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Los Viajes

Salvando al ojoche

En esta segunda etapa de viaje por tierras costarricenses aprenderemos los secretos de un árbol mágico al borde de la extinción, pasearemos por espectaculares playas prístinas en el Parque Nacional Marino Ballena y probaremos uno de los mejores cacaos del mundo.

Seguramente nunca hayas oído hablar del ojoche, el fabuloso árbol casi desaparecido de los bosques centroamericanos. Nos acercamos hasta Ojochal, un tranquilo y desperdigado pueblo de Costa Ballena, al sur del Pacífico, en busca de la madre de todos los ojoches costarricenses. Nos acompaña Gerardo, ‘Lalo’ para los amigos, el presidente del Comité para Regional del Ojoche.

“El ojoche (Brosimum alicastrum) es un árbol nativo de América, familia de los higos. Puede alcanzar hasta 40 metros de altura y su tronco puede tener un diámetro de 1,50 metros”, comenta orgulloso ‘Lalo’, que camina en chanclas por el bosque tropical, como Pedro por su casa, algo que nunca se debe hacer. De hecho, en las frescas raíces de la madre de todos los ojoches se ve la muda de piel seca de una terciopelo, una de las serpientes más venenosas del mundo.

‘Lalo’ continúa describiendo las virtudes gastronómicas del ojoche: “Con las semillas secas preparamos postres, tienen sabor a chocolate, pan, galletas, pasteles (queques), helados, y una infusión muy similar al café. La semilla fresca sabe a papa (patata), y con ella se hacen tortillas, tamales, tortas, sopa y muchos otros alimentos”.

Su harina es rica en grasa y almidón, con un alto contenido proteico, similar a la carne. Posee además fibra, hierro, calcio, potasio, zinc, ácido fólico y vitaminas A, B, C y E, ayuda a bajar la presión y a conciliar el sueño y reduce el estrés. La corteza del árbol desprende un látex que tiene uso medicinal y puede sustituir la leche por su sabor agradable. Con el forraje se alimenta al ganado.

Muchos en el pueblo piensan que el Gobierno de Costa Rica debería declarar a este curioso árbol como Héroe y Mártir Nacional. Contribuyó a la alimentación de las culturas precolombinas y evitó la muerte de miles de personas cuando, entre 1953 y 1954, hubo una gran sequía en el Pacífico Norte. Todos los cultivos se perdieron, los pozos se secaron, pero los árboles de ojoche produjeron más frutos que nunca, lo que permitió sobrevivir a la famélica población.

Lalo, presidente del Comité del Ojoche, bajo un árbol de ojoche.

Lalo, presidente del Comité del Ojoche, bajo un árbol de ojoche.

Curiosamente su enorme éxito fue el que casi lo lleva a la extinción. En 1936 nació el pueblo de Ojochal, cuando los antepasados de Mamá Ojoche plagaban las colinas y los ríos circundantes. “Los primeros pobladores se dieron cuenta de que a los animales les encantaban las hojas del árbol y que su madera era muy dura, perfecta para la construcción de casas. Desafortunadamente talaron miles de árboles, lo que colocó a esta especie al borde del exterminio”, manifiesta Lalo.

“Tenemos que cuidar a este aliado del bosque. Hace ocho años un técnico agrónomo nos ayudó a encontrar un espécimen de ojoche vivo. Desde entonces el Comité del Ojoche, que fundó un grupo de mujeres, ha sembrado un gran número de arbolitos, todos procedentes de esa primera madre. Además estamos importando harina, hacemos rutas turísticas por el pueblo y hemos comenzado una serie de ensayos culinarios”, concluye satisfecho Gerardo.

Cacao y ballenas junto al Océano Pacífico

Unos 20 kilómetros al norte, tomando la Carretera 34 o Costanera Sur, encontramos el Parque Nacional Marino Ballena. Fundado en 1989, tiene una extensión de 110 hectáreas terrestres y 5.375 hectáreas marinas. Los habitantes de este territorio, que por entonces no tenía ni luz ni agua potable, decidieron crear el parque para atraer al turismo y para proteger a las ballenas jorobadas que visitan sus aguas durante la época de apareamiento.

Punta Uvita, con forma de cola de ballena, es el lugar más característico del parque que se puede ver cuando la marea está baja.

Punta Uvita, con forma de cola de ballena, es el lugar más característico del parque que se puede ver cuando la marea está baja.

Aunque la mayoría de su territorio está compuesto de océano Pacífico también posee hermosas playas de arena y piedra, como Playa Ballena, Playa Bahía Uvita, y Playa Piñuelas, bosques de manglar, cocoteros, arbustos y vegetación rastrera. Cerca de 70 especies de peces de arrecife, langostas, delfines y muchos otros animales viven en este poco conocido parque nacional costarricense. Desde el aire, en Punta Uvita, cuando la marea baja, puede verse una porción de terreno con forma de cola de ballena.

Continuando hacia el norte es recomendable hacer una parada en el puente sobre el río Tárcoles, uno de los lugares con la mayor concentración de cocodrilos americanos del mundo. Desde las barandillas de la pasarela, en la que los carteles de precaución advierten sobre el peligro de caer al agua, se observan decenas de gigantescos cocodrilos tomando el sol. Parecen de plástico, pero corren muchas historias sobre niños que se han caído al agua y borrachos que han intentado cruzar el río. Duran vivos menos de lo que canta un gallo.

Una de la playas más bonitas del Parque Nacional marino Ballena es la de Bahía Uvita.

Una de la playas más bonitas del Parque Nacional marino Ballena es la de Bahía Uvita.

130 kilómetros al norte haremos nuestra última parada de esta segunda etapa descubriendo Costa Rica. Será en Macaw Lodge, un apartado hotel ecológico ubicado entre las colinas y los frondosos bosques de los Cerros de Turrubares, en la región del Pacífico Central. Este agradable rincón en la naturaleza es ideal para hacer yoga rodeado de flores, árboles centenarios, cascadas y más de 300 especies de aves.

Stephanie, una acogedora guía franco-ecuatoriana, nos explica el modelo de trabajo ambientalmente sostenible de Macaw: “Queremos llegar a la autosuficiencia a todos los niveles. Tenemos paneles solares, no tenemos electricidad que viene desde el exterior. Contamos con tres fuentes de agua potable diferentes, aquí en la propiedad, y también contamos con autosuficiencia alimenticia”.

En Macaw Lodge se aprenden los usos sagrados que los mayas hacían de la planta del cacao.

En Macaw Lodge se aprenden los usos sagrados que los mayas hacían de la planta del cacao.

De hecho, el establecimiento cuenta con diversos huertos e invernaderos donde se cultivan plantas tradicionales y medicinales como la estevia y la moringa, además del cacao. El primer pueblo que usó y domesticó esta planta sagrada, el cacao, fue el olmeca, hace unos 3500 años.

Gracias a Stephanie también aprendemos que los médicos mayas prescribían el consumo del cacao y que los guerreros lo consumían como una bebida amarga reconstituyente, el ‘xocolatl’. La manteca de cacao era usada como ungüento para curar heridas. En este arbolito, hasta su nombre científico es milagroso, ‘Theobroma cacao’, que en griego significa “Alimento de Dioses”.