Verónica Crespo

Verónica Crespo E. E.

Opinión

Podemización de Vox

Verónica Crespo, doctora en Comunicación
Publicada

El 15M supuso un terremoto social y político que sacó a las calles a miles de personas. Venía un cambio de época, una repolitización ciudadana y el fin de la hegemonía de los partidos tradicionales. Adiós al régimen del 78. Decían.

De esa cristalización surgió Podemos (2014), la nueva política liderada por Pablo Iglesias, convertida en la tercera fuerza con 69 diputados en apenas un año. Irrumpió en el Congreso, en las asambleas de las comunidades autónomas y en los principales ayuntamientos del país: Madrid, Barcelona, Zaragoza, Cádiz…

El crecimiento fue meteórico pero el descenso, brutal. Comenzó el día en el que Iglesias clavó su pica en Flandes logrando la vicepresidencia en el primer Ejecutivo de coalición de la democracia.

Para la derecha española, aquello generó una profunda inquietud sobre el rumbo de España. Simbolizaba la entrada en uno de los puestos más altos del Ejecutivo de la izquierda radical que había cuestionado pilares institucionales, la monarquía parlamentaria o el propio modelo territorial.

Seis años después podemos contar que nada se rompió. Fueron más los fracasos en intentos de cambio que las transformaciones reales. Hubo más gestos que políticas. Y lo que menos tuvo Podemos fue tiempo. Especialmente en el caso de un Pablo Iglesias desubicado en su nuevo papel institucional.

Compañeros analistas dicen que Vox no quiere cometer los errores de Podemos. No quiere ser la palanca del PP, quiere ocupar su espacio. Abascal sabe que el principal partido rentabiliza los logros del gobierno, que se lo digan a Sumar.

Pero, ¿cómo lo va a conseguir? La encrucijada a la que se enfrenta Vox no es fácil. Mantenerse en la oposición, en la pelea constante, en el conflicto claro, en el mensaje simple, es la estrategia que le funciona.

Pero sus votantes tienen sed de poder. No entenderían una repetición electoral cuando los números dan para negociar e influir en gobiernos de derechas. Costaría justificar la utilidad del voto Vox si no está interesado en asumir responsabilidad institucional.

Si entra, que lo hará porque no tiene otra opción, el problema radica en la gobernabilidad. En el reto diario de garantizar la prestación de servicios, de abrir colegios y asistencia sanitaria en zonas rurales, de reparar carreteras, de sacar adelante leyes, de vertebrar un territorio como el de Aragón, el de Extremadura, el de Castilla y León…

El presupuesto de una comunidad autónoma no puede negociarse por WhatsApp.

Si un día Santiago Abascal alcanza la vicepresidencia del Gobierno de España experimentará las sensaciones que vivió Pablo Iglesias.

¿Cómo explicará en ese momento todo lo que prometió y no puede hacer? ¿Cómo les dirá a los agricultores que España no puede salir de Mercosur? ¿Cómo justificará que no deporta a miles de inmigrantes porque necesita mano de obra en sectores como la hostelería, el transporte, la agricultura, la construcción…?

La falta de estructura en el territorio de la ‘nueva política’ rompe los suelos electorales. Mientras PP y PSOE tienen garantizada su base electoral por su amplia capilaridad, otros partidos que experimentaron un crecimiento exponencial sufren al mismo ritmo la pérdida de apoyos cuando las circunstancias sociales cambian.

Ahora, es el momento de Vox. Impulsado por una ola reaccionaria internacional, reforzado por una estrategia adecuada y sin un adversario que consiga plantarle cara seguirá viviendo dulces noches electorales. Pero de cómo gestione su papel al día siguiente dependerá su supervivencia. Me encantaría saber qué es de Vox en cinco años…