entrevista a Hamid Sulaiman

“Encontraron su cuerpo: le habían arrancado los ojos y las uñas”

El artista sirio recuerda las sombras culturales, la censura y la tortura que sufren todavía en su país.

El artista sirio Hamid Sulaiman presenta su primera novela gráfica.

El artista sirio Hamid Sulaiman presenta su primera novela gráfica.

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En el bar en el que me cita Hamid Sulaiman suena una música con ritmos latinos. Está situado junto a la sede del Partido Comunista Francés y pegado a su atelier de artista, en un barrio en el que se entrecruzan esas minúsculas callejuelas que todos tenemos en mente cuando nos hablan de París. Todos los que pasan frente a la terraza le saludan: “Hamid, ahora eres famoso. No paras, tío”, le lanza uno. “¿Usted también es siria como el amigo?”, me pregunta el camarero. Hamid se adelanta con algo de sonrojo y en un francés con poco acento: “Estoy haciendo una entrevista, chicos, luego hablamos”.

La imagen de Hamid Sulaiman, artista sirio, dio la vuelta al mundo el pasado mes de noviembre cuando protagonizó junto a Aurélie, su mujer, esta fotografía pacifista tras los atentados en la capital francesa. Entonces, él ya tenía encarrilada su primera novela gráfica, Freedom Hospital, que vio la luz el pasado mes de abril en Francia y de la que se vende ya su segunda edición. El próximo mes de febrero llegará a Alemania y a España, donde la obra ha despertado el interés de varias editoriales.

Hamid y Sulaiman Aurelie Ruby.

Hamid y Sulaiman Aurelie Ruby.

El hospital de la libertad

Para Hamid, plasmar en una hoja en blanco retales de su vida en Siria era una necesidad que nacía de sus tripas y que no podía seguir reteniendo por más tiempo. “Cuando estalló la revolución en 2011 había hospitales clandestinos por todas partes, en cada calle, creados por manifestantes”, explica. “El régimen de Bachar el-Assad los tiene por objetivo en sus bombardeos aéreos desde el principio”. De ahí que la historia que relata con un trazo punzante se ambiente en uno de esos centros improvisados por ciudadanos sirios. “Me inspira el estilo de la literatura árabe del siglo XX”, cuenta sonriente, y cita a Najib Mahfouz y su obra Hijos de nuestro barrio, que relata el día a día de los habitantes de un mismo distrito durante tres generaciones.

“Me inspiré en ese estilo porque para mí era importante que el héroe de esta historia fuese un lugar, el hospital, que resiste y renace a cada golpe”, dice. En este centro, doce personajes dispares conviven lidiando con continuos cortes de electricidad para evitar así ser descubiertos por el régimen. Un filósofo, una enfermera, un ingeniero… Sus vidas dependen de cuatro frágiles paredes; al exterior quedaron también los motivos que les llevaron a terminar en un hospital clandestino. Hamid ha preferido que los doce caracteres se concentren en sus doce futuros. “Todos tienen una personalidad que les hace únicos, y planes para un mañana que a lo mejor no llega”, cuenta.

¿Imaginas mi cara cuando vi Titanic sin la escena del sexo en el coche? Así no hay manera, no te enteras de nada

“Si hay un personaje que no para de hacer bromas y otro que es excesivamente antipático, es porque tienen derecho a ser todo eso. Viven con el miedo de morir, pero viven. No van a dejar de ser lo que son”, defiende. Tampoco esconde que en esos doce personajes encuentra rasgos de amigos que dejó en el camino, desaparecidos, en el exilio o asesinados bajo la tortura.

Censurar Titanic

Recuerda su antigua vida mientras remueve de un lado a otro una pinta de cerveza, y lamenta que los sirios sigan hoy lidiando con una guerra que no han provocado. Tampoco pasa por alto que, siendo Damasco la capital árabe con mayor riqueza cultural, tan sólo exista un teatro nacional con dos espectáculos al año, y un par de teatros privados. “No hay más que cuatro o cinco cines en la ciudad”, dice. “Eso sí, sólo en Damasco hay 18.000 mezquitas. Varias en cada calle”.

Hamid habla por los codos de literatura, de su interés por el género manga y de cine. Ríe a carcajadas cuando recuerda lo corta que se le hizo Eyes Wide Shut a causa de la censura, cuando la vio hace años en una cadena de Arabia Saudí que los sirios captan en sus televisores. “Dije… ¿Ya está? ¿Sólo dura treinta minutos?”, y se lleva las manos a la cabeza. “¿Imaginas mi cara cuando vi Titanic sin la escena del sexo en el coche? Así no hay manera, no te enteras de nada”. Para Hamid, la programación televisiva en Siria no arregla el panorama cultural, pues “habla de amor sin hacerlo” en series, culebrones y películas de poca monta.

Una de las ilustraciones de Freedom Hospital.

Una de las ilustraciones de Freedom Hospital.

Pinchazos telefónicos

Aunque el artista ironiza al denunciar la censura en Siria, él mismo conoció en primera persona las consecuencias de intentar esquivar la norma dictada por el régimen. En tres ocasiones, al comienzo de la revolución, el Servicio de Vigilancia llamó al artista por teléfono: “Te dicen que vayas a tomar algo con ellos, que tienen que charlar contigo”, cuenta. En su caso, haber grabado con el móvil una parte de la manifestación de Damasco y haber compartido en su página de Facebook sus dibujos en contra de la tortura fueron motivos más que suficientes para reunirse con él.

