Hola. Les saludo porque, reconozco, les he tenido abandonados. He venido descansando las últimas semanas y, en el descanso, encuentra uno posiciones y reflexiones en las que enrocarse. Bien por confirmación del dogma o, como ha sucedido en esta ocasión, por afirmación en la observación.
Existe en este presente un involuntario y masivo experimento de neurociencia, observable ahora mismo en las librerías españolas. ¿Los resultados? Devastadores.
Si queremos medir el daño real que las pantallas, el scroll infinito y las redes sociales han infligido a nuestra corteza cerebral, no hace falta hacer escáneres médicos; basta con hojear la sección de poesía.
Hemos encumbrado a la cima de las listas de ventas una atrocidad literaria que podríamos bautizar como ‘Poesía de Servilleta’.
Libros firmados por cantautores melancólicos y estrellas de Instagram donde la sintaxis ha sido aniquilada en favor de la inmediatez. Textitos que son, en esencia, tuits impresos con saltos de línea aleatorios para fingir ritmo poético.
La industria editorial se ha rendido incondicionalmente al déficit de atención. Ojo, que no merecen reproche alguno. Son empresas y, como tal, su objetivo último es ganar dinero.
Saben que el lector medio ya no tiene la paciencia necesaria para desentrañar una metáfora compleja, para masticar el lenguaje o para dejarse herir por una estrofa que exija pensar más de doce segundos.
Así que le ofrecen el equivalente literario a la comida rápida: frases de azucarillo, filosofía barata de taza de desayuno disfrazada de angustia indie. Y, como tal, en la mayoría de los casos: apócrifa.
Me miraste. / Y yo sentí. / Que el mundo. / Era menos mundo. Fin del poema. Cien mil copias vendidas.
Nos vendieron que las redes sociales democratizarían la cultura, pero lo que han democratizado es la simpleza. Al eliminar el esfuerzo de la ecuación lectora, hemos matado la pausa.
Ya no leemos poesía para descubrir la condición humana, ni para explorar los abismos del lenguaje. Leemos para encontrar una frase pegadiza, hacerle una foto con el móvil y subirla a stories para demostrarle a nuestros seguidores que tenemos sensibilidad.
Hemos matado la filosofía, el amor, la reflexión que encierran los mejores versos. Es el triunfo absoluto del envoltorio sobre la carne a manos de la estética de los quince segundos.