Octavio Gómez Millán.

Octavio Gómez Millán.

Opinión

Sobre Gascón y los nuevos Bartleby

Octavio Gómez Milián, profesor y escritor
Zaragoza
Publicada

Me gusta leer a Daniel. Me gusta tener recuerdos nutritivos junto a él. Unos tristes, como el mensaje que me mandó después de la muerte de Félix, en el que me decía que no hacía falta que estuviera Félix para que nos viéramos, y otros más lúdicos, al lado de la estación de Goya, antes de que los dos nos marcháramos de Zaragoza, antes de saber ninguno de los dos que, la próxima vez que nos viéramos, ninguno viviría en Zaragoza, con un libro de canciones de Joy Division y preguntándonos hasta dónde llegaría ese partido nuevo. Y no era Ciudadanos ni UpyD.

¿Podemos medir el porcentaje del partido y/o evolución de la propuesta y agrupaciones, escisiones, liberticidas afines a Pablo Iglesias -ojo cómo he evitado usar el mismo sintagma en la misma sentencia, ya perdonará el Jefe, con jota mayúscula, el exceso de subordinadas- en la reflexión de los Nuevos Bartleby? Podríamos, pero prefiero que lixivie a lo largo del texto. Por lo menos los liberales, los jacobinos y demás afines diluidos nos ofrecen, de manera regular, buenos libros. Sí, otra vez, nutritivos.

Es que Daniel me libera, es su misión principal. De manera inesperada y aleatoria, río y pienso. Es una obra cómica, es una obra de violencia cósmica. En Los Nuevos Bartleby "Crónica de un Cansancio Colectivo", el nuevo libro de Daniel Gascón, nos invade la pena en un mundo que considera el capitalismo como algo nocivo pero lo disfruta. Es Melville un tipo que se adelanta a George Saunders en sus cuentos ofimáticos, que seduce a Rodrigo Fresán (Bartleby Mantra), Mariano José de Larra, vuelva usted cuando pueda (cuando consiga comprar una cita previa). Es la administración pública y una gran empresa estructuras gemelas que permiten el anonimato y el sabotaje. Ocultan lugares para los objetos perdidos, cartas muertas, como las que envían a los Reyes Magos, al Papa de Roma, al Rey de España. Daniel Gascón recuerda The Office y el blues de George Costanza. Imagina el presentismo español llevado al extremo. Una ley que habla del trabajo y el tiempo, como todo se expande, sin eficiencia. Como los juguetes en la habitación de mi hijo colonizando la casa. Como mis propios juguetes. Como los libros sobre la mesa del columnista, reseñista, cuentista, profesor de instituto… vivo en la dualidad del sabotaje y el orden. Quiero destruir el sistema desde dentro, como en la canción de Leonard Cohen. Así me justifico, en mi condición de liberal y funcionario. Pero es como practicar el ludismo con portátiles de drivers sin actualizar.

Generar conflictos o, todavía peor, echar nafta a las brasas de los que se pensaban solucionados. He estado allí, he sido jefe, subordinado, joven y veterano. «No volveré a ser joven», más allá del verso de Jaime Gil de Biedma se oculta la perplejidad. Vivimos en una sociedad en la que la edad es algo cualitativo, se han retrasado las acciones y las responsabilidades. Yo mismo escribo una columna, dos o, incluso tres, al mes para conseguir una autoridad más que moral, permisiva, que me permita seguir comprando tebeos, guardando las figuras en sus cajas, afanado por comprar un portátil “gaming” para poder hacer mis propios mods. Mods que exigen horas de edición, meter maillots y etapas, para conseguir que el simulador de ciclismo me devuelva a tiempo de Perico Delgado, Greg Lemond y Laurent Fignon. Me escondo de mi hijo, disfrazado de Spiderman, le aseguro a mi mujer que estoy escribiendo la gran novela americana (en este caso, atecana) y me doy cuenta de que la madurez tardía está, más que promovida, permitida por esta sociedad, en la que todo se traslada, es una especie de procrastinación genérica. Padres con cuarenta años, que se visten como estrellas de rock de los noventa (de los noventa, ni siquiera de los setenta): zapatillas, pantalones pitillo y el combo más peligros, camiseta con jersey.

