La mentira. La mentira como excusa. El cambio de opinión. Y la filfa. Y la manida excusa de que yo no quise decir eso que dije. El patetismo, al fin y al cabo.

Es verdaderamente triste pensar en cómo era el mundo hace 100 años y ver que, en realidad, lo único que ha cambiado es el oropel. El oropel vacuo, además. Esa miserable pátina de creciente admiración por lo inservible pero ruidoso.

Sí, otra vez este señor hablando de libros viejos para orientar y dar sentido en esta época de molicie. Pero esta vez no me iré tan lejos. Solo a unos versos de 1939, escritos en la calle 52 de una Nueva York dudosa por un escritor que tenía más miedo que certezas.

Sin embargo, una de esas certezas era que la culpa de todo la tiene Yoko Ono. Permítanme presentarles a Wystan Hugh Auden.

Criado en una familia de anglicanos protocatólicos y médicos, descubrió pronto que quería escribir leyendo a Tolkien, que es algo que debió pasarles a todos los niños de la época. Y a los que nacimos más tarde.

Después de ayudar al bando republicano en la Guerra Civil española, marchó a Estados Unidos y allí escribió estos versos, envasado en un local donde, a buen seguro, servían bourbon.

"Sentado en un bar de mala muerte incierto y asustado mientras expiran las esperanzas inteligentes de una década baja y deshonesta: Olas de ira y miedo circulan sobre las tierras brillantes y oscurecidas de la tierra[…]. El exiliado Tucídides sabía todo lo que un discurso puede decir sobre la democracia, y lo que hacen los dictadores, la vieja basura que hablan a una tumba apática. Analizó todo en su libro, la ilustración expulsada, el dolor que crea hábito, la mala gestión y el duelo: Debemos sufrirlos todos otra vez[…]. Y la mentira de la Autoridad cuyos edificios manosean el cielo: No existe tal cosa como el Estado y nadie existe solo; el hambre no permite elección ni al ciudadano ni a la policía; Debemos amarnos los unos a los otros o morir".

¿Ven? Nada ha cambiado, salvo el dosel en el que las autoridades creen acostar al pueblo. Hace casi 100 un poeta inglés naturalizado estadounidense con vida en Berlín y España era capaz de hacer ese diagnóstico.

El problema, ya entonces, no era solo la incompetencia. Era la basura retórica que los líderes vierten sobre una sociedad indefensa ante la noche.

100 años después, y los locos están más locos. Los malos son más malos. Y a los buenos ya no nos queda ni la literatura, llena de lugares comunes y más libros que perros, y más perros que niños.

Mientras, la esperanza se desgasta como el crédito de los fondos europeos. Menos mal que nos queda, como a Auden, Tucídides.