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Hay lugares que exigen una transición, un pequeño rito de paso. Y en el norte de Navarra, sucede precisamente eso. Basta con atravesar el túnel de Belate para comprender que algo cambia: la luz es distinta; el paisaje, también. El verde se vuelve más intenso, las montañas parecen estrechar el camino y la sensación de haber cruzado una puerta invisible hacia otra manera de entender el territorio, está muy presente.

Comienza entonces el universo de Baztán-Bidasoa: una Navarra húmeda, abrupta y poderosa, moldeada por la lluvia y por siglos de convivencia entre montañas, bosques y prados infinitos. Una Navarra, podríamos decir, auténtica, especial, que se muestra regada de escenarios fascinantes e historias para recordar.

Una de ellas la encontramos en nuestra primera parada, Zugarramurdi, donde la palabra "bruja" continúa flotando en el ambiente. Aunque, antes de hablar de hechizos y aquelarres, conviene que nos detengamos en el escenario: aquí el río Infierno ha ido modelando durante siglos una inmensa cavidad natural que hoy forma uno de los enclaves geológicos más sorprendentes del norte de la península.

Cueva de Zugarramurdi.

Cueva de Zugarramurdi. Francis Vaquero. Turismo de Navarra

Son las Cuevas de Zugarramurdi, que conforman un paisaje de galerías, grietas y senderos entre castaños que durante décadas permanecieron abiertos libremente, aunque hoy permiten un recorrido más guiado. Por su cercanía a la frontera con Francia, existen aún en los alrededores numerosos senderos utilizados durante la posguerra para el contrabando entre ambos países.

Pero volvamos a las brujas, que la curiosidad nos puede. Para contextualizar su historia, lo mejor es retroceder a comienzos del siglo XVII, cuando la Inquisición puso sus ojos en esta localidad llegando a acusar a cerca de 300 vecinos de participar en prácticas heréticas.

Hubo detenciones, juicios y condenas, aunque el paso del tiempo demostró que fueron las rivalidades vecinales y las tensiones con la Iglesia los que promovieron las sospechas hacia quienes conocían el uso medicinal de plantas y remedios tradicionales. En otras palabras: de brujas, nada de nada. Antes de continuar, nada como pasear por las calles de esta llamativa localidad repleta de caserones y hermosas fachadas.

Para controlar de verdad este pedacito de territorio navarro, no está de más entender su orografía. Y para hacerlo, lo mejor es detenernos en su mapa: ahí vemos que el Cantábrico, aunque no se vea, está muy cerca, pero también el Pirineo Atlántico, que actúa como una inmensa barrera natural que abraza el territorio y atrapa las borrascas llegadas del mar.

El resultado es un regalo para los sentidos: alrededor de 2.000 litros de lluvia al año riegan estas tierras que son el alimento de las populares ovejas latxas, raza autóctona que pasta libremente y cuya leche posee un carácter de lo más singular. Son precisamente estas las que alimentan Etxelekua, la quesería de Ana Mari, heredera de una historia familiar ligada a uno de los grandes tesoros navarros: el queso Idiazábal.

Valle de Baztan.

Valle de Baztan. Javier Campos. Turismo de Navarra

Ovejas pastando en el Valle de Baztán.

Ovejas pastando en el Valle de Baztán. Alkaxuri. Turismo de Navarra

Lo que comenzó como una producción para consumo propio, acabó convirtiéndose, casi por accidente, en una quesería que atesora innumerables premios internacionales. No dudamos en catarlo mientras Ana Mari explica sus particularidades en una charla amena que nos ayuda a entender que también la gente, quienes forman parte del pueblo navarro, son esenciales para completar la historia de esta tierra.

Personas de carácter firme acostumbradas a una vida ligada al campo y a los caseríos dispersos por montes y laderas. Una forma de habitar el territorio que explica muchas cosas: aquí apenas existen grandes núcleos urbanos y la vida sucede lenta, entre pueblos pequeños conectados por sinuosas carreteras, puertos de montaña y conversaciones sin prisa.

Parque Natural del Señorío de Bertiz.

Parque Natural del Señorío de Bertiz. Francis Vaquero. Turismo de Navarra

Tradición y aventura

La ruta continúa entre puertos y curvas hasta alcanzar Amaiur, parada obligatoria. Aunque de su castillo apenas queden restos, el lugar conserva una enorme carga histórica: sus calles alineadas, las flores secas de cardo colocadas sobre algunas puertas —se dice, se cuenta, que sirven para espantar los malos espíritus— y las historias escondidas entre sus fachadas vuelven a embaucarnos.

Aunque no tarda mucho el paisaje en volver a transformarse: en cuanto alcanzamos el Parque Natural Señorío de Bertiz, el río Baztán adopta una nueva identidad y pasa a llamarse Bidasoa.

Es siguiendo su curso como llegamos a Zubieta, donde visitamos el molino hidráulico que lleva funcionando gracias a la fuerza del agua —y, en los últimos años, al cuidado de Edorta Amurua— desde nada menos que 1785: más de dos siglos después, los vecinos siguen llevando sus sacos de maíz hasta aquí para mantener vivo un oficio, el de molinero, que se niega a desaparecer.

Uno de los pueblos ubicados en el Valle de Baztán.

Uno de los pueblos ubicados en el Valle de Baztán. Javier Campos. Turismo de Navarra

Pero Baztán-Bidasoa no sabe dejar de sorprender, y en Igantzi, IrriSarri Land demuestra que tradición y aventura pueden ir de la mano sin problema alguno. Aquí nos topamos con un singular alojamiento entre montañas que también es parque de aventuras, donde no faltan ni las tirolinas gigantes ni un amplio abanico de actividades que convierten este enclave en otra manera de acercarse al destino.

El final más redondo a nuestra ruta lo encontramos en Lesaka, un coqueto pueblo cuyo casco urbano se halla atravesado por el río Onin. Andamos y desandamos sus calles empedradas despacio, empapándonos de esa magia que ya nos resulta tan familiar.

Y con la maleta repleta de quesos, recuerdos y vivencias, nos despedimos de la verde Navarra. Un destino difícil de olvidar.