Incendio en zona forestal “del molino” de Benimantell el pasado mes de mayo.
El invierno lluvioso y la despoblación del interior, claves para entender el riesgo de incendios de este verano
El nivel de preemergencia por riesgo de incendio forestal en la mayor parte de las comarcas de la Comunitat Valenciana es alto.
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El invierno más lluvioso de los últimos años ha dejado una imagen engañosa en buena parte de la provincia de Alicante: montes más verdes, barrancos con más agua y una sensación extendida de alivio tras meses de sequía. Pero esa abundancia hídrica que ya ha quedado registrada por la Aemet, no necesariamente reduce el peligro de incendios en verano; a menudo, lo desplaza.
La vegetación que ha brotado con fuerza durante los meses húmedos no desaparece, sino que se seca con rapidez cuando llegan el calor, la baja humedad y el viento, y termina convirtiéndose en combustible disponible justo en la época más crítica. En un territorio como el alicantino, donde la combinación de masa forestal, relieve abrupto y episodios de calor extremo ya ha demostrado su capacidad destructiva, esa transición obliga a mirar el riesgo con una lógica más compleja.
A ese factor meteorológico se suma otro de fondo que los expertos vienen señalando desde hace años: la despoblación del interior y el abandono de usos tradicionales del territorio. Cuando la actividad agraria retrocede, también lo hacen tareas que durante décadas ayudaban a mantener el paisaje en mejores condiciones frente al fuego, desde el pastoreo hasta la limpieza de márgenes o el aprovechamiento de biomasa. El resultado es un monte más continuo, con más carga vegetal y menos discontinuidades naturales que frenen la propagación de un incendio.
Expertos en la lucha contra incendios en la provincia de Alicante reconocen que no hay presupuestos públicos que permitan suplir, con guardabosques o efectivos sobre el terreno, lo que en otro tiempo hacía la población agraria en zonas en las que hoy se ha reducido al mínimo.
El propio informe del Congreso sobre incendios forestales y restauración de zonas quemadas apunta en esa dirección. Entre sus conclusiones, subraya que la respuesta al problema no puede descansar solo en la extinción, sino que requiere reforzar la prevención, la gestión del territorio y la restauración posterior de las áreas afectadas.
🔥El nivell de preemergència de risc d'incendis forestals hui 13/07 és:
— Emergències 112CV (@GVA112) July 13, 2026
🟠Alt a tota la Comunitat Valenciana, excepte al litoral de Castelló i València
⚡️Possibilitat de tempestes seques a l'interior de Castelló i València i al nord d'Alacant
Si veus fum o foc, telefona a… pic.twitter.com/FCYk8vXZlS
El documento también advierte de que la despoblación y el envejecimiento del mundo rural favorecen la acumulación de vegetación y hacen más necesario un manejo activo del paisaje, en un contexto en el que la superficie quemada por grandes incendios viene mostrando una tendencia preocupante. Esa lectura encaja con la realidad de muchas comarcas alicantinas, donde el abandono agrícola y la pérdida de población dejan al monte menos ordenado y más expuesto.
La paradoja es que un invierno lluvioso puede reforzar esa vulnerabilidad. Allí donde antes había suelo seco y escasa cubierta vegetal, la lluvia ha favorecido un crecimiento rápido de hierbas, matas y brotes finos. Ese material tiene un efecto positivo aparente, porque ayuda a recuperar cobertura vegetal y a frenar la erosión, pero también tiene una debilidad evidente: en cuanto avanzan las semanas de calor, se deshidrata con rapidez y queda listo para arder.
Por eso, un año hidrológicamente generoso no equivale necesariamente a un verano tranquilo. Si la primavera y el inicio del estío vienen acompañados de temperaturas altas, baja humedad y episodios de viento, el efecto final puede ser el contrario al que la intuición sugiere: más combustible y, por tanto, más facilidad para que un fuego pequeño se convierta en un incendio de gran magnitud.
La última imagen difundida por la Generalitat a través de GVA112 refuerza precisamente esa idea de alerta permanente en plena campaña estival. Más allá del episodio concreto al que alude, la fotografía recuerda que la prevención ya no puede entenderse solo como un dispositivo de emergencia cuando aparece el fuego, sino como una política continuada de gestión del paisaje.