Carta del director

La bien pagá

No se alarmen. Ni por el título ni por la ilustración de Javier Muñoz. Esta no es una Carta machista que presente a una tránsfuga política como a una prostituta. Y menos aún que dé pie a decir que si se tratara de un hombre no escribiría nada parecido. No es la naturaleza de la relación entre los protagonistas lo que me importa sino quien pone, con perdón, la cama o, si se prefiere, la mesa y el mantel.

Conozco demasiado bien a Irene Lozano -la padecí diez años en El Mundo- como para ser ecuánime con ella. Me ceñiré a los rasgos imprescindibles. Se trata de una mujer inteligente, brillante y culta que sin embargo lleva en el alma no ya el espíritu de la discordia sino el de la insidia destructiva. No es contestataria sino sembradora de conflictos. No es chinche sino termita. Como a veces tuve la sensación de que era la encarnación misma de Yago, no puedo sino compadecer a aquellos oídos sobre los que vierta sus consejos.

¿Cómo me iba a sorprender su fichaje por UPyD? Si tanto en mi propio equipo como entre los colegas de ABC u otros medios hemos visto a unos cuantos caer en sus redes, nada tiene de extraño que a Rosa Díez le pasara lo mismo. Máxime cuando ambas comparten talante autoritario y un fundado desdén por los nacionalismos reaccionarios.

Ilustración: Javier Muñoz.

Ilustración: Javier Muñoz.

Lo que ocurrió a partir de ahí estaba en el guión de Eva al desnudo pero igual hubiera podido tratarse de Adán al desnudo porque le pasó a Carrillo con Gerardín, a Zaplana con Camps, a Aznar con Rajoy y a quien yo me sé con quién yo me sé. Díez convirtió a Lozano en su estrecha colaboradora y confidente. Se perfilaba incluso como sucesora. Ella escribía prólogos para los libros de la jefa, ejercía de guardiana de las esencias y fustigaba el corrupto bipartidismo con los titulares más elocuentes y los tuits más acerados. Cuando el caballeroso Sosa Wagner osó criticar los modales políticos de la papisa magenta, la camarlenga se le lanzó a la yugular y le montó aquel aquelarre de cuatro horas de vituperio público. El marxismo leninismo se abría paso en UPyD.

Luego Rivera les ofreció relaciones prematrimoniales y Díez cometió el mayor error de su carrera al reaccionar como la Bernarda Alba que clausura las ventanas y estira las persianas de la casa para que no entre ni un solo rayo de luz. A los ojos de todos, Lozano fue su eficiente y leal Poncia, con el manojo de las llaves que cerraban todas las puertas en ristre, pero el germen de la traición política estaba ya incubándose.

Se trata de una mujer inteligente, brillante y culta que sin embargo lleva en el alma no ya el espíritu de discordia sino el de la insidia destructiva

La semana anterior a las elecciones andaluzas coincidí con ella en el tren que nos llevaba al Congreso de Periodismo Digital de Huesca y debo reconocer que, a pesar de sus antecedentes, me quedé muy impresionado cuando me dijo que si Ciudadanos tenía un buen resultado y UPyD uno malo, como ya estaba cantado, habría que pedirle responsabilidades políticas ¡a Rosa! Era como el chiste de Franco: "A ese lo mataron los nacionales". Compartí con FJL y Luis Herrero la confidencia y les advertí que se avecinaba la tormenta.

La destrucción de UPyD fue ya cuestión de semanas. Lozano emergió de la noche a la mañana como paladín de un viraje en U, consistente en ir a ofrecerse poco menos que incondicionalmente al mismo Rivera frente al que había sido la primera en picar espuelas. Si hubiera ganado el congreso en el que la derrotó Andrés Herzog por la mínima, está claro que Lozano se habría pasado con las últimas armas y los ya escuálidos bagajes al campo de los naranjitos, a cambio de un lugar en las listas.

A nadie puede extrañarle que quien ha hecho de la política una mullida profesión quiera seguir en ella. Si no puede ser en UPyD, pues en Ciudadanos; y si no puede ser en Ciudadanos, pues en el PSOE o donde sea. De buena se ha librado Pablo Iglesias. Como bien ha argumentado durante años la propia Lozano, el desprestigio de la casta es tal que ni siquiera su pirivuelta del acíbar al almíbar, abrazando con empalago a los que execraba con ponzoña, empeora demasiado el promedio. Ahí la tenéis: es una de las vuestras. Chica, tú serás ministra.

Puesto que Pedro El Guapo ha desplegado su gigantesco cartel de seductor Mañara sobre la fachada de Ferraz, entre chasquidos de los huesos del Abuelo y de don Inda, es pertinente representarle amartelado con su nueva conquista. Y toda vez que ella responde a la fisionomía de rostro ovalado, ojos grandes, pelo negro y tez cobriza de las mujeres meridionales que tantas veces han encarnado la atracción fatal en el arte o en el cine, permítasenos incrustarles en la escena del cabaré en que Miguel de Molina canta La bien pagá a su "paya de carnes morenas". La letra es del anarquista murciano Ramón Perelló y la película se rodó en Argentina con el título de Esta es mi vida.

En sentido estricto La bien pagá es una copla de despedida y a quien correspondería susurrarle a Lozano aquello de "no me eches en cara que tó lo perdiste/ también a tu vera yo tó lo perdí" sería a Rosa Díez lo que, redimida por la ambigüedad, convertiría la estampa en políticamente correcta. Pero insisto en que lo relevante no es la coyunda, el viaje de novios o el ágape del secretario general del PSOE con su polémica nueva favorita -pobre, ya verás lo que te espera- sino el "puñao de parné" que lo financia.

