Joseba Bonaut, profesor de Comunicación en la UZ

Joseba Bonaut, profesor de Comunicación en la UZ

Opinión

La mirada a la realidad

Joseba Bonaut, profesor de Comunicación en la UZ
Publicada

El género de cine documental ha causado siempre mucha curiosidad en los espectadores. En los orígenes del cine, estas películas retrataban el día a día de los ciudadanos, nos mostraban lugares emblemáticos o cumplían la función de informar sobre hechos noticiosos. Es decir, fueron los primeros informativos audiovisuales de la historia.

Se reconoce a este género como aquel que toma como referencia la realidad para acercárnosla, profundizar en algún aspecto o tema y, muy especialmente, para dar voz a los problemas y a las inquietudes de las personas.

Muchos han considerado al documental como una forma cinematográfica realista, entendida más por su estilo formal (cámara móvil o fija que sigue sin intervención el devenir de la realidad; o películas de carácter didáctico que nos forman sobre algún tema) que por su finalidad última: el desocultamiento de la verdad de nuestro día a día.

Es por esta razón que el documental utiliza recursos que imitan las dinámicas de nuestro entorno, pero que, al igual que los productos de ficción, generan relatos y puestas en escena con una intencionalidad y punto de vista subjetivos. El documental se basa en la realidad, pero no deja de ser una ficción, entendida esta como una creación manufacturada por los cineastas.

Actualmente, los documentales tienen una gran presencia en las plataformas de “streaming”, especialmente en formato serial, y hacen mucho énfasis en temas como el conocido “true crime” (crímenes), en las biografías, historias de superación, denuncia de problemas sociales o, incluso, en formatos más cercanos al “reality”. En el fondo, los documentales tratan, hoy en día, de satisfacer la necesidad de curiosidad del espectador bajo una importante dosis de espectacularidad y sensacionalismo, aspectos que corresponden de manera muy efectiva con los tiempos actuales de la hiperactividad y del estímulo continuo.

Por esta razón, noticias como la que tuvo lugar el pasado 16 de febrero, con el anuncio del fallecimiento del gran documentalista estadounidense Frederick Wiseman, nos entristecen y reducen las pequeñas muestras que todavía quedan de la importante función social y cívica del documental.

Frente a la espectacularización y el sensacionalismo, Wiseman fue un profundo convencido de alimentar la curiosidad del espectador, exponiéndole la necesidad de sentir respeto por la realidad de nuestro entorno, por formarle y darle a conocer las principales instituciones que rigen nuestra vida (como la educación, la sanidad, el arte), y, en definitiva, motivar a la audiencia a ser consciente de su condición de ciudadano con mayúsculas.

Qué implica vivir en sociedad bajo unos valores asentados en la solidaridad, el esfuerzo colectivo, la responsabilidad y la educación fueron las preguntas que Wiseman intentó contestar a través de sus más de 40 documentales de larga duración.

Wiseman entendía el documental como un medio para mirar al mundo con curiosidad y atención, con calma, sin intervención, como quien decide esperar a que la vida pase ante sus ojos para tener una opinión, y quien cree que ese camino es el único para vivir en una sociedad verdaderamente sana.

Con su fallecimiento se nos ha perdido una pequeña pieza del puzle del arte cinematográfico, pero, muy especialmente, se ha ido un intelectual de verdad, esos que callan más que dicen, y que muestran más que demuestran. Que su muerte nos sirva para recuperar su obra y seguir su ejemplo.

Joseba Bonaut, profesor de Comunicación en la UZ