Gabriel Boric posa con su equipo tras un discurso en la casa presidencial de Santiago.

Gabriel Boric posa con su equipo tras un discurso en la casa presidencial de Santiago. Iván Alvarado Reuters

LA TRIBUNA

El infantilismo constitucionalista de Chile

Pase lo que pase este domingo, Boric tendrá el reto de manejar un país que surgirá del referéndum constitucional aún más polarizado.

31 agosto, 2022 02:26

Este 4 de septiembre, en Chile, se realizará el referendo consultivo para determinar si los chilenos aprueban o no la propuesta de constitución. A medida que se acerca la fecha, los enfrentamientos políticos entre ambas opciones se han intensificado hasta el punto de que, más que un plebiscito convocado por un gobierno constituido, pareciera que se tratara de una segunda vuelta presidencial. Es una marca del populismo de estos tiempos: ahora no se busca el poder para gobernar sino para prolongar indefinidamente las campañas electorales.

Gustavo Petro saluda al presidente Boric durante la ceremonia de jura en Colombia.

Gustavo Petro saluda al presidente Boric durante la ceremonia de jura en Colombia. Luisa González Reuters

Las recientes convocatorias a una asamblea constituyente en América Latina han sido, según las habilidades de cada candidato, o un ariete para llegar a la presidencia o un caballo de Troya. A pesar de todo, su cotización como arma política se ha devaluado en los últimos años. Esto lo comprendió muy bien Gustavo Petro. No así Gabriel Boric.

Darle continuidad y efecto al proceso constituyente, que el gobierno de Piñera se vio forzado a darle cauce como consecuencia de las protestas de 2019, fue uno de los puntos cruciales de la campaña y de la victoria de Boric, pero esa misma herramienta puede convertirse en un cuchillo para su garganta. La nueva propuesta constitucional no ha logrado, en sus discusiones previas, unir a los chilenos. Por lo que, independientemente de los resultados de este domingo, Boric tendrá el reto de manejar un país que surgirá de esos comicios aún más polarizado.

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Las razones de estos tropiezos, además de la estrategia zancadillesca esperable de la derecha chilena, están en el propio texto constitucional. Quien se haya tomado la molestia de revisarlo percibirá de inmediato su condición grandilocuente y cantinflérica. Está escrito en esa jerga que algunos llaman, inadecuadamente, "lenguaje inclusivo" y que da pie a construcciones repetitivas, farragosas y gramaticalmente incorrectas. El artículo 8, por ejemplo, en una parte dice: "La o el presidente deberá dar respuesta fundada por medio de la o el Ministro de Estado". Joyas como esta abundan y dificultan la lectura y la comprensión.

El escritor chileno Carlos Franz, en un artículo titulado Palabrería constitucional, subraya en este sentido algunos aspectos. Para referirse a los pueblos indígenas, "el texto [constitucional] repite, en 41 oportunidades, que son 'naciones'. En cambio, la palabra nación, asociada a Chile, aparece solo en dos oportunidades". Otro tanto sucede con dos términos importantes: derechos y deberes. El primero aparece mencionado 442 veces, mientras que el segundo, asociado a los ciudadanos, aparece una media docena de veces nada más.

Por vía estadística, asomaría así un perfil estatista, solidario, reposero e inclusivo en la nueva constitución de Chile.

"El constitucionalismo mágico de Boric tiene mucho del infantilismo que deploraba el camarada Lenin"

Señalar su profusión verborreica no es solo un prurito de estilo. Es un asunto que tiene que ver con un problema más grave: la reescritura y borradura del pasado. En un artículo anterior, titulado Tierra de nadie, el mismo Franz alertaba sobre lo que llamaba "el constitucionalismo mágico", que sería "otra rama del realismo mágico literario que inventamos en Latinoamérica".

A renglón seguido hace un diagnóstico con el que coincido: "A lo largo de su historia nuestros países se han dado más de doscientas constituciones. Casi ninguna ha cumplido sus promesas redentoras. Prueba de ello es que cada tanto insistimos en cambiarlas del todo, desde una hoja en blanco. Con esa experiencia a cuestas, lo mínimo que cabe pedirles a los textos constitucionales es que no empeoren las cosas, que eviten desunirnos más".

En el caso de la izquierda que representa Boric, su constitucionalismo mágico tiene mucho de ese infantilismo que deploraba el camarada Lenin. En el artículo ¿Deben actuar los revolucionarios en los sindicatos reaccionarios?, Lenin se burlaba de los comunistas de izquierda alemanes quienes, en lugar de incorporarse y subvertir los sindicatos del enemigo, se afanaban en organizar aquellas "uniones obreras nuevecitas, completamente puras, inventadas por comunistas muy simpáticos".

En lugar de estos arranques de pureza, Lenin afirma que "la tarea de los comunistas consiste en saber convencer a los elementos atrasados, en saber trabajar entre ellos y no en aislarse de ellos mediante fantásticas consignas infantilmente izquierdistas".

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Es cierto que estas eran tácticas de conquista del poder, que servían al objetivo internacionalista de la Revolución. Puertas adentro, ya entronizado, a Lenin le bastaba con el recurso directo de la violencia. Sin embargo, estas palabras guardan alguna validez en el contexto de las democracias modernas, donde la estabilidad del sistema reposa (o debería reposar) en los pactos y no en las imposiciones y coacciones. En el esfuerzo constante de convencer, seducir y hasta engatusar al otro dentro de los límites de un ámbito común, que es la de la constitución.

Cambiar la constitución, como quien desea borrar los horrores de una dictadura, es un deseo comprensible. Yo mismo no sé si, llegado el caso, me resistiría al impulso de apoyar una derogación de la constitución de 1999 de Hugo Chávez. En relación con los fantasmas del pasado, de todas maneras sería inútil, pues dejaría de lado el costado más problemático de este tipo de experiencias.

El daño que los genocidas perpetran se mide no solo en la cantidad de muertos sino también en los traumas y hechos que el paso del tiempo convierte en atributos y costumbres compartidos. Chesterton dijo que las fronteras unen. Otro tanto sucede con las enormes cicatrices que atraviesan el cuerpo torturado de las naciones. Es como si los españoles de hoy, por un resabio guerracivilista o republicano, renunciaran a la Seguridad social y a la siesta.

*** Rodrigo Blanco Calderón es novelista. Su última novela es Simpatía (Alfaguara).

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