La tribuna

España es fea

La duda es si España es fea porque no damos para más o porque no nos ha quedado más remedio

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España es fea con alevosía. Es la arquitectura de sus costas, los vivas al corrupto a las puertas de la cárcel, nuestra televisión y quienes la hacen y quienes la miran, la mala educación de nuestros niños y la histeria inepta de sus padres, los anuncios de pisos en los que no viviría ni una cabra gótica, los galgos colgados de un árbol, las fiestas de pueblo, los modernos de pueblo, los toros reventados a escopetazos por el macho alfa de la aldea, los aplausos de su madre y su hermana y su novia, las muchedumbres del Primark abriéndose paso a dentelladas por los pasillos, el botellón, la alta cocina para nuevos ricos con complejos, la mala leche a destiempo, los políticos entrevistados por un folclórico con el cojín sobre la entrepierna, esa incomprensible vergüenza ajena por todo, un sistema educativo concebido como almacén de analfabestias, lo feo por lo feo y el desprecio de lo noble, lo relajado y lo luminoso.

El retrato de la España real no es halagüeño. La duda es si España es fea porque los españoles no damos para más o si a los ciudadanos de este país no nos ha quedado más remedio que aclimatarnos a la fealdad histórica, política y social que nos ha caído en tóxica herencia. Si lo nuestro, en definitiva, es vocación o adaptación evolutiva.

El arte y la literatura

No podría haber sucedido de otra manera. El pop art lo inventaron los americanos y el tenebrismo, con permiso de Caravaggio, nosotros. ¿Recuerda alguien aquellos primeros años ochenta en los que España, recién salida del Tercer Mundo, decidió darle carpetazo a las estéticas más rancias de su pasado poniendo a los modernos de la época a dirigir programas infantiles? El resultado fue La Bruja Avería, ese engendro de pesadilla goyesca que parece diseñado por la pústula mutante de un yonqui agonizante. Y a los niños, que les jodan.

El pop art lo inventaron los americanos y el tenebrismo, con permiso de Caravaggio, nosotros.

El pop art lo inventaron los americanos y el tenebrismo, con permiso de Caravaggio, nosotros.

El arte español es (y aquí hay que simplificar mucho porque esto es una diatriba hiperbólica y no una tesis doctoral) el hijo bastardo de dos padres autoritarios: el islam y el cristianismo. Del primero nos quedamos con ese ornamentalismo vacuo en el que, para añadir el insulto del aburrimiento a la injuria del dogmatismo, se proscribía la representación de la figura humana. Del segundo, con su gravedad y su sadismo. La lista de las obras maestras del arte español es un catálogo de truculencias mortificantes: el bombardeo de Guernica; los fusilamientos del 3 de mayo; Cristos dolientes; enanos, infantas y reyes tarados por la consanguinidad… Llegado el siglo XX, los españoles hicimos todo lo posible por despojar a las vanguardias de su (escaso) sentido del humor y nos apuntamos con entusiasmo a los aspectos más abstractos y académicos del experimentalismo. ¿El resultado? Un arte gris y primitivo, muy ideologizado, producido por rústicos con un martillo sobre hierro y piedra y madera sucia.

La obra maestra de la literatura española es la historia de un pobre demente que abusa de desgraciados repulsivos

Literariamente, y excepción hecha del Siglo de Oro, no destacamos los españoles por nuestra joie de vivre. La obra maestra de la literatura española es la historia de un pobre demente del que abusa un ramillete de desgraciados a cual más repulsivo. La colmena, La regenta o San Manuel Bueno, mártir parecen diseñadas para atormentar el alma de sus lectores. Aunque para tradición típicamente española, la de la picaresca. Un tópico, sí. ¿Pero en qué otro país se ha glorificado con el mismo regocijo al jeta, al gorrón y al parásito? En la Italia de Berlusconi, Grillo y la ‘Ndrangueta calabresa. ¿Dónde está nuestro Mark Twain, nuestro Retorno a Brideshead o incluso nuestro Marqués de Sade? Al viejo, cansado y fúnebre español, el hedonismo y la belleza le marchitan el alma.

En literatura triunfa lo feo porque tenemos muy interiorizado que hay que pasarlo mal para que sea algo serio 

A Ximena Maier, ilustradora y anglófila, le pido una mirada de entomóloga sobre el arte y la literatura de nuestro país. «Nuestro mal es tener la catedral y la plaza mayor niqueladita y el resto, sálvese quien pueda. En pintura creo que nos salvamos un poco. Por cada Solana tenemos un Sorolla, por cada garrotazo de Goya hay una duquesa con lacitos. En la literatura triunfa lo feo porque tenemos muy dentro la idea de que hay que pasarlo mal para que sea algo serio y bueno. ¡Con el gusto que da leer a Jane Austen o a Dumas! Pero es que aquí no se concibe del todo que leer se haga por gusto».