“Cuando llegué, ya tenían una carpeta enorme con todas mis llamadas telefónicas registradas”, explica. “En Siria todo el mundo vigila a todo el mundo. Desde siempre, cuando alguien me llama por teléfono yo ya sé que al otro lado no hay una sino dos personas”, sigue. También cuenta que en su caso se conformaron con la tortura psicológica: esperar ser atendido durante más de ocho horas en un zulo, sin derecho a realizar ni una sola llamada de teléfono. Esto sucedió en tres ocasiones. Cuando fue a ocurrir una cuarta, Hamid ya había abandonado la casa de sus padres en un intento desesperado por dificultar la labor de espionaje. “Entonces fue cuando mi madre me llamó para decirme que estaba arrestada, junto a mi padre, porque el Servicio de Vigilancia ya no lograba dar conmigo”.

Flores, pájaros, paisajes

Poco después, Hamid optó por hacer las maletas e intentar exponer en el Cairo los dibujos que tanta controversia habían causado en su país natal. La Ópera Nacional aceptó acoger las creaciones del artista, aunque un día antes de la exposición anularon el evento. “Los responsables de esa galería dijeron que no era nada personal, que si tenía en la recámara dibujos de flores, pájaros y paisajes los expondrían sin problema. Pero no contra la tortura de Bachar. Nada de temas políticos”, lanza.

En Siria, pocos artistas se atreven ya a llevar la contraria al régimen de Bachar. Hamid recuerda el caso de Ali Farzat, el primer caricaturista en haber fundado una revista satírica en el país. En agosto de 2011, un coche del Servicio de Vigilancia arrinconó el suyo a la salida de su taller. “Le golpearon las dos manos durante un buen rato, hasta romperle los dedos”, cuenta Hamid. En una entrevista concedida por el propio Farzat a The Guardian, explica que uno de sus dos verdugos dijo al otro: “Rómpele las manos. Así dejará de dibujar a Bachar. Que aprenda”. Tras romper sus dedos, le tiraron del coche en marcha.

Le golpearon las dos manos durante un buen rato, hasta romperle los dedos. Decían: 'Rómpele las manos. Así dejará de dibujar a Bachar. Que aprenda'

La tortura es un tema recurrente en las obras de Hamid Sulaiman. De hecho, si Freedom Hospital está dedicado a su amigo de infancia Hussam Khayat, no es en vano. Participó junto con Hamid en la primera semana de manifestaciones en 2011. “Dejó de hacerlo a los pocos días porque se dio cuenta de lo peligroso que era”, explica. “Dos años después, en 2013 desapareció de su casa. Al cabo de unos meses el Servicio de Vigilancia llamó a su madre para que viniese a la cárcel a recoger su cuerpo, y sobre todo, a firmar un papel en el que asumía que su hijo había fallecido de un paro cardíaco”, lamenta.

Me explica que hoy más que nunca, sin esa firma de consentimiento, no hay cuerpo del difunto. “Cuando la madre recuperó a Hussam, le habían arrancado los ojos y las uñas de las manos. Tenía quemaduras de radiadores en los dos costados”, cuenta. Después guarda silencio. “Mi amigo era arquitecto, como yo”.

La universidad en Siria

Sin gesto de asombro Hamid me cuenta que cuando fue a matricularse en 2005 en la universidad de Damasco la administración le obligó, como al resto de los alumnos, a entregar junto a su documentación un certificado expedido por el Servicio de Vigilancia. A cambio del mismo, los alumnos deben rellenar sesenta páginas autobiográficas escritas de puño y letra, informando de cualquier detalle que pueda interesar al régimen sobre el futuro estudiante y su entorno. “Tus ideas políticas, la fecha de nacimiento de tus hermanos, cómo se llaman tus tíos, con quién salen, qué beben, dónde van a pasear, qué amigos tienes tú, son o no musulmanes, cuánto rezan al día, qué música escuchas, qué lees…”, lanza una carcajada y después asiente.

Detalle de una de las láminas de Freedom Hospital.

Detalle de una de las láminas de Freedom Hospital.

“Eso es así desde 1963, cuando decretaron el estado de emergencia. Cuando entras en la universidad, cuando haces tu declaración de impuestos o cuando quieres ocupar un puesto de funcionario público, por ejemplo”. También explica que en varias ocasiones le pidieron que escribiese tres perfiles de tres amigos y tres miembros de su familia, un texto que detallase a qué hora se despierta la persona en cuestión, qué desayuna, o dónde y cómo va a trabajar cada día.

Eso no era libertad

“A pesar de haber nacido dentro de ese sistema, yo siempre supe que aquello no era la libertad”, cuenta, y relata las peripecias que los ciudadanos sirios están obligados a hacer para algo tan estúpido como acceder a una página de Wikipedia, o descargarse un disco de rap sin levantar sospechas.

El rap, el heavy metal, el punk… Hacen creer a los sirios que es música satánica, así que está prohibido escucharla

“El rap, el heavy metal, el punk… Hacen creer a los sirios que es música satánica, así que está prohibido escucharla”, cuenta. “Conozco a gente a la que han torturado durante meses por escuchar metal. Salen de la cárcel sin pelo, se lo cortan porque es un look satánico, en contra de las ideas del régimen”, cuenta. “¡Una vez me arrestaron porque llevaba una camiseta de Pink Floyd!”, exclama, como si acabase de rescatar ese recuerdo de algún lugar profundo de su memoria.

¿Eres feliz en Francia, Hamid? Le pregunto.

“Sí. Soy un hombre libre, dibujo lo que quiero y tengo a Aurélie a mi lado. No necesito nada más”.