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¿Qué puede esperarse de una ciudad en la que templos centenarios suspendidos sobre acantilados conviven con rascacielos imposibles?

¿Dónde los mercados de pescado más bulliciosos se hallan junto a coquetas cafeterías de especialidad y galerías de arte contemporáneo?

¿Qué esperarías de una megaurbe donde todo un barrio está pintado de colores, como si del escenario de un cuento infantil se tratara?

Te hablamos de Busan, una ciudad cosmopolita a menudo eclipsada por la fascinante Seúl, la capital del país, y cuyo pasado marcado por la resiliencia, el comercio y el constante intercambio cultural es la base de su carisma.

Donde la ciudad bulle

El ajetreo arranca desde temprano en ese lugar donde cada madrugada desembarca el mar. Hablamos de Jalgachi Market, uno de los mercados de pescado más espectaculares del Asia y el de mayor tamaño de todo Corea del Sur.

Una inmersión en la cultura gastronómica del país en toda regla que nos permite empaparnos, no solo de sus colores y aromas, sino también de su historia: este lugar donde los vendedores de pescado recorren largos pasillos cargando enormes cajas colmadas de todo tipo de especies marinas, se convirtió en un refugio importantísimo durante la Guerra de Corea, cuando muchas mujeres desplazadas comenzaron a vender aquí el género que sus familias capturaban cada día.

Entre puestos rebosantes de marisco fresco, Jalgachi Market es el corazón gastronómico de la ciudad. Unsplash

El sonido de las subastas nos acompaña mientras decidimos qué pieza de todas nos convence más. ¿Una langosta? ¿Un pulpo? ¿Tal vez un cangrejo gigante? Sea cual sea la elegida, la adquirimos y subimos hasta la primera planta, donde los restaurantes ofrecen el servicio de cocinarlos y presentarlos para que disfrutemos de un festín sin igual.

A escasos minutos del mercado, merece la pena desviarnos hasta Bosu-dong Book Street, un estrecho callejón donde decenas de librerías de segunda mano se suceden desde la posguerra.

Entre estanterías abarrotadas, ediciones descatalogadas y pequeñas cafeterías escondidas, nos enamoramos de uno de esos rincones que muestran el Busan de los locales, la versión de la ciudad más auténtica.

Empapados de cotidianeidad, comenzamos a ascender: es en las alturas donde se halla nuestra próxima parada. Y hablamos de Gamcheon Culture Village, una suerte de mosaico de pequeñas casas de colores que trepan por la ladera de Bandall Hill y una de las imágenes más fotografiadas de toda la ciudad.

¿Qué historia se esconde tras este lugar? Resulta que el barrio comenzó a tomar forma a finales de los 50, cuando miles de refugiados llegaron a Busan huyendo de la Guerra de Corea y levantaron aquí viviendas humildes adaptándose al escarpado terreno.

Uno de los iconos culturales de Busan, Gamcheon Culture Village, rebosa vida y color. Unsplash

Durante décadas se trató de una de las zonas más desfavorecidas de la ciudad, hasta que un ambicioso proyecto de regeneración urbana impulsado por artistas y vecinos consiguió transformar sus calles en un espacio de creación al aire libre que mantuvo, siempre con respeto, la identidad del lugar.

Así que nos lanzamos a recorrer sus estrechas callejuelas entre escaleras, murales, pequeñas galerías y talleres artesanos. No faltan tampoco, claro, las cafeterías escondidas tras fachadas pintadas de vivos colores, pequeños refugios de calma desde cuyas azoteas admirar unas fantásticas vistas y probar los famosos Ssiat Hotteok, unas deliciosas tortitas de azúcar moreno, canela y frutos secos.

Buscar, repartidas por el terreno, las distintas intervenciones artísticas integradas en el paisaje urbano, es todo un reto.

Un paréntesis en el camino

Quizás recuerde un poco a Gamcheon debido a sus casitas coloreadas, pero tanto su ubicación como su historia distan un poco de las del último enclave. Hablamos de Huinnyeoul Culture Village, con sus callecitas y coquetas fachadas aferradas a los acantilados de la isla de Yeongdo, mirando al mar.

Este antiguo barrio de pescadores—y, ojo, también de refugiados— ofrece una versión mucho más calma de Busan gracias, una vez más, a la llegada de artistas, pequeños negocios, librerías, galerías y espacios culturales que impulsaron su transformación.

Merece la pena una parada en la terraza de Café Huinnyeoul Beach antes de iniciar la vuelta al corazón de Busan.

Las esculturas y miradores de Huinnyeoul invitan a detenerse en la costa de Yeongdo. Unsplash

Dejando atrás las calles de los antiguos barrios marineros, nos entregamos a ese lado de la ciudad que concentra los rascacielos, los karaokes, los hoteles de lujo y las enormes avenidas junto a la playa.

Se trata de Haeundae, una de las estampas más futuristas: su playa, de más de 2 kilómetros de arenas doradas, es el destino favorito de muchos coreanos y un punto de partida ideal para conocer el cercano Haeundae Bluline Park.

Este precioso parque se puede recorrer subidos a uno de los reclamos turísticos más novedosos de Busan, el popular Sky Capsule, unos teleféricos elevados de colores que permiten, desde su instalación en 2022, descubrir la ciudad desde otra perspectiva.

Lejos de la costa, Jeonpo Café Street nos vuelve a impregnar del Busan más urbanita, mostrándonos hasta qué punto la cultura del café se ha convertido en una de sus señas de identidad.

Aquí, antiguos talleres mecánicos albergan hoy cafeterías de especialidad, panaderías artesanas, estudios de diseño y pequeñas boutiques que convierten el barrio en uno de los lugares favoritos de los más jóvenes.

Baño de espiritualidad

Y de la vanguardia, a lo espiritual, pues no queremos perdernos los dos templos más deslumbrantes de Busan. El primero de ellos, Haedong Yonggungsa, es un santuario budista fundado en el siglo XIV y de los poquísimos que existen junto al mar.

Escaleras, naturaleza y el mar dibujan el paisaje de Haedong Yonggungsa. Unsplash

Tras recorrer un extenso camino flanqueado por coloridos farolillos, se alcanza una sucesión de pabellones, linternas de piedra y pagodas que parece fundirse con los acantilados, regalándonos una de esas imágenes que jamás se olvidan.

Tendremos que dirigirnos después al extremo contrario: en el norte, y aferrado a la ladera del monte Geumjeongsan, se halla el templo Beomeosa, originario del año 678.

Fundado por el monje Uisang y rodeado de frondosos bosques, caminar por sus patios de madera, admirar la decoración de sus altares y puertas e inspirar el incienso mientras se contempla a los monjes en plena oración, nos confirma el lado más místico de una ciudad tan especial como sorprendente. Una urbe que, sin duda, no deja indiferente.