Hay hoteles que impresionan nada más llegar y otros que necesitan unas horas para conquistarte. Bahía del Duque, en Costa Adeje, consigue las dos cosas. Es enorme, elegante y reconocible desde el primer vistazo, pero dentro de ese universo hay una zona donde todo parece bajar unas cuantas revoluciones: Las Villas.
Durante tres noches, nos alojamos en Villa Las Palmeras, una de las 40 villas privadas del complejo. Aquí el ritmo cambia: hay más privacidad, menos tránsito de huéspedes y un servicio mucho más personalizado, pero sin renunciar a todo lo que ocurre a pocos minutos en el resto del hotel.
Bahía del Duque no es precisamente pequeño. El complejo se extiende a lo largo de 100.000 metros cuadrados, con 63.000 dedicados a jardines tropicales, acceso directo a Playa del Duque y una arquitectura que recuerda a una villa tradicional canaria reinterpretada en clave de gran resort. Moverse por el hotel significa cruzar patios, piscinas, jardines y edificios de inspiración colonial que hacen que, por momentos, cueste recordar que se está dentro de un único complejo.
Pero una cosa es alojarse en el hotel y otra hacerlo en Las Villas. No se sienten como una simple categoría superior de habitación, sino como una zona aparte dentro del propio complejo, más silenciosa, privada y con servicios propios.
Una villa enorme
La diferencia empieza a notarse nada más llegar. Después de aparcar, un buggy nos recogió para llevarnos hasta una recepción propia, distinta de la principal de Bahía del Duque y reservada a los huéspedes de Las Villas.
El check-in empezó con una copa de cava y terminó unos minutos después frente a la puerta de Villa Las Palmeras. Dentro nos esperaba un pequeño obsequio dulce, uno de esos detalles que no cambian una estancia, pero sí hacen más agradable la llegada.
Detalle de bienvenida en Villa Las Palmeras.
Lo primero que sorprendía al entrar eran sus dimensiones. Aquello tenía poco de habitación de hotel: se parecía mucho más a una pequeña casa privada, con estancias independientes y una enorme terraza abierta al exterior.
Nada más entrar, a la derecha aparecía un gran salón-comedor, muy amplio, con una cocina totalmente equipada que quedaba discretamente oculta tras un mueble para no romper la estética del espacio.
Salón-comedor de Villa Las Palmeras.
Ese detalle resume bastante bien el concepto. Todo está preparado para que el huésped tenga todas las comodidades, pero sin perder la coherencia visual de una villa pensada para descansar y desconectar.
Las bebidas incluidas en la estancia podían consumirse sin coste adicional, algo especialmente cómodo si se pasa bastante tiempo dentro del alojamiento.
Pero buena parte de la villa se disfrutaba fuera. La terraza era enorme y en el centro estaba la piscina privada, con espacio suficiente para nadar y rodeada de varios rincones para tumbarse, comer o pasar buena parte del día sin necesidad de salir.
La terraza de Villa Las Palmeras cuenta con piscina privada, zona de descanso y comedor exterior.
El dormitorio tenía acceso directo a esta zona exterior. Junto a la piscina había dos tumbonas, una gran cama balinesa, un sofá y una mesa con sillas para comer fuera.
No era un espacio puramente decorativo. La terraza estaba pensada para utilizarla durante buena parte del día y acababa funcionando como una estancia más de la villa.
Piscina privada de la villa Las Palmeras en Bahía del Duque, Tenerife.
Y pese a estar dentro de un resort enorme, desde la terraza apenas se tenía esa sensación. La vegetación y la disposición de las villas protegían bastante el espacio y permitían pasar horas junto a la piscina sin sentirse expuesto al resto del hotel.
Baño con luz natural
El baño estaba completamente separado del dormitorio y tenía unas dimensiones enormes. A un lado había dos lavabos y, junto a ellos, un pequeño vestidor con espacio para colgar la ropa. El inodoro y el bidé ocupaban un cubículo independiente con puerta, mientras que la ducha también estaba separada del resto.
En el centro destacaba una gran bañera de obra, hundida y revestida en mosaico, rodeada por paredes de piedra oscura. Por sus dimensiones y su diseño, el espacio se acercaba más a un pequeño spa privado que a un baño convencional.
El baño de Villa Las Palmeras destaca por su amplitud y por la bañera situada bajo un techo acristalado.
Sobre la bañera, un gran tragaluz dejaba caer la luz directamente sobre la piedra y el agua. Era uno de esos rincones que llaman la atención en las fotografías, pero que en persona ganan todavía más.
