Publicada

En Aponiente, el vino no está llamado a acompañar la cocina desde un discreto segundo plano. Forma parte de una inmersión completa en el universo marino de Ángel León: un relato líquido donde el salitre, los vientos atlánticos, los suelos de albariza y la memoria del Marco de Jerez encuentran nuevas maneras de expresarse.

Al frente de ese relato está Cristina Navarro García, sumiller del restaurante tres estrellas Michelin y Estrella Verde Michelin, instalado en un antiguo molino de mareas del siglo XIX, en El Puerto de Santa María. Allí, el mar no es únicamente una despensa: es paisaje, lenguaje y horizonte.

La propuesta de Aponiente avanza precisamente hacia esa integración radical entre cocina y entorno. El proyecto del llamado Chef del Mar se asienta en la Bahía de Cádiz y reivindica los esteros, las marismas, la pesca sostenible y aquellas especies históricamente relegadas a descarte.

De la marisma a la mesa Aponiente

En su nueva etapa, el restaurante profundiza aún más en esa voluntad de reconciliar al comensal con los ciclos naturales. La experiencia busca hacer visible el trayecto que va del ecosistema al plato, de la captura a la mesa, de la naturaleza a la emoción gastronómica. En ese contexto, la bodega funciona como una extensión sensible de la cocina.

Con unas 1.600 referencias exclusivas, la selección líquida de Aponiente se apoya en tres caminos de maridaje. El primero mira al entorno andaluz y a pequeños productores que trabajan vinos singulares, incluso elaboraciones concebidas expresamente para el restaurante.

El segundo amplía el foco hacia etiquetas internacionales de personalidad, sin abandonar la conexión con los perfiles salinos y atlánticos de Cádiz. El tercero, NoLo, explora maridajes sin alcohol a partir de vinos y destilados desalcoholizados, así como aguas de kéfir elaboradas por el propio equipo de sumillería con ingredientes presentes en el menú. No se trata de replicar el vino, sino de construir otra forma de complejidad.

El Chef del Mar en su salsa Aponiente

Para Cristina Navarro, esta manera de entender el servicio tiene raíces personales profundas. Nacida en Andalucía en 1984 y criada en una familia estrechamente vinculada al vino de Jerez, su primer imaginario olfativo estuvo marcado por el olor a Jerez y a vinagre en casa.

Su abuelo fue arrumbador en Valdespino; su tío desarrolló una extensa carrera en firmas como 103 Bobadilla (hoy Osborne), Bodegas Fundador y Williams & Humbert; y buena parte de la familia, incluida su madre, mantenía una relación profesional o vital con el universo vinícola.

Sin embargo, Navarro decidió construir su propio recorrido y se trasladó a Londres, donde se formó en el Wine & Spirit Education Trust y se especializó, entre otros campos, en sake, vinos fortificados, botrytis, destilación y fermentación.

Esa inquietud la llevó a realizar prácticas en referentes de la restauración londinense como Pétrus by Gordon Ramsay, Dinner by Heston Blumenthal y Nobu London Old Park Lane, antes de incorporarse al grupo The Caprice.

La experiencia internacional amplió su mirada sobre los vinos del Viejo y del Nuevo Mundo, aunque el regreso a Andalucía le permitió reconectar con una sensibilidad más íntima hacia los vinos de su tierra.

Una sumiller ligada a su origen Aponiente

Tras su paso por El Campero, de Pepe Melero, y su etapa como head sommelier de Alevante, el otro restaurante de Ángel León en Chiclana, desde septiembre de 2022 ocupa la sumillería de Aponiente. Su misión no consiste solo en dominar referencias o maridajes, sino en trasladar experiencias gastronómicas memorables.

La tensión de Miraflores Baja

El vino favorito de Navarro es La Morisca, de Bodegas Raúl Moreno: una elección que encaja de forma natural en ese diálogo entre identidad local, energía atlántica y nuevas lecturas del Palomino Fino.

“Lo he elegido por su frescura, por la fruta de un vino blanco joven, pero también por su complejidad. Tiene un toque punzante que no deja indiferente”, resume la sumiller. En pocas palabras, define la personalidad de un blanco que se mueve entre la ligereza aparente y la profundidad que aportan el origen y la crianza.

Raúl Moreno, sumiller y enólogo sevillano con experiencia profesional en Australia, Georgia, Sudáfrica y Estados Unidos, ha regresado a Andalucía para proponer interpretaciones propias del viñedo gaditano y del Marco de Jerez.

La Morisca, un palomino atípico Raúl Moreno

La Morisca nace de palomino fino procedente de una viña vieja plantada en 1970 en la zona baja del Pago de Miraflores, en Sanlúcar de Barrameda. Es un paisaje de albariza (suelo blanco y calcáreo, decisivo en la personalidad de estos vinos) que explica buena parte de su perfil salino, tenso y luminoso.

La elaboración ahonda en ese carácter. El vino pasa diez meses bajo un ligero velo natural de flor y completa su evolución con otros cuatro meses sobre lías finas en depósito de acero inoxidable.

Es un blanco ecológico y natural, sin filtrar ni clarificar, que busca reflejar con la máxima transparencia la viña y el suelo. Frescura frutal, complejidad de crianza, acidez precisa y un final punzante conviven en una interpretación de la palomino fino alejada de los lugares comunes y profundamente conectada con Sanlúcar.

En la copa, La Morisca resume una forma de entender el vino muy cercana a la de Aponiente: la de un territorio que no necesita elevar la voz para hacerse reconocible, pero que deja en el paladar la huella persistente de la albariza, la brisa marina y el tiempo.