Cuando el verano termina y las grandes multitudes empiezan a desaparecer, Madeira encuentra en su naturaleza uno de sus mejores argumentos para viajar. Del 6 al 11 de octubre, el Festival de la Naturaleza invita a descubrir la isla a través de sus bosques, levadas, gastronomía y paisajes atlánticos.
A partir de octubre, cuando los meses de julio y agosto quedan atrás, el archipiélago portugués cambia de ritmo y pone en primer plano uno de sus grandes tesoros: un bosque que lleva millones de años formando parte del paisaje de estas islas.
La laurisilva de Madeira ocupa unas 15.000 hectáreas y fue declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1999. Considerada uno de los ecosistemas forestales más singulares de Europa, alberga una extraordinaria diversidad de especies vegetales por kilómetro cuadrado. Es también el gran escenario del Festival de la Naturaleza, que este año se celebra del 6 al 11 de octubre.
Un tupido manto verde se extiende por el corazón de Madeira.
Durante seis días, la isla propone acercarse a este patrimonio natural desde diferentes perspectivas. No se trata únicamente de contemplar el paisaje, sino de caminarlo, recorrerlo y entenderlo.
Una de las mejores maneras de hacerlo es a través de las levadas, los antiguos canales de agua que durante siglos permitieron transportar el agua desde las zonas más húmedas del norte hacia el sur de Madeira y que hoy se han convertido en algunas de las rutas de senderismo más características del archipiélago.
Cascadas, túneles y paisajes espectaculares se van turnando en cada uno de estos senderos que serpentean la isla y se extienden a las cinco horas de recorrido, aproximadamente. Levada Velha do Rabaçal, Levada das 25 Fontes, Caminho do Pináculo e Folhadal o Levada do Furado son algunas de las que se disputan las mejores vistas.
El agua corre por los canales manteniendo la humedad de sus bosques.
Una isla de otro tiempo
Adentrarse en la laurisilva significa hacerlo en un paisaje húmedo, verde y especialmente frondoso, atravesado por senderos y cursos de agua. El Festival de la Naturaleza aprovecha este entorno para programar actividades de turismo activo, desde recorridos por las levadas hasta rutas en bicicleta por caminos forestales.
También hay espacio para conocer la historia y la cultura de Madeira a través de guías y propuestas educativas que explican la relación de los habitantes de la isla con este territorio. Porque el bosque no es únicamente un atractivo paisajístico: forma parte de la identidad del archipiélago y de una manera de entender y aprovechar sus recursos naturales.
La programación se completa con propuestas vinculadas a la gastronomía, el enoturismo y la música, tres elementos que permiten ampliar la mirada sobre Madeira más allá de sus montañas y senderos.
Por ejemplo, desde Funchal saldrá una expedición para aquellos que les llame la atención el coasteering -rutas que recorren la costa donde se realizan saltos desde sus acantilados- seguida de una degustación de productos regionales.
Sus viñedos también representan un paisaje que regala alegrías, al igual que los icónicos vinos fortificados que resultan de ellos. El desnivel de la isla provoca que muchos de ellos nazcan casi a pie de playa, otros se convierten en el jardín de casas señoriales y escenario de bellos conciertos al caer la tarde.
Quinta Furau se convierte en un espectáculo de verdes y azules que tiñen su entorno.
Y ahí está precisamente uno de los atractivos de viajar a la isla en otoño. Frente al modelo de vacaciones concentrado en los meses de verano, octubre propone otra forma de descubrir Madeira: con la naturaleza como hilo conductor y con actividades que permiten entrar en contacto directo con el territorio.
El Festival de la Naturaleza se convierte así en una excusa para recorrer una de las zonas verdes más antiguas y valiosas del planeta, caminar por sus levadas, conocer su patrimonio y sentarse después a la mesa para descubrir que la identidad de Madeira también se entiende a través de lo que se cultiva, se cocina y se bebe en la isla.
Una Madeira más tranquila, más verde y menos obvia que la de los meses de temporada alta. Y, quizá, una de las mejores maneras de descubrirla.
