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Pena de campaña

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Yo creo que nuestros políticos ya se lo han ganado todo en la campaña. Todo lo que manden y mangoneen y roben luego, todo lo que despilfarren y racaneen, será un pago justísimo por el paripé de estos días. Los votantes vemos, como señores, qué patéticamente se arrastran ante nosotros, cómo lloran, se desgañitan y nos piden. Ver a señores adultos (¡y a señoras adultas!) haciendo el ridículo y rebajándose de esa manera es para nosotros un orgullo y una satisfacción.

Al final, esta es una ventajilla indudable de la democracia, y no es moco de pavo: al pueblo soberano, durante un par de semanas, tienen que contentarle los que están arriba; mejor, tienen que contentarle para llegar arriba. Nuestra soberanía, al cabo, estriba en que nos hagan de bufones. Es como esos pasillos que se formaban en las escuelas para darle patadas en el culo al que pasaba por en medio. Los candidatos son los que pasan por en medio. También se pelean entre sí, pero eso es parte del circo, de nuestro circo. La verdadera agresión es la que ellos ejercen sobre sí mismos, para dorarnos la píldora.

Se habla de la "pena de telediario" que sufren los imputados célebres al margen de sus juicios. Podríamos hablar a su vez de la "pena de campaña" que deben sufrir los candidatos a unas elecciones (¡los líderes al menos, que quienes van camuflados en las listas la única pena que sufren es la de obediencia; la de la humillación dentro del propio partido!).

Ver a personas derechas (¡e izquierdas!) gritando merluzadas es muy bueno para la ciudadanía, porque le supone una inyección de autoestima. En esta campaña, además, hemos logrado llevar a los políticos a nuestro terreno: es decir, al de la televisión basura. La política ya se venía basureando por su cuenta, y así llegó a ciertas tertulias (por no hablar de las redes sociales). Hasta que desde hace unos meses nuestros políticos se han puesto a hacer extras colgándose de autogeneradores de energía eólica, cantando, bailando, dando vueltas de campana en un jeep y hasta tonteando con un cantante de rancheras...

Pero no nos alegremos demasiado pronto. Con la manera que tienen los candidatos de dirigirse a nosotros nos están llamando imbéciles. En realidad, nosotros somos su circo. Nos insultan en la cara, nos desprecian, nos tratan como a mendrugos. Y lo peor no es eso: lo peor es que tienen razón. Estos maquiavelines no hacen las cosas porque sí. Las hacen porque les funciona.