En Bonifacio, sin duda una de las ciudades más espectaculares de todo el territorio corso, conviven dos realidades. Dos escenarios conectados por unas inmensas escalinatas que, a más de un visitante, le hace lanzar un suspiro de asombro o de resignación.
Por un lado, está el Bonifacio a pie de puerto, el que primero conocen los viajeros que se animan a descubrir sus bondades, con sus restaurantes y heladerías desplegadas junto a ese pedacito de mar que se adentra en su territorio a través de la estrecha ensenada.
Por otro, está el Bonifacio de las alturas: el de la villa medieval que se aferra con fuerza a lo más alto de un acantilado, adaptando sus retorcidas callejuelas a una orografía casi imposible. Las dos, repletas de atractivos y rincones asombrosos, componen la estampa de este singular lugar.
La ciudad amurallada de Bonifacio.
Antes de iniciar nuestro periplo por sus calles, situémonos: Bonifacio se halla en el extremo sur de Córcega, donde la isla se aproxima a Cerdeña y el Mediterráneo se estrecha, convirtiéndose en horizonte compartido con los vecinos.
Durante siglos, esa posición extrema convirtió a la ciudad en un enclave estratégico, puerto disputado y fortaleza natural. Un carácter, el fronterizo, que sigue manteniendo de algún modo: no hay más que observarla con cierta perspectiva, con sus altas murallas y su aspecto de fortaleza, para comprobarlo.
Tomar un refresco en una terraza junto al muelle, contemplando las embarcaciones de recreo que sustituyen a los barcos mercantes y pesqueros que descansaron aquí en el pasado, puede ser un buen inicio para esta singladura.
Una de las plazas más famosas de Bonifacio. Unsplash
Un recorrido que deberemos de hacer a pie: los forasteros tienen restringida la circulación por la zona medieval. Desde este punto, las fachadas se perciben como si surgieran directamente del acantilado: es complicado distinguir dónde acaba la piedra y dónde arranca exactamente la parte arquitectónica.
Y entonces iniciamos la subida. Tomamos aliento y nos atrevemos a ascender por la gran escalera monumental, que no es sino una sucesión de diferentes calles bien empinadas combinadas con tramos escalonados de cierta relevancia histórica.
Tomamos algunos de ellos, como la Montée Saint-Roch o la Montée Rastello, hasta alcanzar, ahora sí, la ciudadela. Tan solo son 250 metros (80 de desnivel), pero el esfuerzo se habrá hecho notar. Una vez arriba, todo cobrará sentido: es como si retrocediéramos en el tiempo a otra parte de la historia.
Una de los caminos que permiten ver el casco antiguo de Bonifacio.
Sin GPS
Una recomendación llegado este momento, será olvidarnos del GPS: dejar que la intuición sea la que mande nos deleitará con maravillas inesperadas. Porque, a cada paso, a cada vuelta de esquina, aparecerá ante nosotros una coqueta plaza o un callejón a contraluz, pequeñas ventanas con visillos al viento o persianas genovesas abiertas de par en par, permitiendo así que sus moradores contemplen el horizonte y, quizás, la silueta de la vecina Cerdeña en la distancia.
Una estampa mediterránea que puede apreciarse, mucho mejor, desde el Bastion de l'Etendard, imprescindible para entender la importancia histórica de la ciudad y su carácter defensivo. Asomados a sus murallas del vetusto bastión, podremos admirar tanto el puerto como el estrecho, desde una perspectiva diferente.
Detalle de la ciudad histórica de Bonifacio. Unsplash
No dudaremos después en adentrarnos en la Iglesia de Sainte Marie Majeure, posiblemente la más bonita de toda la ciudad. Según indican los documentos antiguos, su origen se halla en el siglo XIII, por lo que resulta ser uno de los edificios más antiguos de Bonifacio.
Con un interior íntimo y colmado de detalles, llama la atención, también, su ubicación, semiescondida entre las estrechas calles del casco antiguo y junto a una plaza porticada que bien merece su correspondiente parada. Otra iglesia, la de Saint-Dominique, nos cautivará por su campanario octogonal y por ser uno de los escasos ejemplos de arquitectura gótica en la isla.
Sin embargo, lo que más abundan en Bonifacio son sus miradores, bien agarrados a los escarpados acantilados sobre los que se yergue la ciudad antigua.
Asomados a ellos notaremos esa brisa marina que nos vuelve a recordar que estamos en una isla. Aquí es, no hay duda, donde la ciudad muestra su imagen más reconocible: la roca pálida, de arenisca, cae vertical hasta el mar, batiéndose con las impetuosas olas.
Imagen de la Escalera del Rey de Aragón excavada en la roca.
Un final que comparte con la afamada Escalera del Rey Aragón, donde los visitantes hacen cola para descender por ellas. Cuenta la leyenda que fue construida en una sola noche durante un asedio a Bonifacio, aunque la realidad es que, según parece, fue hecha para facilitar el acceso directo de los habitantes al mar.
Consta de una larga escalinata excavada en la propia roca que pondrá a prueba, una vez más, los pulmones —¡y los glúteos!— de quienes se animan con ella. Al fin y al cabo, todo el que baja... debe volver a subir.
Para dar por finalizada la incursión a la ciudad corsa más espléndida, no habrá nada como tomar distancia. Y una manera fantástica de hacerlo será aventurándonos con una de las diferentes rutas de senderismo que parten de la zona más alta, siguiendo el borde del acantilado.
Caminos flanqueados por frondosa vegetación mediterránea que son frecuentados a menudo por los propios vecinos de Bonifacio, pero también por otros habitantes de la isla que escogen la zona para practicar algo de deporte.
Con la silueta de la ciudad, altiva y desafiante, elevándose frente a nosotros sobre el resplandeciente blanco de la roca caliza, completaremos la estampa más espectacular de este rinconcito de Córcega.