Se acerca el 8 de marzo y en una fecha así no podía dejar de dedicar mi artículo a las mujeres y a la lucha por conseguir los derechos que todavía nos son esquivos. Es lo que toca, aunque debería tocar todos los días del año.

Llegada a ese punto, tendría que haber buscado alguna noticia que sirviera para ilustrar mis pretensiones reivindicativas, pero la actualidad me ha ahorrado el trabajo, dándome una bofetada de realidad en plena cara. Ya me gustaría a mí que no hubiera sido así, pero es lo que hay.

Hace apenas unos días nos desayunábamos con el ataque israelí a una escuela de niñas en Irán, con una cifra de niñas muertas que, aun no concretada, ronda el centenar.

Podríamos pensar que es uno más de los actos terribles que están amenazando la paz en todo el mundo, y en esa zona en particular, y que les ha tocado a esas niñas como le podía haber tocado a cualquiera, pero no es casualidad que siempre caigan los ataques al mismo lado.

Nada ni nadie puede justificar un atentado de esta índole. Las niñas que estudian -lo poco que les dejan estudiar- en una escuela no son un peligro inmediato para nadie, no fabrican explosivos, ni disparan armas ni van a fabricar armas atómicas ni químicas. Pero son un blanco fácil por lo vulnerable, y el daño que se causa con ello es tremendo.

Tampoco es, por desgracia, la primera vez que se ataca a mujeres o niñas que intentan estudiar. Lo vimos con aquel secuestro de niñas de una escuela por Bokho Haram que tuvo una enorme repercusión en su día y a las que acabamos olvidando, como tantas veces ocurre.

Aunque, si hay un caso paradigmático de ataque a una niña que solo quería estudiar es el de Malala, aquella niña, que fue atacada porque cometió el terrible delito de querer ir a la escuela.

Malala, por fortuna, acaba salvando la vida que estuvo a punto de perder, y se convirtió en un símbolo, en una mujer que encabeza la lucha de tantas otras por tener derecho a la educación, entre otros muchos derechos que les son sistemáticamente negados.

Podríamos citar muchos más casos de lugares donde las mujeres son privadas de lo más esencial. Pero entre todos estos casos, duele especialmente el de Afganistán, en donde a las mujeres se les ha ido privando de todo.

No pueden ir de un lado a otro si no es envueltas en una cárcel de tela y acompañadas de un hombre, no pueden hablar en voz alta, ni cantar, ni reír, y ni siquiera pueden tener una ventana donde se vea el exterior.

Y, por supuesto, no pueden estudiar, no vaya a ser que alguna de ella consiga tener opinión propia y haga algo por liberarse y liberar a sus compañeras del yugo al que están sujetas.

Todos estos atentados contra las mujeres no son casuales. Y convertir en dianas las escuelas donde estudian, tampoco.

Porque, como dijo en su día Mandela, la educación es el arma más poderosa que podemos usar para cambiar el mundo.

Por eso, no basta con prohibir, reprimir, castigar y hasta matar, hay que eliminar toda posibilidad de reacción contra la opresión.

Por eso la ignorancia se convierte en el objetivo, por eso se condena y ejecuta a todas las que tratan de rebelarse, aunque sea con una canción, con un gesto, con un movimiento de melena o con una prenda de ropa. Vivimos tiempos difíciles para todos, pero para las mujeres siempre lo son más.

Simone de Beauvoir decía que “Bastará una crisis política, religiosa o económica para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados”, y tenía toda la razón del mundo, entonces y ahora.

Por eso, no podemos responder de otro modo que con una reacción clara y contundente. Porque “mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”, como defendió Galeano y deberíamos recordar cada día. ¿A qué esperamos?