Las preguntas de la semana

Sánchez tenía un plan hasta que le partieron la cara ¿como a Tyson?

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Sí.La frase la pronunció Michael Gerard, Malik Abdul Aziz al hacerse musulmán, conocido mundialmente como Mike Tyson. El campeón absoluto de los pesos pesados, tras besar la lona noqueado por uno de los pocos boxeadores que le derribaron en su carrera, fue preguntado por un incisivo periodista:

- “Campeón, ¿qué pasó? ¿No es cierto que habían preparado minuciosamente esta pelea?”

Iron o Kid Dynamite, como Tyson era apodado, primero miró ferozmente al minúsculo gacetillero comparado con él. Después, con gesto compasivo –pobre mequetrefe, pensó- contestó con amabilidad desacostumbrada:

- “Todo el mundo tiene un plan hasta que te parten la cara”.

Pedro Sánchez y su gran 'estropeda' (de estropear, no llega a estratega) tenían un plan hasta que les han partido la cara. Pero no nos confundamos de pelea. El secretario general del PSOE y el secretario de Organización socialista no han sido acorralados durante esta semana por unos conjurados al servicio del pasado o de esa madrastra llamada Ibex. El principio del fin del líder más alto y más bajo que ha tenido este histórico partido se ha producido en las urnas, con las sucesivas derrotas electorales sufridas por el PSOE bajo el liderazgo de Sánchez. Así hasta perder la mitad de votos en numerosas circunscripciones electorales.

Y todo esto, ¿para qué? La culpa de todo no la tiene el cha-cha-cha de la soberbia, esa señora que viste armiño y conduce hasta el precipicio a los tontacos. El responsable de tanto desacierto en la gestión de Sánchez y Luena es la incuria, su agrafía. Porque si fueran un poco más leídos, o al menos más curiosos, se habrían topado en la biblioteca del partido con un librito titulado 100 años de Congresos. 1888-1988. Prologado por Ramón Rubial, el insigne presidente vasco del PSOE durante muchos años, se recoge en este opúsculo la relación de todos los congresos celebrados por el partido en sus 100 primeros años de historia.

En la presentación, Ramón Rubial –que da nombre a una de las salas utilizadas ayer por los fratricidas comisionados del Comité Federal socialista- se refiere en varias ocasiones al fundador, Pablo Iglesias. Especialmente interesante resulta una de las citas de Iglesias para el trance actual del PSOE. “¿A quién favorece la división? Fijaos en las circunstancias políticas, económicas y sociales por las que atraviesa nuestro país; observad la alegría con que los enemigos del socialismo esperan el desgarramiento de nuestro Partido, y dando una muestra de elevado sentimiento haced que esa alegría se trueque en tristeza. ¿Hay algún motivo fundamental que obligue a dividirse a los socialistas españoles? Nosotros –decía- no lo vemos. No demos la gran satisfacción a nuestros enemigos de ver divididas a la fuerzas socialistas”.

Se refería Pablo Iglesias, en aquel convulso año de 1921, a la fractura habida en el PSOE entre quienes eran partidarios de abandonar la II Internacional (socialdemócrata) para integrarse en la III Internacional, patrocinada por el férreo Partido Comunista de la Unión Soviética. Finalmente, un parte mínima se marchó del PSOE y fundó el PCE, pero la gran mayoría de los militantes y dirigentes socialistas pasaron de los cantos de sirena y permanecieron fieles a la esencia socialdemócrata del partido fundado por Pablo Iglesias en 1879.

Se optó por la moderación, sin perder el sentido de clase, y el PSOE se convirtió en un partido sobre el que se asienta la Historia de España, a muchos años luz del PCE, prácticamente desaparecido, y de otros extremismos. Si Pedro Sánchez Maquiapedro y su secretario de “desorganización” conocieran la historia del partido que han dirigido estos dos últimos años, sabrían que “no es no” hasta que “no es sí” o abstención. En el referido librito 100 años de Congresos, se observa cómo el PSOE siempre ha sido un partido abierto a la negociación, posibilista si se quiere.

