El Papa León XIV, fotografiado en un acto. Cecilia Fabiano/LaPresse
El látigo amable de la Inteligencia Artificial
La advertencia de Magnifica Humanitas ante una tecnología que promete liberarnos del esfuerzo, mientras puede adormecer la conciencia, debilitar el encuentro humano y convertir la comodidad en obediencia.
En uno de los cuentos de los hermanos Grimm, un gigante y un sastrecillo deciden medir sus fuerzas. El gigante toma una piedra y la lanza tan alto que tarda mucho tiempo en caer. Su poder es formidable; la piedra asciende hasta casi desaparecer y, durante unos instantes, parece haber vencido a la gravedad.
El sastrecillo, sin embargo, no recoge otra piedra. Mete la mano en su bolsillo y suelta un pájaro. El pájaro emprende el vuelo y no vuelve. El gigante había probado su fuerza; el sastrecillo había revelado su inteligencia. Lo que no tiene alas, por muy alto que sea capaz de elevarse, acaba siempre por caer.
Acaso sea esa la imagen más precisa para acercarnos a la inteligencia artificial y al llamamiento de Magnifica Humanitas. Vivimos fascinados por la altura que alcanza la piedra: sistemas que responden en segundos, que producen imágenes, escritos, diagnósticos, traducciones, cálculos y soluciones con una potencia inimaginable hace apenas unos años.
Sería absurdo negar el bien que estas herramientas pueden aportar, su capacidad para aliviar tareas ingratas, ampliar posibilidades educativas, asistir a la medicina o liberar tiempo humano. Pero la admiración por su potencia no puede llevarnos a confundir el impulso con el vuelo, la respuesta con el pensamiento, la simulación de la palabra con una conciencia capaz de responder ante el otro.
La cuestión no es si la inteligencia artificial es poderosa. Lo es. La cuestión es si nosotros conservaremos aquello que ninguna potencia técnica puede procurarnos: la libertad interior, la responsabilidad, el juicio moral, el silencio del que nace una decisión propia y la capacidad de reconocer en el otro algo más que un dato, una utilidad o una demanda que resolver.
Porque la tecnología no llega a una sociedad inocente. Llega a un mundo ya cansado, ya urgido, ya acostumbrado a convertir la existencia en rendimiento. Byung-Chul Han lo describe, tratando el pensamiento de Simone Weil: en la sociedad neoliberal del rendimiento, el esclavo y el amo confluyen en la misma persona.
El hombre cree que ya no está sometido a una voluntad ajena, que es libre, auténtico y creativo, pero en realidad es su propio esclavo. Es ese esclavo kafkiano que le arrebata el látigo al amo y se azota a sí mismo para ser libre.
La inteligencia artificial corre el riesgo de convertirse en el látigo amable de nuestro tiempo. No será un instrumento impuesto desde fuera, bajo amenaza o castigo. Nos será ofrecida como alivio, como rapidez, como ayuda, como voz siempre disponible.
Primero nos asistirá; después podremos acabar consultándola antes de escribir, de elegir, de leer, de comprender, incluso de sentir con claridad qué pensamos. Nos evitará la dificultad de formular una idea y, lentamente, puede convencernos de que la dificultad carecía de valor.
Nos ahorrará el tiempo del discernimiento y terminará presentándonos ese tiempo como una torpeza, como una demora improductiva, como una imperfección que deberíamos eliminar.
Ahí se encuentra la nueva servidumbre: no en obedecer a una máquina que nos da órdenes, sino en entregarnos a ella con gratitud, delegándole cada vez más zonas de nuestra intimidad y de nuestra voluntad.
Quien pregunta siempre a una inteligencia artificial no se somete necesariamente a una respuesta concreta; puede acabar sometiéndose a la necesidad de recibir respuesta. Y una conciencia acostumbrada a no demorarse, a no dudar, a no atravesar el esfuerzo de pensar, se vuelve dócil antes incluso de que alguien pretenda dominarla.
Dignidad humana
El riesgo se hace más profundo cuando la máquina no solo resuelve, sino que acompaña; cuando aprende el lenguaje del consuelo, reproduce el tono de la comprensión y ofrece una conversación sin asperezas, sin esperas, sin decepciones.
Puede resultar útil, incluso valioso, que una herramienta formule palabras cuidadosas. Pero no hay allí un rostro, ni una herida, ni una promesa, ni una obligación moral. La máquina puede decir “te entiendo”; no puede ser alcanzada por nuestro dolor. Puede ordenar las palabras del cuidado; no puede cuidar.
Lévinas nos dejó una intuición inquietante: la del existir sin existentes, un ser anónimo, impersonal, sin rostro que nos convoque y nos saque de nosotros mismos. Hay algo de ese desierto en un mundo poblado de palabras sin interioridad, imágenes sin experiencia, respuestas sin responsabilidad y presencias que no están verdaderamente presentes.
Todo puede parecer cercano, fluido, inteligente; y, sin embargo, la conciencia puede ir quedándose dormida, deshabituada del encuentro real, de la paciencia que exige otra persona, del límite que introduce una voz distinta de la nuestra.
Por eso tiene tanta importancia la advertencia del Papa en Magnifica Humanitas. No porque condene la inteligencia artificial, ni porque se refugie en una nostalgia incapaz de reconocer los frutos de la ciencia, sino porque recuerda que el progreso técnico solo merece llamarse progreso cuando sirve a la dignidad humana.
La máquina puede calcular, asistir, predecir, organizar y producir; pero no puede asumir la responsabilidad moral de lo que hacemos con ella, ni decidir qué vida merece ser protegida, qué fragilidad debe ser acogida o qué límite no debemos cruzar. El ser humano no vale por su rendimiento, por su utilidad, por su adaptación a los sistemas o por la velocidad de sus respuestas. Vale antes de todo cálculo.
La espiritualidad se vuelve entonces algo muy distinto de un adorno piadoso colocado al margen de la modernidad. Es una forma radical de libertad. Espiritual es quien todavía puede guardar silencio en una economía que mercantiliza su atención; quien no convierte cada minuto en producción; quien acepta que el dolor, la lentitud, la dependencia y la fragilidad no son errores técnicos; quien mira a otra persona sin reducirla a perfil, rendimiento u oportunidad.
Espiritualidad es conservar un lugar interior que no pueda ser ocupado por la lógica de la optimización.
No necesitamos menos inteligencia artificial por principio; necesitamos más humanidad para gobernarla. Que nos ayude a curar, pero no nos enseñe a descartar al débil. Que facilite el trabajo, pero no convierta cada jornada en una carrera interminable contra la máquina y contra nosotros mismos. Que amplíe el conocimiento, pero no nos dispense de buscar la verdad. Que ordene información, pero no suplante la conciencia. Que nos dé instrumentos, pero no nos robe las alas.
El gigante seguirá arrojando piedras cada vez más alto. Nos impresionará su altura, su velocidad, la precisión de su trayectoria. Pero una civilización no se salva por lanzar más lejos aquello que inevitablemente cae. Solo permanece en pie cuando recuerda que la verdadera grandeza del hombre no reside en alcanzar más poder, sino en no entregar aquello que lo hace humano: la conciencia, la compasión, la responsabilidad, la apertura a Dios y el rostro irrepetible del otro.
*José Rutilio Domingo Monforte es abogado del despacho Domingo Monforte