Que personas con actitud de “meninfot”, que lo mismo les da que les da lo mismo, existen, es un dato innegable; pero, aquí y en Lima, no nos equivoquemos, que, en aquello de la dejadez, como en casi todo lo que envuelve al gesto del ser humano, no tenemos el monopolio.
Eso sí, no cabe más que la negación rotunda y absoluta cuando, puestos a generalizar, se sostiene, no sin malsano interés, que los valencianos pertenecemos a una especie de cultura creada en torno al meninfotisme, que lo único que hace es boicotear todas y cada una de las acciones que lejos de detonar indiferencia rezuman resolución.
Porque si algo identifica al pueblo valenciano, entre la multitud de virtudes que aquí nos encontramos sin espacio suficiente para enumerar, es la disposición para enfrentarse a cualquier reto, máxime si lleva etiqueta de determinación económica.
De sobra es conocida la trayectoria comercial de los valencianos con, desde antaño, notable prestigio en el campo de la exportación, la apertura de nuevas vías de negocio para la expansión y el crecimiento, saltando o bordeando según qué tipo de obstáculos inundaban, y lo siguen haciendo, el camino, nunca fácil, del emprendimiento en cualquiera de sus versiones.
El Español, periódico en el que tengo el privilegio de unas líneas cada semana, organiza elIV FORO ECONÓMICO VALENCIANO, en esta su ya cuarta entrega, donde vuelve a unir a referentes en el mundo de la economía valenciana, y lo hace junto a los altos cargos de la administración pública que deben impulsar con sus acciones políticas el futuro de la Comunitat Valenciana.
Lo público y lo privado siempre actuando en convergencia para conseguir un fin común que es la prosperidad para el territorio, siendo la creación de empresas y la generación de puestos de trabajo a cargo del sector empresarial, y la formulación impositiva de carga fiscal más óptima para propiciar el desarrollo a lomos del sector público; para, en definitiva, obtener principalmente dos resultados: por una parte, la atracción hacia la inversión y el talento; y, por otra, más posibles que poder revertir en políticas sociales y servicios públicos de los que todos, y, especialmente los más vulnerables, resulten beneficiados.
La negación de la necesidad de aunar esfuerzos es tan perjudicial como el reproche constante a cualquier otro tipo de negacionismo frente a evidencias palpables.
El orgullo de pertenencia sí que es la seña de identidad del pueblo valenciano, sostenido por el trabajo constante y el esfuerzo, con ello, por supuesto, bien pudiera ser nuestro lema el de: “persistir, resistir y nunca desistir”.