los lunes.

No llevo bufanda porque soy de piel delicada y necesito tejido natural. Coger velocidad en la lectura para luego llevarla al teclado: Mantra y La velocidad de las cosas de Rodrigo Fresán, Mortal y Rosa de Francisco Umbral y todo el Manuel Vilas desde El cielo hasta España.

Si por isla y desierta consideramos el apartamento que dejan los profesores en el bajo del edificio donde vivo, ahí la lista crece, Cielo ha muerto y Los Versos dictados de Sergio Algora, Tokio ya no nos quiere de Ray Loriga, Discothèque de Félix Romeo, Fando y Lis de Fernando Arrabal, Espadas como labios y La destrucción o el amor de Vicente Aleixandre y Sobre los ángeles de Rafael Alberti, Y volver a leer. O, todavía más: escuchar todo Fito Páez desde Giros hasta Naturaleza sangre otra vez y, después, escuchar todo lo que ha hecho después.

O los discos de Leonard Cohen de Dear Heather hasta los esbozos póstumos de Thanks for the Dance (además de conseguir las letras y traducidas). Labores titánicas. Y, mientras tanto, jugar, traer, estudiar, querer y ver crecer a mi hijo.

Un hijo nunca es tiempo perdido. En realidad es un alivio egoísta. Cuánto he sufrido pensando que no volvería a disfrutar leyendo por primera vez a Warren Elllis o Sandman de Neil Gaiman y ahora me doy cuenta de que es mi hijo el que tiene todos los discos de The Smiths y las temporadas de Doctor en Alaska por delante.

Al final, lo dicho, esto era una columna sobre mi hijo. Como todas.