El problema no es la estética feísta en sí: es la chapuza en la ejecución.

El problema no es la estética feísta en sí: es la chapuza en la ejecución.

¿Tenemos remedio? Maier lo duda: «En España hay muchas cosas muy bonitas, claro, pero si no viene un extranjero a decirnos que son una maravilla no hacemos mucho caso. Y ponemos unos carteles feísimos indicando cómo llegar. Me encantaría pensar que sí, pero no sé. Viendo cómo se desconchan de bien las paredes en Italia, o con qué primor hacen las aceras en Portugal, creo que el problema no es la estética feísta en sí: es la chapuza en la ejecución lo que nos pierde».

La moda

Lo mejor que se puede decir de nosotros es que en España se viste anodino, que es la virtud del cobarde. Un español es un ente cicatero que prefiere gastarse un euro en agua sucia que dos euros en un café de verdad. Y eso, trasladado al terreno textil, es Zara. Marta D. Riezu, periodista de La Vanguardia, lo confirma. «En España vestimos exactamente como lo que somos: unos catetos. Solo en algunos pueblos (con frecuencia en un entorno rural) se mantiene ese decoro, sencillez y naturalidad que yo relaciono con la elegancia. Vestir bien no solo va ligado al presupuesto, sino a una búsqueda de calidad y funcionalidad. Eso requiere tiempo, energía y una mirada muy entrenada. España tiene buenos deportistas y buenos cocineros, pero no destacamos en moda. No pasa nada, pero… “¡Zara!, ¡Mango!”, saltará el listo de turno. Logísticamente admirable, pero eso no es moda, es producción textil. Moda es oficio, concepto y buenos tejidos. España es el país-acrílico. Resultón, pero encoge al primer lavado”.

El drama es que el español cree vestir bien cuando el resultado es un 'quiero-y-no-puedo'

¿Y las causas de esa fealdad? ¿Son históricas, políticas, sociales? «El drama es que el español cree vestir bien. Se compra sus zapatos en El Corte Inglés, su traje de El Ganso para la boda de su amigo, las New Balance que le suena que son las que están de moda… Y ellas, qué te voy a contar: todas las chicas de 20 a 35 años parecen blogueras (para mí, parecer bloguera es la afrenta última). El resultado: quiero-y-no-puedo, forzadísimo. Y esto ocurre en plena era digital, en la que solo hay que abrir Google para tener acceso a toda la información y marcas del mundo. Para mí la fealdad es el lugar común, el cliché. Antes eran las mechas californianas, ahora es la melena ondulada de tonta. Los peep toes. Las gafas de sol de espejo. El 99% de los tatuajes me parecen completamente innecesarios. Pintarse las uñas, dedicarles la vida entera. Decir “esto es un must”. Las joyitas de niña buena. Ir de niña, cuando somos adultas. La afectación. El abuso de cirugía estética. Las cejas depiladas en ellos. Para que veas que hay esperanza, también te diré cosas que siempre sientan bien. Un buen abrigo de lana azul marino. El olor a jabón, la cara (casi) lavada. Una camisa blanca. Unos Levi’s 501. Unos mocasines mallorquines. La buena educación. Un reloj de chico en chica. Leer en el metro. Un jersey de cashmere heredado. El pelo sin teñir».

La izquierda, que suele moverse en el terreno de lo simbólico mucho mejor, ha hecho del feísmo símbolo de orgullosa militancia 

El cáncer de la moda española también es la política. Todo es política por estos pagos. El Real Madrid es de derechas. El tiqui-taca, de izquierdas. Las camisas, de derechas. Los pañuelos al cuello, de izquierdas (pero solo si la tela rasca). El brandy, de derechas. La cerveza, de izquierdas. Dar la mano, de derechas. Sentarse en el suelo de la plaza del pueblo, de izquierdas. Diana Krall, de derechas. Radiohead, de izquierdas. De ahí que la izquierda, que suele moverse en el terreno de lo simbólico mucho mejor que la derecha, haya hecho del feísmo estético símbolo de orgullosa militancia. Como si hiciera falta vestirse como un orco para que no te confundan con una rubia del barrio de Salamanca.

Existe en España una tendencia a creer que la belleza es de por sí sospechosa.

Existe en España una tendencia a creer que la belleza es de por sí sospechosa.

