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Hay empresas que nacen de una oportunidad de negocio y otras que lo hacen de una necesidad personal. Satorisan pertenece a la segunda categoría.

La firma española de calzado nació en Valencia en 2010, pero su historia comenzó varios años antes, cuando su fundador, Alejandro Monzó Tadeo, empezó a cuestionarse qué quería realmente de su vida profesional.

"Empecé en el mundo de los negocios muy joven. Buscaba alcanzar un cierto nivel económico para no tener carencias que había visto a mi alrededor", explica.

Durante aquellos primeros años, el objetivo estaba claro: ganar dinero. Sin embargo, algo empezó a cambiar. "Vivía desconectado de mi corazón", reconoce.

Entre 2003 y 2004 comenzó a pedir algo distinto cada Nochevieja. Mientras a su alrededor predominaban los deseos relacionados con bienes y posesiones, él pedía "equilibrio y armonía". Aquella idea terminó convirtiéndose en un mantra personal y, con el tiempo, en el germen de Satorisan.

La puesta en marcha de la marca tampoco fue un camino solitario. Monzó recurrió a su amigo y especialista en marketing Alex Penadés, que reunió a un equipo digital encabezado por Dave Navarro. "A ambos los considero padrinos de la marca", señala.

Fue Penadés quien le presentó el concepto de Satori, vinculado a una experiencia de iluminación en el budismo zen. El nombre encajó con aquello que llevaba años buscando: "Balance & Harmony".

Pero la motivación personal necesitaba también una razón empresarial. Y llegó a partir de su experiencia previa trabajando para una gran compañía de fast fashion.

Respuesta a la 'fast fashion'

Antes de crear Satorisan, Monzó conoció desde dentro una industria en la que, según relata, se priorizaba la velocidad en detrimento de las personas que participaban en ella.

"Se descuidaba tanto a los proveedores como al cliente final, y llegó un momento en el que me di cuenta de que no quería formar parte de esa manera de hacer las cosas", explica.

Satorisan nació, por tanto, como una reacción a ese modelo. Su propósito era cuidar tanto al consumidor como a quienes intervienen en la fabricación. Y esa filosofía terminó trasladándose también al producto.

Frente a la perfección industrial, la firma apuesta por materiales que muestran sus características naturales y por un acabado deliberadamente imperfecto. Es el llamado "Used & Wrinkled look", una estética que busca que las zapatillas parezcan vividas desde el primer día.

"No somos una compañía cuya primera palanca de decisión sea el negocio, sino la convicción de hacer las cosas bien y respetando siempre esos principios"

La diferencia, según el empresario, no está en haber inventado valores que no existían, sino en la manera de aplicarlos. "Individualmente no son exclusivos; de hecho, son compartidos por muchas personas. Lo que nos hace diferentes es el conjunto de esos valores y, sobre todo, la pureza, el nivel de exigencia y el compromiso con el que los vivimos".

Ese posicionamiento también tiene una traducción empresarial. El proceso de fabricación es más complejo y costoso que el de una zapatilla convencional: los modelos se someten a un lavado industrial y posteriormente se terminan y reconstruyen artesanalmente. La compañía utiliza materiales capaces de soportar ese proceso y una construcción con pocos pegamentos y refuerzos para conseguir flexibilidad y comodidad.

No es, por tanto, una estrategia basada en producir más y más rápido. Es prácticamente lo contrario.

De Valencia al mundo entero

Satorisan comenzó como una marca B2C, pero apenas un año después abrió el canal B2B para garantizar la viabilidad del proyecto. Desde entonces, el negocio ha ido adquiriendo una dimensión internacional que Monzó no imaginaba necesariamente en sus comienzos.

Hoy la compañía trabaja con más de 700 puntos de venta en 20 países, con especial presencia en mercados europeos como España, Italia y Alemania. También está creciendo en Asia, especialmente en China y Corea del Sur. Su tienda online permite además realizar envíos a más de 100 países.

El crecimiento ha obligado a profesionalizar prácticamente todas las áreas de la empresa. Sin embargo, hay una frontera que su fundador asegura no querer cruzar: convertir el crecimiento en el único criterio para tomar decisiones.

"Crecer nunca ha sido un objetivo en sí mismo; llevar nuestro mensaje a más gente haciendo las cosas bien, sí", afirma.

En esa filosofía confluyen dos influencias aparentemente alejadas: la tradición mediterránea y el pensamiento oriental. El vínculo con el taoísmo, explica Monzó, no fue construido como una herramienta de marketing.

"Cada vez más, nuestros clientes buscan piezas con personalidad, que puedan acompañarlas durante muchos años y con las que se sientan identificadas"

De hecho, llegó después del nacimiento de la marca. En 2016 descubrió esta filosofía y encontró en ella conceptos que ya formaban parte de su manera de entender el proyecto.

Algo parecido ocurre con el Wabi-Sabi japonés y su reivindicación de la belleza de lo imperfecto, lo envejecido y lo que muestra las huellas del tiempo. Una idea que encaja con una firma que ha hecho de las arrugas, las marcas y el aspecto vivido una parte reconocible de su identidad.

En moda, además, las zapatillas han dejado de ser un complemento exclusivamente funcional. También se han convertido en una pieza de identidad, especialmente en el armario femenino, donde hace tiempo que dejaron de estar reservadas para los momentos informales.

Para Monzó, esa transformación también refleja un cambio más amplio en el consumo: "Cada vez se valora más la comodidad sin renunciar al diseño y la calidad".

Y ahí es donde Satorisan pretende jugar su partida en los próximos años. Mientras una parte de la industria continúa acelerando el calendario y multiplicando las tendencias, el fundador de la firma valenciana defiende una dirección opuesta: "Queremos seguir construyendo una marca con calma, haciendo menos cosas, pero mejor hechas".

No habla de una facturación concreta ni de un número determinado de mercados como medida definitiva del éxito. Su ambición es otra: "No tengo una cifra en la cabeza ni un volumen de ventas que considere el éxito".

La condición para seguir creciendo es, precisamente, no sacrificar aquello que dio sentido al proyecto. "Soy consciente de que Satorisan existirá mientras el mercado nos permita conservar nuestros valores, mientras conservemos esa pureza. Esa es la verdadera condición para que la marca tenga futuro".

Después de más de una década, Monzó sigue midiendo el éxito con un indicador menos habitual que una cuenta de resultados. "Sentiré que hemos cumplido nuestro objetivo si conseguimos que las personas no solo recuerden nuestros productos, sino también cómo les hicieron sentir".

Y remata con una imagen tan sencilla como reveladora de su manera de entender el negocio: "Si cada vez que alguien se pone unas Satorisan le salen corazoncitos de los pies, significará que hemos conseguido mucho más que vender unas zapatillas".