José María Lasheras, presidente de Horeca Restaurantes Zaragoza

José María Lasheras, presidente de Horeca Restaurantes Zaragoza E.E.

Opinión

No estamos solos

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Quienes estamos dentro lo sabemos bien: la hostelería no es solo un sector económico. Es una forma de vida. Es madrugar cuando otros descansan, abrir en festivos, sostener un negocio incluso cuando las cuentas no salen y volver a levantar la persiana al día siguiente con la misma dignidad y el mismo compromiso. Es convivir con la incertidumbre, sí, pero también con la convicción de que merece la pena. Y, en ese camino, hay algo decisivo: no estar solo.

Ningún sector, y desde luego tampoco el nuestro, ha avanzado nunca desde el individualismo. Las etapas de crecimiento, estabilidad y reconocimiento llegan cuando existe una visión compartida y personas dispuestas a remar juntas.

No solo cuando el mar está en calma, sino también cuando llegan las dificultades. Porque la hostelería no avanza por inercia. Avanza porque hay una dirección, una estructura y una comunidad profesional que empuja.

Las organizaciones empresariales cumplen precisamente esa función. Son la brújula que orienta, representa y canaliza el esfuerzo colectivo.

No son estructuras ajenas al sector, son la expresión organizada de empresarios y profesionales que entendieron hace décadas que defender lo propio exige también defender lo común. Negociar convenios, representar al sector ante las administraciones, anticipar cambios normativos, generar formación, abrir espacios de diálogo o construir reputación colectiva no son gestos puntuales. Son tareas silenciosas, complejas y sostenidas en el tiempo.

Gran parte de lo que hoy consideramos normal (la interlocución institucional, la estabilidad laboral, la profesionalización del sector, el reconocimiento social de la hostelería o la mejora constante de las condiciones empresariales, por poner algún ejemplo) no apareció de forma espontánea. Es el resultado de muchos años de trabajo, de muchas reuniones discretas, de momentos difíciles y de personas que decidieron permanecer cuando lo fácil habría sido apartarse.

Quienes llevamos tiempo vinculados al sector hemos visto esa constancia de cerca. Empresarios que han atravesado crisis económicas, pandemias, reformas laborales, cambios de hábitos de consumo y transformaciones profundas de la sociedad sin abandonar nunca el compromiso colectivo. Personas que siguen ahí, muchas veces sin hacer ruido y sin pedir protagonismo, porque entienden algo esencial: que cuando el barco se detiene, se detiene para todos.

Por eso conviene ser precisos cuando algunos outsiders reivindican el camino individual y presentan el éxito como una conquista estrictamente personal. Es legítimo emprender en solitario. Pero nadie empieza desde cero. Siempre existe una estructura previa, una red construida por otros, una negociación ya hecha, una reputación colectiva sostenida durante años y una organización que ha trabajado antes para abrir camino.

Y quizá ahí reside precisamente una de las grandes responsabilidades actuales del sector: explicar mejor quiénes somos y qué aportamos. Porque la hostelería no solo genera empleo, riqueza o actividad económica. Genera vida social.

Construye memoria colectiva. Está presente en las celebraciones familiares, en los encuentros con amigos, en los viajes, en los aniversarios y en muchos de los momentos felices que terminan formando parte de nuestra biografía personal.

De ahí nace también el concepto de “Orgullo Hostelero” impulsado por Horeca Restaurantes Zaragoza.

Una campaña que no busca únicamente reforzar la imagen del sector, sino reivindicar algo más profundo: el valor humano, profesional y emocional de una actividad que forma parte de la identidad de nuestro territorio.

El nuevo símbolo presentado por la organización representa precisamente esa idea de una profesión “cinco estrellas”: excelencia, dedicación, creatividad y compromiso cotidiano con las personas.

Porque la hostelería es técnica y especialización, pero también intuición, sensibilidad y relación humana. Y eso se percibe en los testimonios de muchos profesionales que han participado en esta campaña.

Félix Artigas, sumiller y jefe de sala de Gente Rara, habla del orgullo de dar voz a pequeños productores.

David Lorente, desde Nola Gras, reivindica la creatividad sin límites y la emoción como materia prima del oficio.

Jorge Rozas, desde Rústico, resume la profesión en una idea sencilla y poderosa: “Trabajamos dando felicidad al cliente”.

Otros profesionales hablan del cuidado, del respeto, del trabajo en equipo y de la importancia de convertir cada servicio en una experiencia humana auténtica.

En un contexto marcado por la digitalización acelerada y por el avance de tecnologías como la inteligencia artificial, la hostelería representa precisamente aquello que ninguna máquina puede sustituir: la relación entre personas. La conversación, la acogida, la intuición, la empatía, el gesto humano.

Frente a un mundo cada vez más automatizado e impersonal, la hostelería sigue siendo uno de los últimos espacios reales de encuentro.

Por eso el “orgullo hostelero” no debería entenderse como un eslogan, sino como una reivindicación legítima.

Orgullo por un oficio exigente, creativo y profundamente humano. Orgullo por un sector que lleva décadas sosteniendo parte de nuestra economía y también buena parte de nuestra vida social. Y orgullo, sobre todo, por haber entendido algo esencial: que nadie llega lejos completamente solo.

Porque los sectores que perduran no se construyen desde la individualidad. No hay héroes solitarios capaces de sostenerlo todo. Hay redes, equipos y compromiso compartido. Hay generaciones enteras de empresarios y profesionales que han entendido que avanzar juntos no es una opción estratégica, sino una responsabilidad colectiva. Y quizá, al final, todo se resuma en una idea sencilla: seguir remando juntos para seguir avanzando juntos.

*José María Lasheras, presidente de Horeca Restaurantes Zaragoza