San Francisco (Estados Unidos)
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"Esparcid la alegría Pokémon". Con estas palabras, Chris Brown, Director de Global Esports & Events de The Pokémon Company International, dio el pistoletazo de salida al Campeonato Mundial 2026 de la saga en San Francisco.

Su frase podría servir de mapa para entender lo que ha ocurrido esta semana en la ciudad estadounidense. El torneo tiene lugar desde este viernes en el Moscone Center y el Chase Center. Estos recintos acogen las partidas de las distintas categorías y competiciones —las hay del juego de cartas, videojuegos, el archiconocido GO y UNITE—.

Miles de jugadores se miden aquí por el título de campeón del mundo. Claro que contar sólo el marcador se queda corto. Lo que de verdad define estos días es todo lo que rodea al tablero: el color, el ruido, la devoción. 2026 es también el aniversario de esos treinta años, y esta ciudad se ha convertido, durante unos días, en el escenario de esa celebración.

La otra mitad

Porque junto a los torneos se despliega PokémonXP, la otra mitad de este fin de semana y es, en cierto modo, la más reveladora. No es una competición: es un festival paralelo, abierto a cualquiera que quiera cruzar la puerta, y es ahí donde de verdad se respira lo que ha traído a San Francisco a decenas de miles de personas.

La feria es una maquinaria descomunal de mercadotecnia, una de las citas más grandes que pueden presenciarse ahora mismo en cualquier parte del planeta. Y sin embargo, bajo esa escala industrial, lo que se palpa es una comunidad sana, entregada, que ha venido a disfrutar y a formar parte de esa esencia que Pokémon lleva décadas cultivando: unir a la gente intercambiando y compitiendo.

Todo llegó precedido de una previa que ya anticipaba el tono de la semana. El jueves, la víspera de la inauguración, los San Francisco Giants recibieron a los Diamondbacks de Arizona en el Oracle Park en una noche de béisbol bautizada como Pokémon Worlds Night. Los locales se impusieron 6-1 ante una entrada de lleno, y al término del partido el cielo sobre la bahía de San Francisco se llenó de drones dibujando Pokémon, un espectáculo que sirvió de preámbulo —mágico y luminoso— para todo lo que se venía encima.

Paralelamente un Pokémon Center abrió sus puertas de forma temporal para la ocasión con acceso reservado. Dentro, una colección pensada solo para esta cita: ropa, artilugios, piezas de coleccionista exclusivas y todos los productos imaginables estaban repartidos en tres líneas distintas según el espíritu de cada evento —una más futurista, otra ligada a la competición, otra inspirada en la propia San Francisco—. Es la prueba del esmero puesto en este evento. Hasta la tienda es, en sí misma, parte del espectáculo, y las colas para entrar lo confirman.

Un puente como unión

Al otro lado de la calle, la aventura de PokémonXP comienza a lo grande. La entrada obliga a cruzar, como si del Golden Gate se tratara, una calle entera convertida en homenaje a Rayquaza, flanqueada por edificios tematizados y actividades de todo tipo, con actuaciones musicales y talleres que no paran en toda la jornada.

Basta con caminar por los pasillos para entender el amor que genera Pokémon. En ellos se puede ver un coche íntegramente tematizado con Pikachu o una moto funcional inspirada en el Pokémon legendario Koraidon son un buen ejemplo de la experiencia completa.

Les acompañan diademas con orejas de estas criaturas, tatuajes entre los aficionados, pegatinas en cada pared, camisetas de béisbol personalizadas o monopatines pintados de arriba abajo. Y más: desde un puf gigante hasta colchonetas para tumbarse. Todo entre peluches de lo más abrazables. E incluso cuentan con joyería inspirada en la saga. Hay prácticamente de todo.

Llaman enormemente la atención las mesas interminables donde se compran, venden e intercambian cartas sin descanso. También los vestidos de diseñador pensados como tributo a estas criaturas, desfilando entre el resto del público. Lo mismo pasa con las estatuas gigantes y los dioramas tan detallados que se podrían observar durante horas sin agotarlos. Claro que lo más buscado es prácticamente diminuto: pines por los que la gente siente una devoción casi religiosa, generando grandes filas para recibir uno de ellos.

Tres décadas capturando

Por otro lado, un museo que repasa las tres décadas de historia de la franquicia y deja claro que no han sido una saga conformista, tocando muchos palos fuera de la saga principal.

Nada de esto es azar. Detrás de cada esquina hay una precisión casi quirúrgica: cada foto, cada regalo, cada instalación está pensada para que nadie salga con las manos vacías ni la cámara en reposo. Es un ejercicio de minuciosidad que apenas se nota como tal, porque se disfraza de fiesta.

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Y en medio de ese despliegue, la gente. Se ven todas las edades —niños que apenas caminan de la mano de sus padres, treintañeros con gorra de entrenador que crecieron con la primera generación y que disfrutan de la visita familiar— y todas las procedencias, con banderas, idiomas y camisetas de medio mundo mezclándose en la misma columna de gente que espera para una actividad. La alegría se lee en las caras, pero también las ganas: de probarlo todo, de no perderse nada, de hacerse con todos los productos que regalan en cada stand.

Es, sencillamente, un parque temático desplegado durante tres días en el corazón de la ciudad, movilizándola para recibir con los brazos abiertos a los entrenadores que quieran echar la vista atrás para rememorar estos 30 años y empezar a pensar en lo que vendrá en las próximas décadas.