No es la primera vez que cojo prestado el título de una canción para titular un artículo, pero nunca lo había hecho con dos. Nunca, hasta ahora, claro. Porque ante la duda entre una y otra he decidido echar mano de dos canciones de hace varias décadas, que una ya peina canas -aunque sea con tinte- y eso se nota.

Y es que una no sabe muy bien por dónde tirar. De una parte, parece que se impone emular al Dúo Dinámico y llorar porque el verano se acabó y, con él, las vacaciones.

Fin de los días de playa, de montaña o de viaje, fin de hacer aquello que no hemos podido hacer durante el resto del año y fin de todos esos propósitos que hicimos y no cumplimos.

No hemos hecho tanto deporte como pretendíamos, ni hemos leído tantos libros, ni acabado tantas cosas pendientes. Y ahora no nos queda otra que llorar por lo que se ha terminado.

Sin embargo, por otro lado, parece que es Julio Iglesias y su canto a la vida que sigue igual lo que se impone. Y es que, apenas ha acabado agosto y ya estamos en el lío, sin solución de continuidad y sin tiempo para haceros a la idea.

La vida política continúa siendo como un ring de boxeo, un cuadrilátero gigantesco donde los insultos campan a sus anchas y el odio echa raíces allá donde puede. Los jóvenes siguen sin encontrar vivienda, las mujeres siguen muriendo a manos de quienes más deberían quererlas y la corrupción sigue enseñándonos ejemplos a poco que abramos los ojos. Nada nuevo en la viña del señor.

Pero este viaje ha supuesto un peaje, un año más. Y un peaje nada barato, por cierto. Las altas temperaturas, la mano del hombre y alguna que otra cosa nos han costado muchos kilómetros de bosque, quemados sin remedio.

El machismo, por su parte, también se ha cobrado un altísimo precio, cifrado en un verano negro para la violencia de género, que hace que el número de víctimas mortales a estas alturas del año sea mucho más elevado que en años anteriores. Y eso, por no hablar del odio y la intolerancia, que crecen como si no hubiera un mañana.

Y, allende nuestras fronteras, los más de cincuenta conflictos bélicos que había, continúan vivos, aunque parezca que solo exista Ucrania, Irán o Gaza, que tampoco ven la paz en su horizonte.

Mientras tanto, el planeta Tierra no se ha privado de recordarnos que sigue enfadado por todo lo que hemos hecho con él, y nos lo recuerda en forma de terremotos, de inundaciones, de lluvias torrenciales o de sequías implacables. Aunque haya quienes siguen empecinados en negar el cambio climático.

Eso sí, hemos tenido un eclipse de sol, Un señor eclipse, si tenemos en cuenta la expectación, la repercusión y las horas que les han dedicado los medios de comunicación. Un evento de esos de los que el día de mañana podremos hablar a nuestras nietas y nuestros nietos, si es que los tenemos.

Y no fue el sol la única estrella que adquirió protagonismo, que también hubo otra, la segunda estrella que nos acredita como bicampeones mundiales de fútbol, ahí es nada.

Pero esto es lo que hay. El verano climatológico ya ha terminado y, aunque en el calendario aún quedan días para la llegada del otoño, se supone que cerramos capítulo. Y eso a pesar de que la enésima ola de calor está dispuesta a seguir dándonos sorpresas. Esperemos que sean de las nuevas, y no de las desagradables.

En cualquier caso, feliz 'reentré'. Nos guste o no, ha llegado el final de verano, pero la vida sigue igual. A ver si la podemos pintar, con Diego Torres, color esperanza.