C. Serna
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Hay lugares en España que parecen estar atrapados en un letargo temporal, donde el tiempo se retiene entre el empedrado de las calles y los muros de piedra de las casas señoriales. Santillana del Mar es, sin duda, el máximo exponente de este paraíso histórico en el norte de España. Conocida popularmente como "la villa de las tres mentiras" ya que ni es santa, ni es llana y curiosamente no tiene mar, esta localidad de Cantabria es una de las joyas medievales mejor conservadas de la región y un destino imprescindible para entender cómo se cocina el alma norteña.

A tan solo 30 kilómetros de Santander, Santillana del Mar no solo enamora por su espectacular patrimonio arquitectónico de torres góticas y hermosos palacios barrocos; también es el epicentro de la gastronomía más reconfortante del norte, coronándose como el lugar ideal para degustar el mejor cocido montañés, ese plato tan famoso donde lo que no hay son garbanzos.

Si estás planeando una escapada al verde, te preparamos una guía perfecta para exprimir al máximo una de las villas más bellas de España tanto caminando como a la hora de sentarse a la mesa.

Entrada de la Colegiata de Santa Juliana en Santillana del Mar.

Entrada de la Colegiata de Santa Juliana en Santillana del Mar.

El mayor encanto de Santillana del Mar radica en pasear por sus calles empedradas, como la mítica vía de Juan Infante, que están flanqueadas a uno y otro lado por casonas con balcones de madera repletos de flores. La villa está diseñada para recorrerse a pie, disfrutando del eco de tus propios pasos, y sintiéndose parte del espacio y de la historia.

La mayor joya de esta villa es, sin duda, la Colegiata de Santa Juliana. Es uno de los monumentos románicos más importantes de toda Cantabria. Construida en el siglo XII, destaca por su imponente fachada y, sobre todo, por su claustro, cuyos capiteles tallados con animales mitológicos, escenas bíblicas y motivos florales son una auténtica obra de arte.

Hay que reservar el tiempo suficiente como para transitar de una columna a otra deleitándose en los tallados capitales y pensar que estaban destinados para quienes no sabían leer y esas imágenes eran todo lo que gobernaba sus vidas.

Una de las icónicas calles de Santillana del Mar.

Una de las icónicas calles de Santillana del Mar. EFE

La visita tiene que arrancar de la Plaza Mayor, un espacio de forma triangular rodeado de edificios civiles imponentes como la Torre de Don Borja y la Torre del Merino, ejemplos del estilo gótico militar, que se completa con el Ayuntamiento.

En el camino, los palacios señoriales van apareciendo como si fueran flores que encajan perfectamente en el jardín. Entre los más destacados está el Palacio de Velarde o la Casa de los Villa, con sus imponentes escudos heráldicos en una fachada de sillería que deja claro el poder que tuvo esta villa y sus vecinos.

No es de extrañar que el escritor francés Jean-Paul Sartre la visitara en 1935, junto a Simone de Beauvoir, se quedara impactado y la definiera como "el pueblo más bonito de España". Incluso llegó a nombrarla en su novela La náusea como "una verdadera reliquia en la vida del hombre".

Santillana del Mar, una joya medieval.

Santillana del Mar, una joya medieval.

El templo del cocido montañés

Tras una mañana de caminata por el empedrado, es hora de sentarse a la mesa. Aunque en Cantabria los pescados son un espectáculo, en Santillana del Mar sin playa lo que hay que pedir es el cocido montañés ya que cuenta con algunos de los restaurantes tradicionales que mejor lo preparan.

Cocido montañés.

Cocido montañés. iStock

Antes de pedirlo, hay que saber que a diferencia del madrileño, el montañés no lleva garbanzos, sino alubias blancas, que se cocinan a fuego lento junto a la berza y el compango, que es una mezcla de chorizo, morcilla de año, costilla y tocino en una pasta sabrosísima. Es un plato único y bastante contundente, que seguro que nos vendrá bien para coger fuerzas antes de seguir recorriendo el pueblo o los alrededores.

Eso sí, si tenemos que renunciar a algo durante la comida, por favor que no sea el postre porque en Santillana hay dos obligatorios que no podemos perdernos: el bizcocho artesanal y las típicas quesadas cántabras. Ambas se pueden comprar en el obrador más tradicional del pueblo, Casa Quevedo.