Veintiséis años han pasado desde que Borja Anabitarte y Lara Alonso del Cid fundaran el hoy prolífico Grupo Mentidero. En todo este tiempo, han consagrado espacios como La Borda del Mentidero, Las Brasas del Mentidero o La Trattoria del Mentidero, además de poner el acento en toda clase de eventos, siempre con ese gusto reconocible de la casa. Pero les faltaba algo y ese algo fue La Casería de la Mar.
El pasado mes de febrero decidieron abrir al público una finca que hasta ahora funcionaba como espacio para eventos. La reconversión en hotel boutique ha sido todo un acierto. No solo porque se trate de un alojamiento con apenas ocho habitaciones, sino porque conserva esa sensación de casa privada a la que uno llega casi como si fuese un invitado más.
Una casa al final del camino
Las sinuosas carreteras que conducen a la antigua vaquería ya anticipan que estamos llegando a un lugar especial. A nuestro alrededor, nada más que verdes prados y ese paisaje bucólico que siempre dan ganas de habitar en Cantabria. Nos paramos frente a la verja de entrada. Un cartel reza: Casería de la Mar. Hemos llegado.
Al abrirse la verja se recorre una pequeña carretera flanqueada por árboles y al final del camino se intuye la casa, que no es solamente una, sino dos. Allí esperan a los huéspedes los guardeses, encargados de dar la bienvenida en un check-in que nada tiene que ver con lo que estamos acostumbrados. Aquí no hay mostrador ni trámites fríos. Hay una casa, alguien que abre la puerta y la sensación inmediata de que el ritmo es otro.
El camino hasta esta antigua vaquería ya muestra que vamos a un lugar apartado.
Atravesamos el zaguán de entrada y nos recibe un espacio luminoso, cálido, con esa mezcla difícil entre casa de campo y hotel muy cuidado. De lujo sí, pero sin estridencias, como a ellos les gusta decir. La renovación se ha hecho con mimo y el interiorismo, firmado por Chesu Puente, apuesta por materiales nobles, piezas escogidas y, sobre todo, por la luz. Por eso toda la planta principal está dotada de amplios ventanales por los que uno solo alcanza a ver ese verde infinito de la Tierruca.
La renovación del espacio se ha hecho con materiales naturales que lo conectan con el exterior.
La bienvenida se hace en el salón de la casa, una maravilla diáfana con sofás, chimenea, libros de gran formato, flores frescas y objetos que evitan que el espacio parezca recién estrenado. Todo tiene algo de casa familiar, incluso hay fotos de la familia, aunque detrás se note una mano muy afinada. En las paredes, varios tapices procedentes de un anticuario francés terminan de redondear ese aire entre campestre y cántabro.
Partidas y largas sobremesas
La sala aledaña es propiamente dicha una sala de juegos, con varias mesas de cartas tapizadas, ajedrez, backgammon... Porque esa es otra de las claves de La Casería: no hay prisa, ni horarios rígidos, ni esa sensación de estar de paso. Y es que la finca funciona como un pequeño mundo cerrado del que uno apenas quiere salir.
La idea de este hotel es convertirse en destino para quienes quieren reencontrarse con ellos mismos incluso jugando.
En la segunda planta aguardan las habitaciones. Tan solo son ocho y todas ellas diferentes. Algunas miran al patio central, otras a la finca, pero todas mantienen ese equilibrio entre casa cántabra y hotel de alta gama. Hay camas generosas y comodísimas, textiles de primera calidad, maderas claras, baños amplios de mármol, bañeras y duchas fabulosas revestidas en piedra natural y unos papeles pintados, de inspiración botánica, con árboles, aves y motivos vegetales.
El hotel cuenta con sólo ocho habitaciones, cada una diferente.
La Gran Suite es la joya de la corona, con más de 80 metros cuadrados repartidos entre zona de descanso y salón independiente con chimenea. Mármol, madera, cuero, una bañera exenta de aire vintage y una terraza privada con vistas a la montaña terminan de perfilar la estancia más especial de la casa.
Un spa para reservar a solas
El segundo edificio, lo que era el antiguo establo, se ha dedicado al bienestar. En su coqueto spa no falta de nada. Una de las zonas es el gimnasio, equipado con máquinas de última generación y material para entrenamientos funcionales. La otra, más lúdica, es el spa propiamente dicho: un pequeño universo de calma revestido en piedra natural, con grandes ventanales por los que se cuela el paisaje.
El spa, con vistas a la naturaleza, está diseñado para reservas privadas de los clientes.
Aquí destacan el baño frío, la sauna infrarroja - perfecta para relajar el cuerpo después de una caminata por la finca - y lo más especial, una pequeña piscina de agua termal frente al verde. Lo mejor es que este espacio puede reservarse por franjas, de forma que el huésped se asegura un rato de intimidad absoluta.
Desayunar con el sonido de las vacas
A la mañana siguiente espera el desayuno. Un festín que puede disfrutarse en el comedor, apenas separado de la cocina por una cristalera, o si el día acompaña, en el huerto, con el cencerro de las vacas como único compañero de mesa.
En la cocina vista se prepara uno de los momentos más especiales del día, el desayuno.
Montan un pequeño buffet con producto muy seleccionado: jamón ibérico, salmón escocés, aguacate, chacinas, pan artesanal, bollería, bizcochos hechos en casa, mermeladas y, por supuesto, sobaos pasiegos. También hay una tabla de quesos y huevos de corral preparados al momento y al gusto.
Las comidas y cenas también pueden pedirse por encargo. No se trata de convertir la finca en un restaurante, sino de mantener esa sensación de casa privada donde todo puede organizarse con tiempo y buen gusto.
En esta antigua vaquería el salón es el corazón de un edificio en el que todo pasa marcado por el tiempo natural.
La Casería también guarda pequeños secretos para los huéspedes, como la forma de alcanzar el punto más alto de la finca al atardecer. Allí arriba, cuando la luz cae sobre los prados, al fondo se dibujan los Picos de Europa.
Todo ello demuestra su forma de entender el lujo, que tiene menos que ver con el exceso que con la posibilidad de ocupar bien el tiempo y hacerlo en un lugar idílico rodeado de prados, montaña y mar en pleno corazón de Cantabria.