Hay cosas que son típicas del verano, y se repiten un año tras otro. Playas, piscinas, turismo, el Gran Prix o el posado robado de la Obregón, sin ir más lejos. Sabemos que van a llegar, y nos resignamos a vivirlas de la mejor manera posible, cuando no a ignorarlas directamente.

Pero hay otras cosas mucho más serias que no debieran recibir la misma indiferencia o, cuanto menos, resignación. Me refiero a los incendios forestales que, aunque existen desde siempre, cada día son peores y tienen efectos más devastadores.

Todavía queda en alguna carretera española aquella señal de tráfico que cuando yo era pequeña se veía tanto. Una especie de arbolito con una cerilla prendida debajo, y la consiguiente advertencia de peligro. Todo un símbolo porque, del mismo modo que hoy casi nadie usa cerillas -hay niños y niñas que ni siquiera saben qué son-, seguimos haciendo a aquellas advertencias mucho menos caso del que deberíamos.

No es la primera vez que escribo sobre ello, desde luego. Y, aunque me gustaría pensar que es la última, mucho me temo que no va a ser así y si lo fuera, sería porque yo tiraría la toalla y no porque la causa dejara de existir. Ojalá me equivocara, pero es lo que hay.

Aún quedan semanas para acabar el verano, y el balance de bosques quemados es desasosegante, una verdadera tragedia para la zona y para el mundo, para la economía y para la ecología, para el planeta Tierra y para el ser humano.

¿Exagero? Ya me gustaría a mí que así fuera, pero no hay más que echar un vistazo a las noticias de nuestro país y también a las noticias de allende nuestras fronteras para daros cuenta de que la dimensión del problema va mucho más allá de que nos quedemos sin uno o varios parajes más o menos bonitos.

Estamos dejando a la Tierra sin pulmones con los que respirar, y sin ello la matamos poco a poco. Y, obviamente si matamos nuestro hábitat, también matamos poco a poco a los seres humanos, aunque ni siquiera nos demos cuenta.

Incendios forestales ha habido siempre, desde luego, pero los de ahora son distintos y mucho peores, hasta el punto de que en muchas ocasiones se habla de incendios incontrolables.

De hecho, hasta hace poco tiempo nadie sabía qué era "perimetrar" o palabros parecidos. En el pasado los incendios se apagaban, sin más. Pero ahora hay que empezar por controlarlos porque se han vuelto mucho más difíciles.

¿Y por qué ocurre esto cada verano? Pues ya me gustaría a mí tener la respuesta, porque tendría el principio de la solución al problema, pero de eso nada.

Está, como siempre, el factor humano, que puede venir de una simple pero imperdonable imprudencia o de una acción deliberada todavía más imperdonable. Pero hoy todo viene incrementado por una circunstancia que no se puede obviar, aunque muchos lo pretendan: el cambio climático.

Pero no nos podemos resignar sin más a que haya incendios. La clave está, por más que parezca una perogrullada, en prevenir. Y eso es algo de lo que se habla en todos los veranos y se olvida todos los inviernos.

La clave está en buscar soluciones y no en buscar culpables y, desde luego, en tratarlo como una emergencia social de primer orden y no como un motivo más para el enfrentamiento político.

Deseo de todo corazón que esta fuera la última vez que tuviera que hablar del tema, pero sé que no es así, por desgracia. Y eso que nos jugamos mucho, nada más y nada menos que nuestro futuro.