Lo explica la periodista de El País Begoña Gómez Urzaiz. «Existe en España una tendencia a creer que la belleza es de por sí sospechosa. Y me temo que tengo que citar el famoso piso de Vallecas de Pablo Iglesias. Hay en el mismo piso y en el hecho de enseñarlo en televisión una especie de orgullo de la fealdad buscada. ¿Por qué vive como un estudiante (un estudiante de los noventa y especialmente mal dotado para la armonía visual) alguien que en ese momento era eurodiputado, con un sueldo muy superior a la media, y que nunca ha conocido socialmente otra cosa que la clase media con educación superior, puesto que es hijo de dos abogados laboralistas? Solo puede ser porque sospecha que lo bonito es reaccionario. Iglesias ya se metió en un jardín cuando dijo que compraba ropa en Alcampo. Si quería dar una respuesta política a la pregunta, que hace bien en darla, podría haber dicho que solo compra ropa de la que ha comprobado la trazabilidad y que sabe a ciencia cierta que no han cosido unos niños en Bangladesh. Su feísmo militante ni siquiera entronca con la tradición de las clases populares españolas, donde siempre ha sido importante mantener una casa y una apariencia extremadamente pulcra. Pero, de todas formas, es injusto cargar a la nueva izquierda un especial estigma de fealdad porque lo feo está muy bien repartido en España entre todas las tendencias políticas, todos los territorios y todos los ambientes sociales. Hay fealdad para todos».

Pero, ¿es justo decir que en España se desprecia por elitista todo aquello que intenta escapar por arriba de lo convencional (en vez de igualarse por abajo o tirar por el camino del feísmo, que suele ser lo habitual)? «Yo diría que en España se viste con propiedad, que es distinto a vestir bien. Una británica me comentó una vez que en España no hace falta poner dresscodes estrictos en los lugares de trabajo, como sí se hace en Reino Unido, porque ya se confía en que el empleado va a vestir correctamente, que va a llegar más o menos limpio, conjuntado y con prendas que no desentonan con su cometido. Es por eso que no hay una separación tan estricta como en otros países entre ropa de trabajo y de tiempo libre. Como dices, siempre ha habido una especie de voluntad generalizada de no destacar, de no distinguirse. Según esa creencia, viste bien quien mejor se confunde con la masa.

Es evidente y reconocido que en España no existe una cultura de la moda como en Francia, ni del producto artesano como en Italia

La expansión desaforada de Inditex y más específicamente de Zara, la única cadena del conglomerado que no está segmentada y que aspira a vestir a todo el mundo, ha contribuido a eso. La misma forma en que los Zaras están ordenados conduce a esa uniformización. Al contrario que en H&M, donde las prendas están sueltas y uno debe crearse su propia combinación, los Zaras están ordenados por looks. La falda X con el jersey Y. Requieren un esfuerzo nulo de imaginación o creatividad. Uno lo puede aplicar si quiere, pero no es necesario. Ahora, lo que es evidente y reconocido es que no existe una cultura de la moda como en Francia, ni una valoración del producto artesano, como en Italia, ni del valor del diseño original, como en los países nórdicos».

La arquitectura y el urbanismo

«Caciquismo», «cleptocracia», «gerontocracia», «lumpenproletariado» y «Estado fallido» son algunos de los términos de búsqueda complementarios que sugiere la página de la Wikipedia dedicada al feísmo gallego, ese engendro urbanístico y arquitectónico capaz de lograr que Albania parezca, por contraste, el Palacio de Versalles. De lo que no cabe duda es de que los pecadores gallegos se van a sentir en el infierno como en casa: peor que Vigo o La Coruña no puede ser eso.

Es España se han puesto a prueba las teorías urbanísticas más degradantes.

Es España se han puesto a prueba las teorías urbanísticas más degradantes.

La arquitectura y el urbanismo de nuestro país son consecuencia de dos taras. La primera es, como en el caso de la moda, la política. Nuestros caciques y nuestros sacerdotes de la superioridad moral han hecho de las ciudades y los pueblos españoles un inmenso campo de experimentación en el que poner a prueba las teorías arquitectónicas y urbanísticas más degradantes e incompatibles con la naturaleza humana. De ahí esos apartamentos de protección oficial sin ventanas, con los locales de la planta baja tapiados u ocupados por alguna absurda asociación churrigueresca de izquierdas, capaces de pudrir una calle entera y aniquilar cualquier atisbo de vida que pudiera brotar en ella.

