Todo el mundo hemos tenido una madre o una abuela -o ambas- que nos iniciaron en nuestra relación con la fruta.

Primero, haciéndonos las papillas cuando no había potitos, luego, obligándonos a tomarla cuando no queríamos y, sobre todo, haciendo esos zumos que había que tomarse enseguida porque de lo contrario se le irían las vitaminas, una leyenda urbana -¿o no?- largamente sostenida.

Generalmente, esas mismas madres -o abuelas- eran las que vigilaban la corrección de nuestro vocabulario advirtiéndonos amablemente que, si de nuestra boca salía una palabra malsonante, sería inmediatamente lavada con estropajo y lejía.

La verdad es que no conozco ninguna madre que cumpliera esta amenaza, pero algunas hacían incluso cosas peores.

Mi madre, sin ir más lejos, castigaba a mis hermanos si algún amigo suyo venía a casa y decía alguna palabrota, y lo hacía con un castigo de lo más sofisticado: mi hermana o hermano quedaba obligado a ver como jugaban, pero no podía intervenir en el juego.

Y por más que protestaran diciendo que no habían sido ellos sino su amigo, hacía su particular interpretación de la culpa invigilando haciéndoles responder por el malhablado.

Lo que no imaginaba mi madre ni ninguna de las madres de entonces era que llegaría un día que en que las palabras gruesas estarán a la orden del día incluso en parlamentos y organismos públicos.

Y muchísimo menos podrían imaginar que el insulto por antonomasia, ese que se refiere a la madre del insultado, se convertiría en un chascarrillo relacionado con la fruta, esa fruta que nos obligaban a tomar o con la que nos hacían el zumo de las vitaminas huidizas.

Todo eso se me venía a la cabeza cuando el otro día se escuchaba el insulto que se refiere a las madres en un mitin en el que intervenía el presidente del Gobierno, proferido por una política del partido contrario que nadie sabe muy bien qué hacía en ese acto.

Pero esa es otra cuestión que deberá solventarse -o no- en la instancia correspondiente. Lo grave de esto, a mi entender, es la normalización del insulto como parte de la vida política. Y no de cualquier insulto, sino de una ofensa machista por antonomasia, porque si se quiere insultar a alguien no hay por qué meterse con su madre, que a las madres hay que dejarlas tranquilas.

Y menos aún para adjudicarle un epíteto más bien casposo porque va referido al viejo concepto de honestidad, a una honestidad que se exigía a las mujeres, pero no a los hombres.

No sé si el desafortunado chascarrillo de la fruta ha tenido que ver con esa normalización del insulto, o fue al contrario, que al estar tan normalizado no se dio importancia a algo que debería tenerla, pero, sea como sea, no es gracioso, venga de donde venga y se dirija a quien se dirija.

Y es que el insulto es el argumento de quienes carecen de argumentos, y precisamente eso es lo que me preocupa, que los políticos y políticas de hoy en día tengan tan pocos argumentos que hayan de recurrir al exabrupto y a la palabra malsonante hasta el punto de que, si alguna de esas madres o abuelas de antaño apareciera, a buen seguro que se pondría las botas a base de lavar bocas con estropajo y lejía.

Y no quiero ni pensar en si fuera mi madre la que apareciera, que no daría abasto para castigos, aunque dudo que quedara alguien a quien poder ver jugando.

Luego se preguntarán por qué la profesión de político es la más denostada, cuando debería ser la mejor considerada por dedicarse a tratar de procurar bien común.

Y es que la educación que se les supone parece haberse escapado en muchos casos -no generalizaré, por las moscas- como las vitaminas del zumo de nuestras madres. Seguro que ellas sí podrían responderles a esa pregunta.