El canciller alemán Olaf Scholz durante su visita a Kiev, Ucrania.

El canciller alemán Olaf Scholz durante su visita a Kiev, Ucrania. Reuters

LA GRAN PARTIDA

La UE salva una bola de partido en Kiev, pero…

Con su invasión de Ucrania, Rusia no sólo está tratando de doblegar a su vecino, sino de destruir el orden de seguridad europeo y de reformular la geopolítica global. ¿Son conscientes de ello en EEUU y la UE?

22 junio, 2022 03:12

La Unión Europea ha salvado una primera bola de partido en Kiev. El temor a que Emmanuel Macron, Olaf Scholz y Mario Draghi forzaran a Volodímir Zelenski a aceptar cesiones territoriales y de soberanía se ha disipado de momento. 

Mario Draghi, Olaf Scholz y Emmanuel Macron en la mesa de reuniones con Volodímir Zelenski.

Mario Draghi, Olaf Scholz y Emmanuel Macron en la mesa de reuniones con Volodímir Zelenski. Reuters

Pero la renuencia francoalemana a facilitar a Ucrania los sistemas de armas que necesita para detener eficazmente a Rusia sigue generando mucha incertidumbre. Tanta como una guerra que no podemos anticipar ni cuándo ni cómo acabará, pero que representa un punto de inflexión y que está transformando Europa.

Tanto, que las próximas semanas pueden acabar marcando esta década. Y no necesariamente de manera propicia para la UE o para España, como sugiere un cierto optimismo o la indiferencia en nuestro debate público. 

La respuesta de Rusia a la visita de los tres líderes europeos a Kiev no se ha hecho esperar. Reducción drástica del suministro de gas a Europa y amenaza de corte completo. El objetivo es, evidentemente, tensionar el mercado energético europeo para provocar una recesión y alimentar un malestar social que, intuye el Kremlin, jugará a su favor más pronto que tarde.

Con este movimiento, Rusia ha roto un gran tabú (otro más), ya que, durante décadas, los dirigentes ruso-soviéticos se afanaron por construir una reputación sólida como suministradores fiables, presentando el gas como un asunto exclusivamente comercial. 

Eso ha acabado para siempre. 

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De hecho, Alemania trabaja desde hace semanas en alternativas que le permitan no consumir gas ruso en 2024. Un cambio radical en la política alemana con respecto a los últimos 50 años.

Tan radical como la creación de un fondo especial de 100.000 millones de euros para modernizar sus fuerzas armadas. Fondo que, además, no estará sujeto a las rígidas reglas de control constitucional sobre la deuda pública. Señal inequívoca de la gravedad del momento visto desde Berlín.

El Gobierno alemán ha recibido críticas muy duras desde el inicio de la guerra. Ciertamente, la insistencia en el apaciguamiento del Kremlin y la apuesta permanente por la interdependencia con Rusia han contribuido decisivamente al deterioro de la seguridad europea estos últimos años.

Y a ello cabe añadir, como me indicaba un interlocutor alemán hace algunos días, que Berlín seguirá dando dos pasos hacia delante, uno hacia atrás y, probablemente, dos más hacia los lados, generando incomprensión y desconcierto entre sus socios.

"La capacidad rusa de infiltrar y perturbar el debate político en Berlín se ha reducido considerablemente. Pero su red de compañeros de viaje y voluntades cooptadas sigue ahí"

La gran incógnita ahora es si la adaptación alemana será lo suficientemente rápida y exitosa, y cómo lidiará con una Rusia que, previsiblemente, redoblará su apuesta disruptiva. Es decir, ante la posibilidad, por ejemplo, de un corte total del suministro que busque provocar un shock económico y social que ponga en una situación muy comprometida al Gobierno alemán (de ahí las recientes visitas de representantes alemanes a Catar o Argelia para buscar alternativas de urgencia).

La capacidad rusa de infiltrar y perturbar el debate político en Berlín se ha reducido considerablemente. Pero su red de compañeros de viaje y voluntades cooptadas, es decir, su arquitectura de influencia forjada durante décadas, sigue ahí. Alemania y el conjunto de Europa llevan mucho tiempo mirando hacia otro lado ante la actividad hostil de los servicios de inteligencia rusos y el uso estratégico de la corrupción por parte del Kremlin. 

El golpe de realidad ha sido igualmente duro para Bruselas. Hasta el 24 de febrero de este año, la posibilidad de una guerra convencional entre Estados a gran escala en el continente europeo le resultaba, simple y llanamente, inconcebible. La UE no estaba preparada entonces, ni tampoco hoy, para una eventualidad así.

En palabras del Alto Representante Josep Borrell, y como resultado de años de falta de inversión y de interés en los asuntos de Defensa, la UE "carece de las capacidades militares para garantizar su propia seguridad o actuar como un socio capaz de la OTAN".

Esa es la cruda realidad que deben asumir las elites políticas. Pero también unas opiniones públicas europeas ancladas, en muchos casos, a un mundo de ayer que ha dejado de existir.  

