Zona de confort

La morcilla

  1. Arnaldo Otegi
  2. ETA
  3. Podemos
  4. Nacionalismo
  5. Terrorismo

El primer efecto de la “nueva política” es que en el Parlamento se haya vuelto a hablar como en la década de 1930, con aquellas tensiones, con aquella discordia. Un salto atrás de ochenta años no está nada mal como novedad.

Otra novedad es lo de Otegi. Ha salido de la cárcel con su discurso renovado.  Para probarse que molaba, que estaba al día, utilizó en su primer mitin las expresiones que se han puesto de moda en su ausencia: lo de “la casta” y todo lo demás. Pero se produjo algo interesante. Lo que hizo al emplearlas fue envejecerlas. O mejor dicho: probar que habían sido viejas desde el principio. Su intento de exhibir continuidad en lo que había estado pasando dentro de la cárcel, solo probó la continuidad en lo que había estado pasando fuera. Con Podemos.

Otegi es el eslabón entre la “nueva política” y el terrorismo. Una presencia incómoda, delatora. Los “nuevos políticos” bien hubieran podido repudiarla. Pero no: han hecho lo contrario. Han ido a refregarse con él, al igual que los nacionalistas catalanes y algún merluzo andaluz, en busca de la epiquilla de los crímenes pasados. Al cabo, sin esos crímenes, lo que hay es solo impostación y ridículo. Cursilería (¡un saludo, Rufián!).

Venden novedad, pero en el mostrador solo tienen morcilla. La morcilla de las celebradas Glosas a Heráclito del poeta Ángel González: “Nada es lo mismo, nada permanece. Menos la Historia y la morcilla de mi tierra: se hacen las dos con sangre, se repiten”. Ha regresado nuestra historia de siempre.

La salida de Otegi ha sido eso: una regurgitación, un eructo. Lo único nuevo es la extensión de la podredumbre. Desde los llenos de la plaza de Oriente, no había habido tanto antidemócrata en España. Al menos manifestándolo.  Una pseudoizquierda que no ha purgado su pasado asoma ufana, para repetirlo.

¿Y dónde empieza la “pseudoizquierda”? Me preguntó el otro día un amigo. Y se me ocurrió responderle: exactamente donde acaba Savater. Él lleva treinta años marcando los límites de la izquierda progresista y no reaccionaria; ilustrada y no oscurantista. A cambio lo han acusado de “facha”, que es el galardón que lleva todo izquierdista español presentable: y el que no lo lleva no es presentable.

Qué pena ver a una ciudad tan fina como San Sebastián, la ciudad de Savater, rindiéndole homenaje a Otegi. Empuercando los proetarras el velódromo de Anoeta como han empuercado desde hace decenios las carreteras del Tour. Esto es lo que hay: lo de siempre. La boina cejijunta. La novedad había sido la Transición, sí. O que tuviéramos a alguien como Savater.