En el V Congreso del PSOE, celebrado en 1899 en Madrid, en una España conmovida por el desastre de 1898 y la perdida de las últimas colonias americanas, se acepta “colaborar con partidos burgueses cuando los principios democráticos corran peligro de desaparecer”. Diez años después, en 1908, dos años antes de que Pablo Iglesias consiguiera por primera vez ser diputado en Cortes, el VIII Congreso del PSOE aprueba: “En casos excepcionales, el PSOE puede coaligarse con partidos burgueses avanzados en toda clase de elecciones, cuando previa consulta lo acuerden las dos terceras partes de los votantes”.

¿Está seguro, señor Sánchez, de que ese “no es no” ha presidido la historia del PSOE? Esta incursión por el devenir del Partido Socialista Obrero Español parece justificada ya que la abstención permitiendo un gobierno del PP (pese a Rajoy) y evitando unas terceras elecciones ha sido presentada por Pedro Sánchez poco menos que como un acto demoníaco que dinamitaría las esencias del partido.

Voladura con dinamita de mala calidad es lo que ha sucedido esta semana en el PSOE ante la mirada desesperada de los buenos militantes y fieles votantes socialistas.

En Estrategia, una joya para el conocimiento escrita por Lawrence Feedman y editada por La Esfera de los Libros, se cita una frase de Matthew Parris, también muy apropiada para defensa imposible de Pedro Sánchez: “Todo pecador necesita una estrategia virtuosa”. Necesita taparse con el visón de la honradez, de las no esencias del partido y de la no historia del PSOE para justificar una actitud egoísta y personalista: la que parece guiar a Sánchez en su acción letal contra el futuro de su organización.

En alguna ocasión he citado en este rincón el principio de la navaja de Ockham: para resolver un problema difícil y complejo, busca la explicación más sencilla. ¿Por qué se ha llegado a este punto en el que un secretario general de un partido que pierde seis elecciones seguidas y le dimite más de la mitad de su equipo de gobierno se niega a renunciar y a marcharse a su casa? (La pregunta serviría también para un presidente de partido, Mariano Rajoy, con más casos de corrupción en el cuerpo de su partido que puntitos rojos en un enfermo de petequia facial). Respuesta: la enfermedad de la sinvergüenza.

La sinvergüenza se define como la descarada ostentación de faltas y vicios. El sinvergüenza, el que ha perdido la vergüenza, se conduce de manera impúdica y le da igual ocho que ochenta. Que se le vayan ocho, que tengo ochenta corruptos en su entorno, o que pierda ocho millones de votos, que es lo que le sucederá al PSOE si hay unas terceras elecciones. España, queridos lectores, no es una monarquía, es una sinvergonzonería. Se ha perdido la dignidad en el comportamiento. Encontrar un virtuoso hoy entre la mayoría de nuestra clase dirigente es como hallar una virgen en un lupanar. Y perdóneseme por la no-exageración. ¡Qué pena que José Saramago no esté vivo para que diera continuación a su Ensayo sobre la ceguera escribiendo Ensayo sobre la sinvergüenza.

Se habla en Estrategia, el libro citado más arriba, de ejemplos de estrategas, entre los que jamás figurarían ni Pedro Sánchez ni tampoco Susana Díaz. En dicho ensayo se cita como grandes estrategas a Ulises, Sun Tzu o, más recientemente, al historiador Liddell Hart, autor de un libro titulado Why don´t we learn from History? (¿Por qué no aprendemos de la Historia?). Pues eso, Pedro Sánchez: comience leyendo 100 años de Congresos del PSOE, prologado por Ramón Rubial, para entender el sino socialista a través de 137 años de historia. Un sino que usted ha socavado definitivamente si no se remedia con inteligencia.