Benjamín Prado

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Cultura

La ley de Azcona según Benjamín Prado: "No le cuentes tus penas a los amigos, que les divierta su puta madre"

Frente a la epidemia literaria del trauma y el exhibicionismo íntimo, el poeta publica sus memorias como un ejercicio de vitalidad.

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Valencia
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El mercado literario actual sufre una epidemia de exhibicionismo patológico. Abrir una autobiografía hoy en día es arriesgarse a que el autor de turno te vomite sus traumas infantiles, su último divorcio, sus ansiedades no resueltas y hasta la receta de la mermelada de su abuela. Se ha puesto de moda confundir la literatura con el diván del psiquiatra, cobrando la sesión a veinte euros la tapa dura. Benjamín Prado, afortunadamente, detesta esa literatura de confesionario barato.

Al sentarse a escribir Qué estoy haciendo aquí (Alfaguara, 2026), su esperadísimo libro de memorias, el poeta y novelista madrileño decidió aplicar a rajatabla una máxima brutal, lúcida y escandalosamente brillante del legendario guionista Rafael Azcona: "No le cuentes tus penas a los amigos, que les divierta su puta madre".

Cuando me siento frente a él y le pregunto cuánto porcentaje de su vida real ha dejado fuera de estas páginas, su respuesta es una lección magistral de higiene narrativa.

"Me he dejado fuera todo aquello que no me resultaba agradable de recordar y, sobre todo, todo aquello que pensé que le resultaría irrelevante a la gente. A mí las memorias solo me interesan a partir del momento en que el tío es Kafka. Lo demás, la tía Maricarmen que hacía una mermelada de fresas estupenda... no me provoca gran interés".

Para escribir sobre uno mismo, lo primero que hay que hacer es matar al personaje que te da de comer. Por eso, Prado ha tenido que dejar aparcado a Juan Urbano, su célebre detective y alter ego de ficción. "Juan Urbano y yo no somos la misma persona. Yo no le veo ni la misma cara", advierte. "Para unas memorias uno tiene que cambiar de registro, cambiar de voz. He contado mi vida no como si yo fuera el protagonista, sino el coprotagonista".

Prado no escribe para darse importancia ni para purgar culpas. Él prefiere la perplejidad del eterno intruso. De hecho, confiesa que el título del libro no es un alarde de falsa humildad, sino pura estupefacción ante su propia biografía.

"Me ocurre esta cosa que me caracteriza: estar todo el rato sacando los pies del tiesto, metiéndome donde no me llaman, colándome en las bodas sin ser amigo ni del novio ni de la novia". Actor eventual, letrista de Sabina, tertuliano kamikaze... Prado mira hacia atrás y se pregunta cómo demonios llegó hasta allí.

Y mirar hacia atrás, amigo lector, es un deporte de riesgo. La memoria es una editora tramposa, y Prado, consciente de ello, confiesa haber recurrido a la tecnología para no caer en lo que él llama el 'efecto Mandela'.

El momento en el que me lo cuenta es, sencillamente, oro puro: "Yo le pregunté hasta la fecha de mi segunda boda al ChatGPT. Tienes que tener cuidado con esas anécdotas de hace cuarenta años, que las has contado mil veces en grupo y ya no sabes si tú estabas allí o te la han contado. Preguntas a los amigos: 'Oye, ¿yo estaba allí el día que tal?'. Y unos dicen que sí, y otros que no".

Pero si algo vertebra este libro es su condición de eslabón perdido. Prado es uno de los últimos herederos directos de la Generación del 27. Bebió, charló y aprendió de Rafael Alberti, de Rosa Chacel, de una María Teresa León devorada por el Alzheimer y de María Zambrano. "Entendía que era algo natural pensar que cuando fuera mayor escribiría también mi historia. Si alguien quiere leer este libro como la continuación de algunas de las memorias de ellos, también se podría".

Es inevitable preguntarle, entonces, cómo observa este hombre curtido entre los gigantes de plata la actual trinchera digital, plagada de ruido y de poetas de 280 caracteres. Lejos de ponerse estupendo o apocalíptico, Prado exhibe una tolerancia envidiable.

"Los poetas de Twitter tienen exactamente la misma ilusión que tenían los del 27 cuando hacían sus gamberradas creacionistas o ultraístas. El tiempo pone a cada uno en su sitio. Si ves la foto fundacional del 27, a la mitad los conoces y la otra mitad pasaron sin pena ni gloria".

Sin embargo, donde Prado sí saca el cuchillo es en la pereza intelectual de nuestra época. Antes, la literatura era una fascinante excavación arqueológica. "La cultura global era un viaje hacia atrás", me explica, gesticulando. "Si te gustaba Lorca, ibas a ver cómo lo hacía Alberti o Cernuda. Ibas retrocediendo". Hoy, en cambio, hemos claudicado ante la inmediatez.

"En esta era del titular y del input, la gente se conforma con una visión muy parcial. Y si hay una cosa que se le nota a un escritor, son las lecturas. Ves rápido quién se cree que está descubriendo el Mediterráneo y quién tiene un sustento detrás".

Terminamos la charla. Prado tiene casi 65 años y Qué estoy haciendo aquí lleva unas cuantas ediciones, algo inaudito para unas memorias en este país desmemoriado. Pero detrás de su ironía a prueba de bombas y su negativa a ponerse solemne, asoma el vértigo del reloj.

Le pregunto, para cerrar, qué demonios está haciendo aquí y ahora. La sonrisa se le afloja un milímetro, lo justo para dejar ver al escritor frente al abismo del papel en blanco.

"Intentar ganarle tiempo al tiempo. Tenía un proyecto que era hacer 10 novelas de Juan Urbano. Llevo siete, me quedan tres. Empiezo a mirar con preocupación la cuenta atrás en la que estoy metido y no sé si me dará tiempo. Vi a Almudena (Grandes) sufrir tanto por no acabar sus episodios en la guerra interminable, que me provoca una cierta congoja".

Y ahí lo tienen. Benjamín Prado, el intruso profesional, el amigo divertido que se niega a contarnos sus penas, corriendo contra el reloj para poder terminar su obra antes de que se apaguen las luces. Qué suerte tenemos de que, mientras tanto, nos haya dejado subirnos a su barco para disfrutar del viaje.