"El Reino Unido pos-Brexit está desempeñando un papel clave en la configuración de un nuevo orden geopolítico en Europa"

Para bien o para mal, la realidad ha cambiado. Dos buenos ejemplos de esto son la respuesta francesa y británica a la invasión rusa.

Así, al contrario de lo que muchos habrían anticipado, el Reino Unido pos-Brexit está desempeñando un papel clave en la configuración de un nuevo orden geopolítico en Europa, mientras que Francia se está revelando como el principal escollo para una acción europea consistente y cohesionada frente a la amenaza rusa. 

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Las posibilidades de articular una defensa europea en torno a París que incluya a los países al este y norte de Berlín son nulas en este momento. La desconfianza generada en toda la Europa este, nórdica y báltica por la política de Macron hacia Rusia es profunda. Las posibilidades de la mal llamada "autonomía estratégica" de la UE han quedado seriamente dañadas.   

En claro contraste, el Reino Unido se ha convertido en un actor regional clave. Así, cabe mencionar, por ejemplo, las claves de seguridad bilaterales ofrecidas en mayo por Londres a Suecia y Finlandia en caso de ser atacadas por Rusia durante su proceso de ingreso en la OTAN. 

O el pacto trilateral de asistencia mutua firmado con Polonia y Ucrania el pasado 17 de febrero.

El acuerdo con Suecia y Finlandia se enmarca, además, en la Joint Expeditionary Force (JEF) o fuerza expedicionaria conjunta, operativa desde 2018, y en la que participan también Islandia, Países Bajos, Dinamarca, Lituania, Letonia, Estonia y Noruega. 

La JEF no es formalmente parte de la OTAN, sino de un proceso paralelo en el que las framework nations ("naciones marco") lideran procesos de cooperación reforzada que redundan en la efectividad y capacidades de la propia Alianza Atlántica. Conviene no perder de vista que la OTAN es el instrumento, pero lo que cuenta es la Alianza. 

Además, todos estos desarrollos se guían por el Concepto Operativo Integrado publicado por el Reino Unido en agosto de 2020 y que, claramente, inspira a su vez, el concepto de disuasión integrada del Departamento de Defensa estadounidense que, como apunta Enrique Fojón, "será la piedra angular de la próxima estrategia de defensa nacional (NDS) de 2022" de EEUU. Y ello permeará a su vez el concepto estratégico de la OTAN que se aprobará en Madrid dentro de un par de semanas. 

En España haríamos bien en prestar más atención a estos procesos y menos a esa visión de chascarrillo sobre el Reino Unido pos-Brexit tan frecuente en nuestro debate público.  

La gran incógnita es si Reino Unido (y Polonia) podrían mantener su respaldo a Ucrania en caso de que disminuya la ayuda y el compromiso de EEUU. 

En estos momentos, Washington insiste explícitamente en que su voluntad y compromiso son inquebrantables. Pero veremos qué sucede a medida que nos acerquemos a las elecciones de medio término en otoño y la situación económica (significativamente, la inflación) se deteriore severamente. 

"Tras su fracaso inicial en su asalto a la capital ucraniana, Moscú concentra ahora sus esfuerzos en el Donbás con vistas a una guerra larga de desgaste para la que parte con ventaja"

Esa es, igual que en el caso alemán y europeo, la palanca con la que cuenta Moscú para este otoño. Y el Kremlin confía en que, como régimen autocrático, su capacidad para resistir las tensiones sociales es mayor que la de sus adversarios occidentales. Así como sus capacidades para infiltrar y agitar los debates políticos europeos.

Tras su fracaso inicial en su asalto a la capital ucraniana, Moscú concentra ahora sus esfuerzos en el Donbás con vistas a una guerra larga de desgaste para la que parte con ventaja. No sólo dispone de más material para la competición de salvas y de una mayor reserva demográfica que Ucrania, sino que cuenta, precisamente, con que el apoyo de Occidente será cada vez menor. 

Y, sin él, la posición de Kiev será insostenible a medio plazo. El tiempo corre de nuevo a favor del Kremlin.

Además, el cálculo de costes de Moscú es diferente al de muchos en la UE y EEUU que creen erróneamente que afrontamos únicamente una crisis localizada en la periferia de Europa que nos distrae de asuntos de mayor relevancia estratégica en otros teatros.

Sin embargo, con su invasión de Ucrania, Rusia no sólo está tratando de doblegar a su vecino, sino de destruir el orden de seguridad europeo y de reformular la geopolítica global. 

Aún está lejos de lograr lo primero (aunque la situación es cada vez más adversa para Kiev), pero lo segundo es un hecho consumado, acabe como acabe la guerra.

Lo tercero quedará abierto y, quizás favorable para los intereses de Rusia y China, según cómo se alcance el final de la guerra.

Eso es lo que está en juego. 

*** Nicolás de Pedro es experto en geopolítica y jefe de Investigación y Senior Fellow del Institute for Statecraft. La gran partida es un blog de política internacional sobre competición estratégica entre grandes potencias vista desde España.

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