Manifestación feminista.

Manifestación feminista. Reuters

LA TRIBUNA

¿Qué futuro le espera al #MeToo?

¿Ha traspasado el #MeToo la cultura de la propaganda para hacer realidad sus postulados iniciales o se ha quedado estancado en el dique político?

30 septiembre, 2022 02:55

Han pasado cinco años desde que la etiqueta #MeToo rompió las estadísticas en más de ochenta países con un tuit de la actriz Alyssa Milano. Pero el movimiento fundado en 2006 por la activista Tarana Burke no tenía como objetivo protagonizar un momento concreto de nuestra historia, sino dejar poso en la construcción de los derechos de las mujeres.

Concentración del #MeToo en Cambridge, Massachusetts.

Concentración del #MeToo en Cambridge, Massachusetts. Reuters

El caso Weinstein viralizó el hashtag #MeToo hasta las 500.000 interacciones en Twitter y doce millones en Facebook. Cabe reflexionar sobre cómo la viralización se ha evaporado, como lo hace la fama, para tergiversar un movimiento que logró desnaturalizar el acoso, pero que se tambaleó luego por la polarización de la sociedad. 

La sensación es que existe un antes y un después del #MeToo en el cine. Cinco años después, Hollywood hace balance y aplica el principio de ecuanimidad. 

Directores como Woody Allen, cuyo sello ya no es su imponente filmografía, sino la duda sobre su culpabilidad o su inocencia, han quedado seriamente tocados. El próximo 27 de septiembre saldrá a la venta su nuevo libro, Gravedad cero, una colección de relatos políticamente incorrectos. Con él, el cineasta huye de la cultura contemporánea, la misma que con ocho décadas cumplidas le ha terminado devorando.

James Franco o Kevin Spacey también han tratado de correr un tupido velo sobre su pasado y le han pedido a la audiencia una segunda oportunidad. 

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En Tar, obra de Todd Field, Cate Blanchett interpreta a una directora de orquesta y manda un mensaje al mundo: las mujeres pueden encarnar papeles asignados por tradición a los hombres. Y, sí, las mujeres también pueden abusar del prójimo. "Es una película sobre el ser humano, no sobre las mujeres" ha dicho Blanchett.

La película El Acusado, premiada con la Mejor Dirección en el BCN Film Fest, reflexiona a través de un juicio por violación sobre las emociones de la víctima y de su agresor, y sobre sus derivadas sociales. La adaptación de la novela de Karine Tuil pide empatía para todas las partes y sitúa al espectador en la tesitura de ponerse en la piel de ambos.

Pero ¿ha traspasado el #MeToo la cultura de la propaganda para hacer realidad sus postulados iniciales o se ha quedado estancado en el dique político?

"Del #MeToo han surgido otras versiones. Una de ellas sitúa a la mujer como víctima dependiente de un Estado paternalista que la protege contra posibles abusos"

Hay estadísticas, como la de la brecha salarial en el cine, que demuestran que el mensaje no fue suficiente. Entre los 26 actores mejor pagados sólo hay cinco mujeres. La australiana Margot Robbie es la actriz que mejores honorarios recibe, con doce millones de dólares por su papel protagonista en Barbie, frente a los treinta millones de Leonardo DiCaprio en la película de Martin Scorsese Killers of the Flower Moon o los cien de Tom Cruise en Top Gun:Maverick.  

Del #MeToo han surgido otras versiones. Una de ellas sitúa a la mujer como víctima dependiente de un Estado paternalista que la protege contra posibles abusos.

Otra es la que une al #MeToo con el concepto woke, que nació para despertar a la sociedad frente a las injusticias sociales, y que ha degenerado en cultura de la cancelación y de la autocensura, y que amenaza con acabar con el sano debate pluralista y con las relaciones naturales entre las personas.

De momento, la versión woke del #MeToo ya ha fragmentado, entre otros espacios, el de la red social Twitter, que ha pasado de ser una esfera donde intercambiar pareceres a un escaparate de artículos sobre el asunto.

De la denuncia al espectáculo celebrity había un paso que nos hemos saltado. La propia creadora del término ha criticado que su popularización ha transformado el #MeToo en un movimiento exclusivo para mujeres "ricas y blancas", que ha puesto el foco en los agresores y que ha invisibilizado a las víctimas anónimas al no darles las herramientas para actuar.

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En nuestro país fueron muchas las actrices que dieron la voz de alarma sobre el acoso que habían sufrido, pero el nombre de los acosadores se mantuvo oculto por todas las derivadas que suponía denunciarlo públicamente.

La cultura es un acto político en el que caben grandes obras, pero también acciones propagandísticas. Unas y otras reflejan una sociedad compleja en la que las condenas populares duelen más que las de la Justicia, y donde Hollywood ha servido como escenario de un movimiento en el que no caben las mujeres y los hombres que no tienen la capacidad de contar y popularizar su propia historia.

Y en este escenario tiene las de ganar el movimiento que se demuestre más genuino. Aquel que consiga pasar del agitprop del eslogan a algo tangible y duradero.

*** Marta García Bruno es periodista, profesora en la facultad de Comunicación de la Universidad Francisco de Vitoria y doctoranda en Comunicación Política.

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