Ciencia

Los mamíferos tenemos una nariz en el esperma

Descubren en ratones un nuevo sistema de receptores olfativos repartidos por todo el cuerpo que usan un método alternativo para detectar comida u hormonas sexuales.

El Príncipe Carlos huele una planta en el Glenveagh National Park.

El Príncipe Carlos huele una planta en el Glenveagh National Park. Reuters

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Pensábamos que sería más fácil desentrañar sus misterios, pero al final el sentido del olfato va a acabar resultando el más complejo de todos.

El Nobel de Medicina de 2004 ya reconoció a Richard Axel y Linda Buck su labor al descubrir cómo se organiza el sistema olfativo, y qué clase de receptores intervienen para que seamos capaces de reconocer y recordar hasta 10.000 olores distintos.

Ahora, un nuevo trabajo publicado en Cell por investigadores de la Facultad de Medicina de Harvard cuestiona cómo los mamíferos captamos realmente los olores. En lugar de disponer de una familia de receptores dedicados exclusivamente a detectar olores, como se pensaba, este estudio realizado en ratones apunta a que existe además un grupo de neuronas, las que rodean el bulbo olfativo, que utilizan un mecanismo alternativo.

Estas "neuronas collar", como se las conoce, utilizan este sistema recién descubierto para responder a olores que provocan respuestas instintivas, como las feromonas o -en el caso de los roedores- el olor de semillas o frutos secos. El autor principal del trabajo, el neurobiólogo Sandeep Robert Datta, sugiere que los mecanismos que empleamos para oler no son monolíticos y que, es más, pueden tomar formas diferentes.

Receptores nunca descubiertos

"Basados en datos previos, sospechábamos que había receptores del olor adicionales, que estaban ubicados en neuronas de la nariz y servían para detectar olores, pero usando medios tradicionales no podíamos encontrar estos receptores", cuenta Datta a EL ESPAÑOL. "Entonces iniciamos una búsqueda específica de estos receptores, e iniciando una nueva estrategia logramos encontrar sensores previamente no caracterizados".

Los ganadores de aquel premio Nobel demostraron que, en los mamíferos, cada neurona del sistema olfativo está emparejada a una proteína especializada en un tipo específico de olor. Este mismo patrón se repite en el llamado órgano vomeronasal, un apéndice del sistema olfativo especializado en reconocer las feromonas.

Partes del sistema olfativo del ratón.

Partes del sistema olfativo del ratón.

Pero además, ahora sabemos que existe un tercer sistema olfativo, el formado por estas neuronas de collar -se llama así porque recuerdan a unas perlas que rodean el bulbo olfativo- que también responde a diversos olores. No han quedado claros aún todos los receptores expresados por estas neuronas y qué papel juegan en la percepción del olor.

En el nuevo estudio, Datta y su equipo descubrieron que estas neuronas collar, a diferencia de todos los otros tipos de neuronas sensoriales olfativas, expresaban unas proteínas llamadas MS4A, cuya relación con los olores se desconocía. Más bien, las MS4A responden a los ácidos grasos de los frutos secos y semillas, así como a una feromona que se sabe provoca repulsión a los ratones.

Alerta cerebral

"Especulamos, pero no tenemos la evidencia para respaldar esta idea, que los MS4As se utilizan como una especie de sistema de alerta para el cerebro, haciéndole saber que hay algo realmente importante en el mundo, pero sin decirle de forma explícita qué es esa cosa", apunta el neurobiólogo.

La historia de estos receptores se remonta a, al menos, 400 millones de años, lo que sugiere que su papel sigue siendo crucial para los mamíferos. En los seres humanos, por ejemplo, tenemos proteínas MS4A en los intestinos, los pulmones o el esperma. Ahora, los científicos tendrán que ver si estas proteínas funcionan como receptores del olor en otras especies de mamífero además del ratón. "Esto sería muy interesante, ya que sugeriría que muchos animales tienen una especie de nariz oculta, que ignorábamos, enterrada dentro de su sistema olfativo principal", añade Datta.

Un sumiller bebe un vaso de vino del siglo XIX en Becov, República Checa.

Un sumiller bebe un vaso de vino del siglo XIX en Becov, República Checa.

O lo que es lo mismo, que podríamos tener pequeñas narices repartidas por todo el cuerpo detectando células que podrían, o no, sentarnos bien. "Seguimos explorando cómo estos nuevos receptores participan de distintas formas en la percepción del olor", dice a este periódico el investigador. "Una posibilidad que nos emociona mucho es que estas proteínas ayuden a asociar olores con contextos específicos".

Esto explicaría por qué, a veces, un mismo olor parece diferente a personas distintas. A algunos les encanta el cilantro, a otros les horroriza y otros ni siquiera lo perciben o lo confunden con otra hierba. "Esto ocurre porque la asociación de cada uno con el olor es muy personal y se basa en la experiencia, y sospechamos que los receptores que hemos identificado juegan un papel importante en este proceso", concluye Datta.