No descubro nada nuevo si digo que estos días hemos pasado un frío de los que congelan hasta las ideas. Y no es cosa mía, sino algo científicamente demostrado.
Una ola de frío polar ha barrido nuestro país dejando paisajes nevados propios de postal y un helor de los que quita el sentido. Por supuesto, en unos lugares más que en otros, pero en todas partes hemos podido sentir el frío. Un frío invernal elevado a la máxima potencia.
Pero, mientras paseaba abrigada con mi plumífero, mis guantes, mi bufanda y todo lo que pudiera aplacar el frío, he continuado viendo esa estampa urbana a la que, por desgracia, miramos sin ver, no sé si por costumbre, por vergüenza o por una mezcla de ambas.
Porque, por más que el frío arrecie, hay personas que pernoctan en cajeros automáticos o en cualquier hueco a cubierto donde puedan colocar sus escasos enseres. Y eso los que encuentran un espacio mínimamente techado, que algunos ni eso. Aunque no queramos verlo.
Por otro lado, están todas esas personas que, aun teniendo un techo, por paupérrimo o precario que sea, no tienen modo de calentarse cuando las temperaturas congelan hasta la sangre.
Es la denominada pobreza energética de quienes no se pueden permitir pagar los suministros necesarios para la calefacción, o la de quienes ni siquiera tienen una calefacción a la que suministrar nada.
Algo mucho más frecuente de lo que podemos o queremos creer. Y es que el acceso a la vivienda es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo, pero, por desgracia, con tener un techo no basta.
Y lo que es realmente triste y preocupante es constatar que el concepto de pobreza ha cambiado y no tiene vuelta atrás. Antes considerábamos que eran pobres aquellas personas que, por no tener bienes ni trabajo con que obtenerlos, se veían obligados a vivir en condiciones precarias.
Pero hoy en día es cada vez más frecuente que personas que tienen un trabajo se encuentren, pese a ello, en el umbral de la pobreza. Y esto, que es grave en cualquier caso, se vuelve especialmente hiriente cuando se trata de niños o niñas cuyos padres no tienen lo suficiente para proporcionarles una vida con unas mínimas condiciones.
Ya ha pasado la Navidad, ese tiempo de solidaridad, real o fingida, donde todo el mundo parece dispuesto a hacer algo bueno por sus semejantes. Y hemos tardado en olvidar todos estos buenos propósitos menos de lo que tardamos en quitar los adornos navideños. Como si solo las Navidades fueran el tiempo de ayudar a quien lo necesita, y las necesidades desaparecieran al mismo tiempo que el espumillón y las bolas de colores.
Nos hace falta un ejercicio de empatía. Y bastaría con imaginar por un momento cómo nos sentiríamos si no tuviéramos modo de combatir el frío y el hambre, si no pudiéramos proporcionar a nuestras hijas e hijos un techo donde cobijarse o una estufa con la que calentarse. Especialmente en estos días en que el clima se pone duro.
Y es que la solidaridad navideña está muy bien, sin duda. Pero la verdadera solidaridad es la que existe todo el año. Pensémoslo la próxima vez que veamos a alguien dormir en la calle. Igual si nos atrevemos a mirarlo a los ojos, las cosas cambian. O deberían cambiar.