El barrio de la Villa Olímpica de Barcelona es el mejor ejemplo de los destrozos que puede hacer un político con presupuesto y arquitectos sin formación

De ahí también, por ejemplo, el barrio de la Villa Olímpica de Barcelona, el mejor ejemplo de los destrozos que un político con presupuesto ilimitado puede llevar a cabo cuando coincide en la misma probeta con un puñado de arquitectos con más motos vendidas que ladrillos amontonados. Más de veinte años después de su creación, la Villa Olímpica continúa siendo un páramo desangelado de avenidas gigantescas y árboles minúsculos por las que no pasean ni los arbustos rodantes y en el que solo pueden vivir aquellos que odian al resto de la humanidad. Eso no impide que sea también uno de los barrios más caros de la ciudad: vivir en un circuito de Fórmula 1 se paga a precio de oro, por lo visto.

En España se idolatra lo colectivo, es decir el aborregamiento.

En España se idolatra lo colectivo, es decir el aborregamiento.

La segunda tara es ese endémico desprecio español por lo común. En España se idolatra lo colectivo, es decir el aborregamiento, pero se desprecia lo común, es decir la civilización. ¿Para qué plantar un parterre con flores en una calle española si a los diez minutos la muchedumbre ya anda meándolas o arreándose codazos para robarlas mientras escarba con las uñas?

El arquitecto jienense Luis Berges no lo duda cuando le pregunto: «La arquitectura y el urbanismo españoles se han venido desarrollando siguiendo patrones mal digeridos venidos de fuera (sin entrar en su validez). Su fealdad proviene del criterio de que lo viejo es feo por naturaleza. Y el hombre nuevo cree que la belleza radica en lo actual. Al niño español no se le enseña la belleza natural de las cosas, sea un objeto, sea un rincón de la naturaleza, sea la destreza de una persona que hace algo, y muy pocos llegan a conocerla en la casa de sus padres. Por lo general, el adulto trata de evitar que se haga algo que valga la pena; que se siga haciendo significaría poner en evidencia a los que no hacen nada. Este es el verdadero deporte nacional. No hay remedio para esto ni para nada mientras al ser humano se le premie por el simple hecho de haber nacido y no se le pase la cuenta de los gastos».

Algunos arquitectos creen que el boom de la construcción puede distorsionar nuestra percepción sobre la fealdad de España 

Miguel Barahona, también arquitecto, no es sin embargo tan pesimista. «Desde luego, no creo que la arquitectura española sea más fea que la de los países de nuestro entorno. Ni siquiera las ciudades. Solo hay que ver los suburbios de París y Londres, por ejemplo. El boom de la década pasada puede distorsionar nuestra percepción porque de repente hemos crecido en pocos años lo que otros en varios lustros. Hacer una ciudad lleva en primer lugar tiempo, mucho tiempo. No podemos pensar que algo construido en cinco años, por bien diseñado que pudiera estar, que no lo está, puede tener el peso de la ciudad histórica, con las capas que el tiempo ha dejado en ella. Y sobre la que nuestra opinión ha cambiado también notablemente en los últimos setenta años, gracias a la penicilina más que al diseño. Pero realmente soy más optimista de lo que pudiera parecer. Sí, lo feo es mayoritario, pero creo sinceramente que la arquitectura actual es mucho mejor, en general, que la que se producía hace treinta años, por no ir más lejos. Creo que hay muchos ejemplos de buena arquitectura, producida en todas partes, por arquitectos desconocidos, con pasión e interés por sus habitantes. Otro caso es el del urbanismo, porque como he dicho es necesaria paciencia y tiempo. Realmente es un oficio de corta historia, y empezamos poco a poco a tener herramientas. Pero son sobre todo las herramientas sociales y políticas las que hay que desarrollar».

'Nadie dice que busca la belleza en un espacio o un edificio, pero se usan eufemismos

'Nadie dice que busca la belleza en un espacio o un edificio, pero se usan eufemismos

Pero, ¿a qué nos referimos cuando decimos que la arquitectura o la urbanismo españoles son feos? «Habría que empezar por definir qué es feo y qué no, para ver que el supuesto consenso que existe sobre el tema en realidad no existe. Es evidente que muchas cosas que en un momento se consideran feas, después se asimilan y acaban considerándose bellas. Desde las catedrales a la torre Eiffel, los ejemplos son innumerables. Esa falta de consenso social y académico sobre lo que es bello ha hecho que muchas veces la postura oficial dentro de la profesión haya sido que la belleza no fuera un objetivo. Se suponía que con la resolución del problema de una forma sencilla, directa y sincera, la belleza venía por añadidura. Pero creo que es más postureo que otra cosa. Nadie dice que busca la belleza en un espacio o un edificio, pero sí se usan eufemismos como “emoción” o “coherencia”. Y desde luego está el esnobismo de pensar que los profesionales tenemos un gusto educado que nos permite disfrutar de cosas que los demás no comprenden, y que la posteridad nos dará la razón. Pero lo más dramático es que a la fealdad normalmente se llega buscando la belleza. La búsqueda de la belleza produce monstruos. La casa del entonces príncipe en el complejo de Zarzuela sería el ejemplo máximo de ese chaletón que todo el mundo quiere tener, sea de la clase social que sea y se encuentre donde se encuentre. La diferencia entre el que se construye en Pedralbes o un pueblo de Toledo son el lujo de los materiales y el tamaño».