Sánchez es hijo de la audacia y el mérito. Fue elegido en unas primarias bastante limpias y abiertas, con el aparato en contra. Cuestión distinta es cómo ha marcado acres distancias con Susana Díaz y Zapatero, a quienes mucho debe. Pero su legitimidad democrática le permite disponer de los medios del partido con tanta discrecionalidad como le consientan la Ejecutiva y el Comité Federal. Un día tendrá que volver a responder ante los militantes que aprobarán o no su gestión, política de recursos humanos incluida. Nada que objetar por lo tanto a que incorpore a quien quiera en el puesto que quiera y con el sueldo que quiera dentro del organigrama del PSOE. Asesora, ministra en la sombra o archipámpana. Como si quiere colgar también a Irene Lozano a su vera, convirtiendo la fachada de Ferraz en un remedo de "aquellas bodas que fueron famosas del Pingajo y la Fandanga".

El desprestigio de la casta es tal que ni siquiera su pirivuelta del acíbar al almíbar empeora demasiado el promedio. Ahí la tenéis: es una de las vuestras

Pero lo que no es de recibo es que su regalo de esponsales sea un acta de diputada por Madrid porque ese sueldo lo pagamos todos los españoles y esa representación la sufriremos todos los españoles, empezando por sus electores. Es cierto que la misma objeción podría ponerse a cualquier agraciado con el cuponazo de un puesto de salida en las candidaturas de cualquiera de los principales partidos, por no hablar del eurojackpot de las listas a Estrasburgo. Pero la constatación diaria de que muchos votantes socialistas van a sentirse agraviados por tener que tragar con que les hayan metido al enemigo en casa, es una bendición para los defensores de la reforma electoral.

"Sólo si tuviera la posibilidad de tachar el nombre de esa señora podría yo votar en estas condiciones la lista de mi secretario general", me decía la otra tarde un histórico dirigente socialista. Le contesté abogando por una de las principales obsesiones de EL ESPAÑOL: necesitamos un sistema electoral similar al alemán que combine los distritos uninominales y una lista nacional desbloqueada. Eso devolvería a los ciudadanos el control sobre la conducta de sus representantes, sin destruir el papel aglutinador de los partidos. Pero invirtiendo las relaciones de poder entre el Estado y la sociedad. No estamos hablando de cualquier cosa.

Al ir de número 4, el mismo día que se presenten las listas Irene Lozano será ya diputada "in pectore", a expensas del mero trámite de la campaña electoral. Y agárrense que viene curva. Aunque el PSOE perdiera más de medio millón de los 875.000 votos que sacó por Madrid en su estrepitosa derrota de 2011, o sea, aunque le abandonaran dos de cada tres votantes y no recuperara ninguno, Irene Lozano obtendría su acta. De hecho UPyD logró cuatro escaños en esa circunscripción con 345.000 votos.

Lo que no es de recibo es que su regalo de esponsales sea un acta de diputada por Madrid porque ese sueldo se lo vamos a pagar todos los españoles

Encandilar a Sánchez, a cambio de arrancarle esa canonjía, ha sido pues tirar a pichón parado. Y lo más paradójicamente injusto del modelo es que si el sector exigente y escrupuloso del voto socialista se conjurara para castigar a Lozano, no sólo no podría nada contra ella, sino que a quienes eventualmente eliminaría del Congreso sería a los preteridos para encumbrarla. No hay conglomerado asfáltico más firme ya que el acta de Irene Lozano. Podían dársela desde ahora, para ahorrarnos burocracia.

Por eso sugiero que al menos se le imponga la obligación de tatuarse en el hombro no la infamante flor de lis de Milady de Winther, pero sí un bien visible número 29. A ella y a todos los candidatos asignados al centenar o más de puestos con escaño garantizado que hay en las listas al Congreso. Sólo deberían quedar eximidos aquellos encumbrados a esas posiciones mediante procesos de primarias como ha ocurrido en Ciudadanos o Podemos. El resto, a pasar por el hierro candente.

Lo del tatuaje en forma de 29 viene a cuenta del artículo correspondiente de la Ley Electoral de 1907 con la que Maura pretendía combatir el caciquismo. Para evitar la farsa de las elecciones amañadas entre los partidos turnistas, establecía que si en algún caso no había más candidatos que número de escaños se procediera a su proclamación inmediata sin esperar a las urnas. Pero un precepto destinado a casos excepcionales terminó generalizándose a medida que los caciques de la Restauración lograron que se elevara el listón de los requisitos para poder ser candidato.

Sugiero que al menos se le imponga la obligación de tatuarse en el hombro el número 29 en recuerdo del artículo caciquil de la Ley Electoral de Maura

Pronto hubo dos tipos de diputados: los que salían de las urnas y los del artículo 29, procedentes de los llamados distritos "no competitivos". En las elecciones de 1910 llegaron a suponer un tercio de la cámara. "Todo candidato a Cortes que se preciara -ha escrito Javier Tusell- quería ante todo conseguir que se aplicara en su distrito ese artículo porque le libraba de gastos y quebraderos de cabeza".

De eso se trata, de que después de estos años turbulentos fustigando al PSOE en contra de los dictados de su corazón, cuando en realidad ya sentía al partido del puño y la rosa muy dentro de su alma, como algo suyo que estaba ahí aunque no terminara de manifestarse; de que después de tanta brega ética y zozobra interior, Irene Lozano no tenga ni "gastos" ni "quebraderos de cabeza". El problema es que el Niño del Apócope no le ha puesto un piso sino un escaño. Y que ese "puñao de parné" que sirve de alfombra a su reina mora viene de la derrama que apoquinamos todos para que cada reyezuelo o reyezuela decore a su gusto su metafórico serrallo. Sin reforma electoral no hay regeneración posible.