Hoy en día, nadie pone en duda de que la Inteligencia Artificial nos va a cambiar la vida, y que ha venido para quedarse. Más pronto que tarde solucionará unos problemas y creará otros, y tendremos que utilizar mucha de la inteligencia natural para que lo primero compense lo segundo.
No obstante, visto lo visto, no vamos por buen camino. Porque ni siquiera el nombre le hemos dejado. En estos días, el presidente americano de cabello color Dorito se ha molestado en dictar y firmar un decreto para, simplemente, sustituir el nombre de Inteligencia artificial por el de "Superinteligencia".
Paradójicamente, una decisión que puede tildarse de todo menos de inteligente. Porque con la que tiene montada entre guerras, aranceles, inmigración, afán expansionista, desastres naturales y otras tantas cosas -entre las cuales no incluyo su mal gusto para el peinado, más que evidente-, no parece ser una prioridad que el nombre del invento no le guste.
La cosa podría parecer una nimiedad si no fuera porque el propio presidente del país más poderoso del mundo le daba una importancia desmedida.
Él y sus acólitos, porque uno de los magnates tecnológicos más poderosos que le rodean se vio obligado a pedir disculpas porque se le escapó llamar a la inteligencia artificial por su nombre antiguo y no por el recién inventado. Un fallo casi imperdonable que, por supuesto, se le perdona por ser vos quien sois. Faltaría más.
He oído hace unas horas la noticia, si es que se le puede llamar noticia, pero, al parecer, la patochada llevaba días gestándose. El propio presidente del pelo naranja, en la red social que tanto le gusta, planteaba una encuesta para que quien quisiera -o pudiera- emitiera sus preferencias de nombre entre varias opciones, como "inteligencia suprema" o "inteligencia extrema".
Por supuesto, le importó un pimiento lo que se decidiera, porque él ya había tomado su propia decisión y la aprobó por decreto, que la democracia bien entendida empieza -y acaba- por uno mismo.
A mí, si soy sincera, me la refanfinfla cómo se llame el invento, pero sí me importa cómo se regulen sus efectos porque, como decía, ha llegado para quedarse y puede cambiar nuestras vidas, y debemos fijar los límites antes de que sea tarde. Por eso me parece ridículo despilfarrar esfuerzos, tiempo y dinero en una cosa tan nimia como un nombre más o menos rimbombante.
Al final, y por contradictorio que sea, llamar “superinteligencia” a la inteligencia artificial me parece de todo menos inteligente. Y perder el tiempo en ello, todavía menos. Pero ya se sabe que los árboles impiden ver el bosque, y el bosque ya está bastante lleno de problemas como para que nos podamos permitir perderlo de vista.
Es una verdadera lástima que se desperdicie el tiempo en cosas que no tienen importancia, pero mientras nos distraen con una cosa, no nos damos cuenta de otras. Entre ellas, el descomunal ego del mandatario de pelo naranja e ideas de bombero. Con permiso de los bomberos, claro está.
Y es que no podemos tomar el nombre de la inteligencia en vano. Aunque sea súper.