Hasta ayer, prácticamente nadie sabíamos quién era Maricarmen, una mujer de 87 años, enferma, que vivía en su casa de Madrid desde hacía más de 70 años. Una mujer como podía ser nuestra madre, que afrontaba el último tramo de su vida con la sencilla pretensión de seguir viviendo en su casa, con los recuerdos de toda una vida haciéndole compañía. Una mujer que vivía de alquiler y que jamás había dejado de pagar la renta. En definitiva, una mujer como tantas otras en este país nuestro.

Pero Maricarmen ha tenido que dejar su casa a la fuerza. Ha tenido que empacar toda su vida en menos de una hora y dejar que se la lleven sabiendo que su casa nunca volverá a ser su casa, sintiendo, en sentido literal, que ya no tiene un sitio donde caerse muerta.

Cuando veía las imágenes de Maricarmen, no podía evitar acordarme de mi propia madre. Imagino que como mucha gente. Mi madre también vivía en un piso de alquiler, con una renta que un día fue la estipulada y luego se tornó antigua y que jamás dejó de pagar. Ella no tuvo la desdicha de Maricarmen, y nadie le echó de su casa hasta el fin de sus días.

Pero a mis hermanas y a mí, que vaciamos aquella casa que fue toda su vida, nos costó una inmensidad vaciar aquel universo que un día fue mi hogar. De hecho, hace más de un año y todavía se me escapan las lágrimas cuando paso por la puerta.

Maricarmen no ha tenido la fortuna que tuvo mi madre, y ha tenido que ver como un fondo buitre, que había adquirido la vivienda, le apretaba las tuercas hasta multiplicarle la renta en una cantidad que era imposible de asumir para ella.

Han hecho falta hasta cuatro intentos, que prolongaban a la vez la agonía y la esperanza de Maricarmen, pero finalmente no hemos sabido evitar lo que no era inevitable, por más que nos lo quisieran vender así.

Porque, si hubiera justicia, Maricarmen seguiría en su casa. Porque si la clase política se preocupara más de las personas y menos de sus enfrentamientos, habría una ley que protegiera a Maricarmen y a todas las Maricarmen del mundo. Y porque si la sociedad no hubiera mirado hacia otro lado, estas cosas no seguirían pasando.

Como decía ayer mismo un buen amigo, hoy es Maricarmen pero mañana podías ser tú, o yo, o nuestra hermana o nuestra madre. Y como dice otra de mis amigas, nos duele y nos escandaliza el desahucio de Maricarmen, que es un símbolo de la situación de muchas personas y de muchas familias.

No está de más recordar que nuestra Constitución garantiza el derecho a una vivienda digna, además de proteger la dignidad de las personas y los derechos que le son inherentes. Una Constitución con la que muchos y muchas se llenan la boca mientras vuelven la cara ante situaciones como la de Maricarmen.

Lo malo es que ella hoy es portada, pero probablemente mañana se nos haya olvidado, porque la actualidad llegará atropellando y cambiará su noticia por otra noticia más fresca. Y nos olvidaremos de Maricarmen como antes nos olvidamos de tantas otras. Hasta la siguiente.