Servicio exclusivo
En Las Villas, el servicio marca buena parte de la diferencia. Hay una zona común exclusiva para sus huéspedes y una atención muy pendiente de los pequeños detalles durante toda la estancia. También destaca la hospitalidad del equipo, que hace que el trato se sienta cercano y muy cuidado.
Por las mañanas, el equipo dejaba la villa limpia y recogida y reponía el agua. Por la tarde volvían para retirar lo necesario y, por la noche, realizaban el servicio de cobertura y dejaban la cama preparada.
La habitación de Villa Las Palmeras.
Cada villa tenía, además, un número de teléfono propio para pedir prácticamente cualquier cosa durante la estancia, desde algún servicio concreto hasta un buggy. Al llamar, el equipo identificaba directamente desde qué villa se hacía la petición.
También los desplazamientos se resolvían de forma muy cómoda. Bastaba con solicitar el traslado y el equipo pasaba a recogerte, algo especialmente útil en un complejo de estas dimensiones.
Nuestra villa quedaba algo más alejada de la playa y del núcleo principal, pero con este servicio el trayecto se hacía rápido.
Las mañanas seguían ese mismo ritmo. Los huéspedes de Las Villas tienen un espacio propio para desayunar, separado del bufé general, con una pequeña selección para servirse al gusto y una carta con platos preparados al momento.
El desayuno exclusivo de Las Villas combina buffet y platos preparados al momento.
El desayuno se sirve alrededor de la piscina, en un ambiente mucho más recogido. En uno de ellos probamos huevos poché sobre tostada con salmón y aguacate, además de café y otras opciones servidas en mesa.
Otro día desayunamos en El Bernegal, el gran bufé del hotel. La propuesta era muchísimo más amplia, con opciones dulces y saladas, fruta, panes, platos calientes y hasta una paletilla de jamón ibérico recién cortada.
Desayuno buffet de El Bernegal en Bahía del Duque.
En el mismo lounge de Las Villas se sirve por la tarde cava de cortesía, además de té y café. Más tarde se ofrece una selección de aperitivos, de modo que el espacio sigue teniendo vida a distintas horas sin perder ese ambiente tranquilo.
Comer en la villa
Otra de las ventajas de este tipo de alojamiento es que quedarse a comer o cenar dentro de la villa no da en absoluto sensación de plan de segunda. De hecho, una parte de la gracia está justo ahí.
En la villa había dos cartas de room service: una disponible entre las 07:30 y las 22:30 horas y otra distinta durante la noche, desde las 22:31 hasta las 07:29. Nosotros pedimos varias veces de la carta diurna y la experiencia fue muy buena.
En una de las comidas optamos por papas arrugadas con mojo, totopos con guacamole y salsa cheddar y croquetas de jamón. En otra ocasión, ya para cenar, repetimos las papas arrugadas, que estaban especialmente buenas, y añadimos dos platos de pasta: unos tagliatelle con setas y trufa y unos penne rigate con salsa de ajo, guindillas y carbonara.
Una de las comidas servidas en Villa Las Palmeras, con papas arrugadas, totopos, croquetas y champán.
Las raciones eran generosas, el servicio no tardó demasiado y la presentación estaba muy cuidada.
El servicio podía montarse en el salón-comedor o directamente en la terraza, junto a la piscina. Cenar fuera, con la villa ya en silencio, hacía que pedir room service dejara de sentirse como el plan fácil y pasara a formar parte de la propia experiencia.
Para quienes quieran ir un paso más allá, Las Villas también ofrecen servicios como floating brunch y floating dinner, es decir, desayuno o cena servidos sobre una bandeja flotante en la piscina privada.
'Floating brunch', uno de los servicios de Las Villas.
Un 'resort' inmenso
Basta pasear un rato por Bahía del Duque para entender sus dimensiones. Hay momentos en los que parece más un pequeño pueblo junto al mar que un hotel: edificios, plazas, jardines, piscinas y caminos que conectan unas zonas con otras.
Vista de Bahía del Duque, un complejo de 100.000 metros cuadrados en Costa Adeje.
Hay rincones especialmente bonitos para detenerse un rato. Uno de ellos es un pequeño palacete con vistas al mar y a las piscinas, pensado casi como un refugio para sentarse a leer. A su alrededor se suceden jardines, caminos, terrazas y zonas de descanso por las que se puede pasear bastante tiempo sin repetir recorrido ni sentir necesidad de salir del hotel.
En septiembre, además, el ambiente era tranquilo. Había movimiento en las zonas comunes, pero sin sensación de agobio, algo que se agradece especialmente en un complejo de estas dimensiones.
Esa tranquilidad se notaba todavía más al volver a la zona de villas, más apartada del movimiento de las áreas principales.
