Atentado en Kabul

El frente de Afganistán sigue vivo

Los talibanes van ganando terreno, pero luchan también por frenar el avance del Estado Islámico en el país. La guerra no está acabada en el país: de hecho, el conflicto se intensifica.

Policías afganos llegan al lugar del ataque en Kabul.

Policías afganos llegan al lugar del ataque en Kabul.

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La guerra en Siria, el auge del Estado Islámico en Oriente Próximo, su expansión por el norte de África, han hecho olvidar que en Asia Central sigue abierto otro frente: Afganistán. Tras trece largos años de presencia los últimos 236 militares españoles, destinados en la base de Herat, volvieron a casa en octubre –solo quedan una veintena de asesores españoles del Ejército afgano en Kabul-, pero la guerra no está acabada. Es más, tiende a recrudecerse.

Catorce años después de que el presidente estadounidense desencadenase la operación Enduring Freedom, para cazar a Osama Bin Laden y desalojar del poder a los talibanes, estos siguen golpeando en Kabul, atacando una residencia adyacente de la Embajada de España. El asalto es llamativo porque se desarrolló en el corazón de la capital afgana pero desde un punto de vista militar los talibanes son protagonistas de otras “hazañas” de mayor envergadura. Esta misma semana intentaron, por ejemplo, apoderarse del aeropuerto de Kandahar, donde la OTAN comparte con el Ejército afgano una base militar.

Afganistán está dividido en 398 comarcas de las que los talibanes dominan plenamente 37, 15 de ellas arrebatadas al Gobierno de Kabul desde que empezó el otoño. Desde sus feudos atacan o se infiltran a diario en el resto del país. De ahí la frase, algo exagerada, de un diplomático europeo acreditado en Kabul: “Los talibanes controlan un tercio del país de día y dos tercios durante la noche”. La situación se asemeja algo a la que prevalecía cuando la Unión Soviética apoyaba a un régimen comunista afgano que ya luchaba contra los talibanes. Estos ejercen su autoridad sobre zonas rurales, pero los grandes centros urbanos están, por ahora, en manos de fuerzas leales al presidente Ashraf Ghani.

Aun así, a finales de septiembre las milicias talibanes fueron capaces de apoderarse en unas horas de Kunduz, una ciudad de 270.000 habitantes en el norte de país. Las fuerzas especiales del Ejército afgano, apoyadas por la Fuerza Aérea de Estados Unidos, consiguieron retomarla al cabo de dos semanas de encarnizados combates. Este episodio es la mejor ilustración de la incapacidad del presidente Ghani y de su jefe de Gobierno, Hamdullah Daneshi, de mantener bajo su control zonas urbanas estratégicas. Kunduz fue la demostración de que los occidentales, y especialmente la aviación norteamericana, no se pueden marchar del todo de Afganistán si no quieren que las ciudades del país caigan como fichas de dominó en manos de sus enemigos.

No son los mismos de 2001

Dirigidos por el mollah Akhtar Mohamed Mansour desde hace algo más de dos años, los talibanes de 2015 no son los mismos con los que se enfrentó la Fuerza de Asistencia a la Seguridad que, capitaneada por EE UU, intervino en 2001. Siguen siendo, eso sí, un movimiento armado opaco. Prueba de ello es que hasta el 31 de julio de 2015 no anunciaron la muerte de su anterior jefe carismático, el mollah Omar, que había fallecido en 2013. Durante dos años el mollah Omar continuó, a través de mensajes propagandísticos sin audio ni imágenes, felicitando a los afganos con motivo del Ramadán, de la Fiesta del Sacrificio etcétera.

Bajo la batuta del mollah Omar los talibanes permanecieron fuertemente unidos al tiempo que acogieron en sus dominios a Osama Bin Laden y a Al Qaeda, la organización terrorista que capitaneaba. Hoy en día, en cambio, está divididos. El Gobierno afgano anunció, el 2 de diciembre, que su nuevo jefe, el mollah Mansour, había resultado “gravemente herido” en una refriega entre facciones rivales, pero tres días después el líder taliban aseguró en un mensaje audio que eran “falsos rumores”.

La opacidad del movimiento no facilita discernir en qué consisten los enfrentamientos entre talibanes a los que se añaden otros grupos armados que pululan por Afganistán cómo los restos de Al Qaeda, el Movimiento Islámico de Uzbekistán, la disidencia del Fedai Mahaz Tahrik Islami Afganistán (Movimiento Islámico de Afganistán - Frente del Suicidio). Una facción talibán, probablemente muy minoritaria, es partidaria del diálogo con el presidente Ghani. Este anunció el viernes en Kabul que las conversaciones de paz empezarían “en las próximas semanas”. Incluso desunidos los talibanes logran conquistar nuevos territorios.

El Estado Islámico ha puesto pie en Afganistán, en la provincia de Nangarhar, en el noreste del país. A sus filas se han incorporado sobre todo talibanes paquistaníes que en su día estuvieron a las órdenes de Bin Laden. Los seguidores del mollah Mansour ya se han enzarzado a tiros con los representantes del Daesh local, algo que nunca hicieron con Al Qaeda a la que acogieron en sus tierras. Las embajadas occidentales en Kabul han visto con alivio estos choques porque si los talibanes son un mal enemigo, el Estado Islámico es aún peor. Es una situación similar a la de Siria donde algún militar estadounidense llegó a valorar positivamente el papel del Frente al Nusra (rama local de Al Qaeda) porque contribuía a contener la expansión del Estado Islámico.

Ahmed Rachid, el más célebre experto en el movimiento talibán, explica en sus últimas conferencias por qué los partidarios del mollah Mansour se esfuerzan en frenar la expansión del Estado Islámico. “Los talibanes afganos siguen siendo un movimiento islamo-nacionalista et no tienen ninguna vocación yihadista global”, señaló. “Si los talibanes combaten al Estado Islámico es justamente para conservar su liderazgo y su control sobre el país (…)”. “No quieren formar parte de una yihad global ni de un califato que les relegaría a un segundo plano su identidad afgana”.