La política y la vida pública

Un español es, por definición, un rehén de su pueblo, de su familia y de las opiniones ajenas. El síndrome de Estocolmo, como el valor en el ejército, se le da por supuesto. El resultado es una vida pública cainita e hipócrita de la que se ha enseñoreado una de las castas políticas más ignaras del continente europeo.

Jorge Galindo, una de las cabezas pensantes del colectivo Politikon, es sin embargo moderadamente optimista: lo nuestro tiene remedio. «Claro que lo tenemos. Si remediamos una dictadura pseudofascista de cuatro décadas, esto también podemos solucionarlo. Pero es difícil hacerlo apretando un solo botón. De momento hemos visto el surgimiento de dos partidos nuevos, que no es exactamente lo que esperábamos para embellecer la política patria. Pero es un paso. Si estos partidos entienden que deben dejar atrás parte de su poder prometido para dárselo a la naciente sociedad civil, o si la sociedad lo toma sin permiso, entonces la política española no podrá relucir más de belleza».

'¿Si superamos una dictadura pseudofascista cómo no vamos a superar la degradación política actual?, se pregunta un experto 

Entonces, ¿no es la política en España especialmente desastrosa en comparación con los países de nuestro entorno? ¿Un país que desprecia la estética no es también un país que desprecia la ética? «No se puede generalizar. Italia es un contraste útil. Allí todo es estéticamente bello, pero el trasfondo de la política lleva décadas destrozado por la corrupción y el crimen organizado hasta puntos que no nos imaginamos en España. Así que para mí esta no es una dicotomía necesaria. España no es especialmente desastrosa. Sobre todo si pensamos dónde estábamos nosotros hace cuarenta años y dónde se encontraban estos países. Hemos avanzado muchísimo. Ahora bien, desde la Transición han emergido ciertos problemas profundos: corrupción, poder omnímodo de los partidos y falta de sociedad civil, politización de la Administración Pública y la tendencia a confundir medios con fines en el debate ideológico son algunos de los más graves».

El colofón a este artículo no puede ponerlo nadie más que Félix de Azúa, uno de los pocos hombres libres que aún quedan en este país. «España no es fea: es sucia, es desordenada, es incivilizada, es chapucera, es caótica, es de un egoísmo infantil, ha sido destruida por constructores canallescos, explotada por codiciosos levantinos, reventada por burguesías insulares, y a pesar de todo queda un 20% admirable. Las causas son históricas (desprecio de la clase dirigente por la moral), políticas (servilismo de los políticos hacia los potentados) y sociales (idiotez secular de la afición deportiva). Basta con darse un garbeo por las así llamadas fiestas populares, con sus charangas, sus sombrajos de fritanga, sus bailongos a todo trapo, sus cuchilladas fin-de-feria, sus bestezuelas a las que hay que extraer el hígado para ser muy hombre, sus borracheras pamplonicas, y todas esas lindezas. El mundo exacto que retrató Goya en El Entierro de la Sardina. De ahí no hemos salido”.

Y aún más: «La belleza y la fealdad han dejado de ser categorías relevantes. Todo puede ser cualquier cosa si se manipula adecuadamente. En términos éticos ya es otra cosa porque España no es intrínsecamente mala. Solo es ignorante y salvaje. Nuestra población es la más analfabeta de Europa y el viejo dicho de que África empieza en el Pirineo catalán es cierta. La relación de pobreza (sobre todo mental) y maldad es muy alta, como se observa en las cárceles del mundo entero».

Casi da miedo preguntarle a Azúa por la solución a todos nuestros males. A la vista de la respuesta, es un miedo fundado:

— ¿La solución? Que Dios decidiera volver a crear el mundo. O la bomba atómica.

¿Un país que desprecia la estética no es también un país que desprecia la ética?

¿Un país que desprecia la estética no es también un país que desprecia la ética?