Es tiempo de exaltar la República, de ser nietos de la Guerra Civil y no hijos de la Transición. Esto último es cita textual. Incluso reescribir la tercera guerra ibérica, la de los años de plomo y siguientes. No es que sean malvados (no se ponen en el fondo de llamadas logos de las Brigadas rojas o de banda Baader-Meinhof), más bien son bobos. Sumidos en el carrusel de cambios, a favor siempre de lo bueno, una vida de eterno moscoso funcionarial o ausencias escolares justificadas por padres -bobos también-, como la de los adolescentes y los políticos en tránsito, yendo en una flotilla hacia Gaza o volviendo a subir historias en Tiktok sobre/contra el Cambio climático. Tiktok, IG, Facebook (esto menos), con sus servidores refrigerados con agua dulce, agua que se consume, como los libros de los autores que defienden el decrecimiento económico. Paradoja que aporta Gascón: si venden mucho, pueden convencer al mundo, pero si lo hacen, el consumo de papel y recursos escala por encima de lo deseable en una sociedad que debería volver a zonas de piedra, caliza, carbónica, afónica. En el silencio de los seres humanos, sin niños, solo frutas y verduras, la naturaleza abriéndose paso, un escenario postapocalípico, distópico, de videojuego y serie de Netflix. Incluso diría fungoso. Por “The Las of us”, claro. Un problema complejo resuelto con pócimas y lugares comunes. Una disyuntiva universal, que implica a toda la humanidad, tratada con lemas ostentosos y reivindicativos. ¿Qué podría salir mal?

A grandes males, decrecientes remedios. Esto también es una cita. Hacerse pobres. Pero solo vosotros. Los que votáis mal. Los que tenéis mucho dinero. Me gusta la fórmula mágica del impuesto a los ricos. Está en la zona de efectividad de las consignas como «Imagina que hay una guerra y no vamos nadie», los ricos, tú eres rico, mi suegra, que alquila dos pisos a profesores interinos, curso complejo, prohibido fumar y mascotas, es rica. Seguro que el poder político es capaz de atrapar a esa élite y extraer su dinero, dinero de rico, un dinero malo, como la manera en la que voto yo, en la que vota mi padre. La sandez de no querer traer niños al mundo, a este mundo, a mi mundo, pero también al tuyo. ¿Qué haces para cambiarlo? ¿No lo has leído en el párrafo anterior? Tengo un artículo que te lo explica.

Este mundo de antibióticos y nutrientes, de vacuna y, vuelvo a insistir, agua caliente para los baños. En realidad, no sabemos muy bien qué hacer. Así que nos quejamos, saboteamos, nos quedamos quietos y nos quejamos si el mundo se sigue moviendo. Conozco muy bien la caída de la oscuridad en un pueblo de Aragón, en cualquiera de los lugares de la región, en la que no tenemos estaciones intermedias, cerca de Soria, el lugar, dijo Peter Handke, con menor densidad de población en la Europa civilizada. ¿La IA nos hará compañía? «A nivel individual se puede vivir fácilmente como una amenaza, pero mi trabajo es una mierda y tengo miedo de que desaparezca». Resumido, más o menos, en el recuerdo de las últimas vacaciones: «La comida del restaurante del hotel era muy mala. Una basura. Y, además, escasa». Internet y los teléfonos móviles, no ha desaparecido la soledad, se ha terminado el aburrimiento. Por eso puedes esperar. El que lo pilla todo es Michel Houellebecq, como muy bien recuerda Daniel: primero con el ascenso del islamismo políticamente goloso, que nos dejará, a los hombres recuerden, en una posición de poder y comodidad porque, así te lo dirán unos minutos antes de la primera llamada a la oración (obligatoria, por supuesto), «Por lo menos no manda la derecha».

También avisó el bueno de Houellebecq de cómo se infiltrarían las hordas de H.P. Lovecraft en el mundo euclídeo, pero si nos metemos con eso se nos va de caracteres la columna. Las redes sociales sirven para una cosa y para la opuesta. Es un mundo de contradicciones. Pensáis mucho, pensáis mal. La locura se infiltra en la normalidad. La delación se enfrenta a lo políticamente correcto y exige del anonimato. Esperamos, sumidos en el delirio burocrático, ahora con firma digital, mañana con comprobación de redundancia triple. ¿Se lo vas a explicar a mi padre? Esto lo puede hacer mi sobrino, mi primo. Pregúntale a Grok.