Zona de lectura entre los jardines de Bahía del Duque.
El hotel cuenta con cinco piscinas, acceso directo al paseo y a la playa, instalaciones deportivas y suficientes propuestas de ocio como para pasar varios días sin necesidad de salir del complejo.
Incluso cuenta con detalles poco habituales, como un helipuerto, que da una idea de la dimensión y el perfil del hotel.
También probamos la zona de golf situada junto a la recepción de Las Villas, otra de las opciones de ocio disponibles dentro del complejo. El acceso estaba incluido para los huéspedes de Las Villas durante la estancia.
Zona de golf de Bahía del Duque.
A esto se suma una programación diaria de actividades que el huésped puede consultar desde la propia aplicación del hotel. A lo largo del día se organizan propuestas para adultos y niños, desde stretching, cross training o aqua gym hasta juegos, talleres y actividades acuáticas.
La agenda se actualiza con los horarios de cada jornada y también incluye planes menos habituales. Entre las propuestas más curiosas está la observación astronómica, programada en días concretos en el observatorio del propio hotel.
Gastronomía
La gastronomía tiene bastante peso dentro de Bahía del Duque. El resort reúne propuestas muy distintas, desde el desayuno de El Bernegal hasta restaurantes como Nub, Kensei, Sua, La Brasserie o Beach Club.
Upalupa, uno de los restaurantes de Bahía del Duque junto a Playa del Duque.
Nuestra primera noche cenamos en La Trattoria, el restaurante italiano del hotel, cuya carta está firmada por el chef Andrea Bernardi. Su propuesta parte de la cocina italiana tradicional, pero la lleva a un terreno más contemporáneo, con especial protagonismo de las pastas frescas elaboradas de forma artesanal.
Probamos una pasta con carabinero y otra con trufa y parmesano, acompañadas de un albariño. Las dos estaban buenísimas, tanto por la intensidad de las salsas como por el punto de la pasta.
Pasta con trufa y parmesano de La Trattoria.
Fueron dos de los platos que más recordamos después del viaje.
Otra de las cenas fue en Upalupa, situado junto a Playa del Duque. Allí pedimos aguacate aliñado al estilo de la casa, atún rojo ligeramente picante, chips de papas con crema de parmesano y trufa y pollo piri piri ahumado.
La propuesta es más informal y está pensada para compartir, con platos muy bien presentados y un espacio cuidado junto a la playa.
Bienestar y calma
Bahía del Duque cuenta con Bahía Wellness Retreat, un espacio de unos 3.500 metros cuadrados dedicado al descanso, la estética y el cuidado personal. Está integrado entre vegetación tropical y muros de piedra volcánica, con buena parte de sus instalaciones abiertas al exterior.
Uno de sus mayores atractivos es el circuito de talasoterapia al aire libre, cuya piscina utiliza agua de mar filtrada del Atlántico. Cuenta con chorros de hidromasaje a distintas alturas, cuellos de cisne, camas de burbujas y cascadas dirigidas a diferentes zonas del cuerpo.
Bahía Wellness Retreat, el espacio de bienestar del 'resort'.
El recorrido se completa con sauna finlandesa, hammam, duchas de experiencias y una poza de agua fría para alternar temperaturas. Alrededor se extiende un solárium con tumbonas, jardines y pequeñas zonas de descanso en las que el sonido del agua está muy presente.
La parte de tratamientos también tiene bastante peso. El centro dispone de 20 cabinas individuales, además de cinco cabañas exteriores situadas en los jardines para recibir masajes al aire libre. A ellas se suman cuatro suites privadas pensadas para tratamientos en pareja, con jacuzzi y zona de relajación propia.
La carta incluye masajes, tratamientos faciales y rituales corporales, con firmas como Biologique Recherche, Cellcosmet o Natura Bissé. También hay propuestas de yoga, pilates y entrenamiento, además de una zona de fitness equipada con Technogym.
En nuestro caso, la estancia en Las Villas incluía una hora de acceso al circuito de talasoterapia, un detalle que encaja bien con el nivel de servicios de esta zona del hotel.
Zona exterior de Bahía Wellness Retreat.
Bahía del Duque es gigantesco, pero no se siente como un único espacio repetido una y otra vez. Cada zona tiene su propia personalidad, y el spa es probablemente uno de los lugares donde más cambia el ritmo del hotel.
Después de tres noches, lo que más recuerdo de Villa Las Palmeras no es únicamente la piscina privada, el tamaño del baño o los trayectos en buggy. Es esa sensación de estar dentro de uno de los resorts más grandes de Tenerife y, al cerrar la puerta, olvidarte durante unas horas de que hay un hotel entero al otro lado.
