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Arranca aquí un viaje pausado, casi introspectivo, a las entrañas del universo rural malagueño. Una singladura que nos llevará por paisajes únicos de naturaleza sublime y pueblitos blancos de postal. En plena Serranía de Ronda se despliega, casi en secreto, el Valle del Genal, uno de esos rincones de Andalucía donde el tiempo parece que se detuvo hace muchos años.

La parte más elevada de ese valle es la que nos disponemos a explorar. Un territorio en el que no faltan los extensos castañares, pero tampoco las enrevesadas carreteras que nos conducen, curva a curva, hasta las siete localidades que conforman nuestro periplo.

La primera de ellas es Cartajima, uno de los municipios más pequeños de la zona, detalle que le confiere gran parte de su encanto. Un remoto núcleo poblacional donde no hay lugar para las prisas ni el estrés: aquí son las risas de los niños jugando en la plaza, las conversaciones de los mayores en el bar, los protagonistas. Todo ello aderezado de calles estrechas, casas encaladas y macetas que aportan color en cada rincón. Donde menos se espera, aparece un mirador desde el que contemplar el paisaje serrano. No hay grandes monumentos que marquen el recorrido en Cartajima, pero sí una sensación constante de autenticidad.

La ruta continúa hasta, Parauta, que resalta con su blanco caserío al otro lado del valle. La estampa, de alguna forma, se repite: andamos y desandamos sus calles para toparnos con una fuente, un mural, su iglesia del siglo XV o una pequeña plaza donde detenernos a descansar. Hay una leyenda que dice que fue en este remoto lugar donde nació Omar Ben Hafsun, quien organizó, siglos atrás, la rebelión de los muladíes que se enfrentó al Califato de Córdoba.

Pero lo que realmente distingue a Parauta es su relación con el paisaje, pues desde el propio pueblo parten varias rutas que se adentran en el corazón del Genal entre castaños y alcornoques.

El pueblo de Pujerra, en el Valle del Genal, en Málaga.

El pueblo de Pujerra, en el Valle del Genal, en Málaga. iStock

En busca de los orígenes

Llega el momento de visitar el lugar que da origen a todo: en Igualeja, nuestra siguiente parada, nace el río Genal, que alimenta con sus aguas todo el valle. Un detalle muy presente en el día a día: caminar por la localidad es disfrutar del constante rumor del agua, de una sensación de frescor presente incluso en los días más cálidos.

Por eso el principal punto de interés es, claro, el nacimiento del río, un paraje natural a las afueras que invita a un paseo tranquilo entre vegetación frondosa ideal para disfrutar del increíble escenario. En el núcleo urbano, se repite la arquitectura tradicional de la zona, con sus casas encaladas sin demasiada pomposidad. No está de más echar un ojo a la Iglesia de Santa Rosa de Lima, del 1505, así como saludar a la escultura que homenajea a los castañeros y castañeras de la región.

Quienes saben mucho de su cultivo son, de hecho, los vecinos de Pujerra, el siguiente municipio en la ruta. Tanto es así que incluso cuenta con su propio Museo de la Castaña, un producto que ha marcado la economía, las tradiciones y hasta el calendario local. Los bosques de castaños que rodean el pueblo son algunos de los más extensos y mejor conservados del valle, algo que se disfruta, sobre todo, llegado el otoño, cuando el entorno se convierte en uno de los espectáculos naturales más bellos de la provincia, envuelto en tonalidades que abarcan del dorado al rojo intenso.

Vista general de Júzcar

Vista general de Júzcar

Destino al Pueblo Pitufo

Desde la distancia, Júzcar nos recuerda, con sus calles y casas —e incluso su iglesia— pintadas de azul, que su identidad quedó para siempre conectada a esos dibujos infantiles debido a la acción promocional realizada en 2011 por Sony cuando se estrenó la película de Los Pitufos.

Lejos de quedarse en una anécdota, el pueblo decidió mantener ese tono y reinventarse como destino, atrayendo a visitantes curiosos por descubrir el llamado "pueblo pitufo". El fenómeno turístico trajo consigo una oferta más lúdica que en otros pueblos del Genal, con actividades pensadas especialmente para familias, rutas tematizadas y miradores desde los que contemplar el entorno montañoso.

Sin embargo, más allá del impacto visual, Júzcar sigue siendo un auténtico municipio serrano, con raíces profundas en la tradición andaluza. Bajo la pintura azul permanecen las mismas casas encaladas de siempre y un entramado de callejuelas que invita a pasear.

Castañas del Bosque de Cobre en el Valle de Genal.

Castañas del Bosque de Cobre en el Valle de Genal. iStock

Tras este enigmático rincón serrano llega Faraján, colgado sobre la ladera como si desafiara la gravedad. Un pueblo que nos atrae sin remedio hasta el trazado irregular de sus calles, que nos hacen subir y bajar cuestas hasta el infinito. Cualquier esquina resulta aquí un balcón excepcional al paisaje, especialmente al atardecer, cuando la luz tiñe de tonos cálidos las laderas de las montañas.

Agrestes colinas que nos vigilan desde la distancia al alcanzar Alpandeire, fin del viaje y uno de los pueblos estrella del Valle del Genal. Conocido, sobre todo, por ser el lugar de nacimiento de Fray Leopoldo —una de las figuras más queridas de la religiosidad popular andaluza—, no hay que dejar de visitar su casa natal, hoy abierta al público, y los distintos puntos del pueblo vinculados a su figura, como la monumental iglesia parroquial dedicada a San Antonio de Padua, apodada 'la catedral de la Serranía'.

Antes de despedirnos, eso sí, un último paseo para admirar su armonía estética: sus calles, decoradas con alegres buganvillas e impolutas fachadas, resumen la esencia irresistible de este lado del Genal.