Leticia Bardagí.

Leticia Bardagí. Aitor Pilán

Cultura

El vikingo de Malasaña y la dictadura de la estética

Leticia Bardagí, ganadora de los Premios Ciudad de las Damas, reflexiona sobre la cultura y el consumo de símbolos históricos.

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Valencia
Publicada

Paseen cualquier sábado por la tarde por Malasaña, Ruzafa o el Born. Observen con detenimiento la fauna autóctona. No tardarán en cruzarse con él: el espécimen contemporáneo que se cree la reencarnación de Ragnar Lothbrok.

Luce un corte de pelo degradado milimétrico de barbería de veinte euros, una barba perfilada con aceites esenciales de bergamota y los brazos atestados de tatuajes tribales y runas de las que desconoce absolutamente todo.

Bebe cerveza artesanal IPAs de triple lúpulo y, en su cabeza, está a punto de saquear el monasterio de Lindisfarne. En la realidad, le da un ataque de ansiedad si se cae el wifi de la cafetería.

Hemos convertido a uno de los pueblos más brutales, complejos y fascinantes de la historia europea en un triste accesorio de moda hipster. La dictadura de la estética contemporánea, esa trituradora que vacía de significado todo lo que toca para convertirlo en un escaparate de Instagram, ha fagocitado a la cultura nórdica.

Para someter a diagnóstico esta epidemia de ignorancia orgullosa, me senté a charlar con Leticia Bardagí. Leticia, que acaba de ganar los Premios Ciudad de las Damas y que sabe más de mitología vikinga que todos los guionistas de Hollywood juntos, se enfrenta a diario a las consecuencias de este secuestro cultural. Y su diagnóstico es claro: nos hemos tragado el anzuelo del show business hasta el fondo del estómago.

El gran culpable de esta lobotomía histórica colectiva tiene nombre y apellidos, y cotiza en el NASDAQ. Cuando le pregunto a Leticia por el daño que han hecho las plataformas de streaming al devaluar la realidad nórdica en favor del espectáculo, su respuesta no deja prisioneros.

"Hay que cogerlo con pinzas porque sí que es cierto que hay buenas series", concede con benevolencia, admitiendo que ella misma disfruta de producciones como Vikingos o The Last Kingdom. Pero rápidamente saca el bisturí: "Aunque sí quedan algunos datos históricos o curiosidades que, según nos han llegado en las crónicas, fueron reales, hay muchas que tergiversan lo que ocurrió y la gente lo toma por bueno".

Ahí reside el drama de nuestra era. Hemos sustituido el rigor de la biblioteca por la comodidad del sofá. Hemos elevado la ficción televisiva a la categoría de documento histórico irrebatible.

"Yo siempre suelo decir que quien vea ese tipo de contenido lo que tiene que hacer es disfrutar, no tomarlo como un ensayo histórico", sentencia Leticia, mandando a pastar a los eruditos de salón. "Si quieren aprender de vikingos, que vayan a un museo, que vayan a leer ensayos históricos, arqueológicos y demás, pero que no tomen como referencia una serie o una película".

El problema es que la mentira televisiva es infinitamente más sexy que la verdad arqueológica. La cultura pop nos ha vendido que los guerreros nórdicos eran una especie de semidioses apolíneos, esculpidos en mármol, con abdominales de gimnasio y rostros de anuncio de perfume. Nos imaginamos a Thor con la cara, el cuerpo y el magnetismo de Chris Hemsworth.

La realidad, sin embargo, es terca y suele oler peor. Thor, según las Eddas y la mitología pura, era un tipo gordo, pelirrojo, iracundo y bastante desagradable.

Leticia destroza el mito de la raza aria de catálogo de IKEA con la contundencia de un hachazo: "Los vikingos no eran todos altos, guapos, rubios y de ojos azules. Alguno habría, por supuesto. Pero se sabe que fueron un pueblo de lo más variopinto. Había morenos, había pelirrojos, había de ojos marrones e incluso hubo alguno que era de piel más oscura". Y remata: "Intentamos meterlos a todos en un estereotipo de 'raza aria' y para nada eran así".

Ni siquiera en el tamaño se salvan de la exageración moderna. "Tampoco eran tan altos", explica la autora de Alma de Valkiria. "Estamos hablando de 1,70 m, que para hoy es una medida bastante estándar o incluso menor, pero en aquella época la media estaba en 1,50 o 1,60 como mucho. Hay una gran nebulosa que envuelve todo el tema vikingo (...) Y claro, las series y las películas lo han inventado muy bien".

Pero la cúspide de esta banalización, el síntoma definitivo de que vivimos en la "sociedad del envoltorio", se encuentra en los estudios de tatuajes. En el mundo nórdico antiguo, las runas no eran un adorno; eran algo sagrado, profundamente conectado al Wyrd (el destino inexorable tejido por las Nornas), y obtenerlas le costó a Odín un sacrificio agónico colgado del Yggdrasil. Hoy, cualquier oficinista se tatúa el Vegvísir en el antebrazo porque "queda guapo".

Leticia lidia con este esnobismo de forma constante. "Lo veo diariamente", me confiesa con una mezcla de resignación y asombro. "Me preguntan muchísimo por las redes sociales: 'Oye, ¿me podrías decir un significado o alguna runa que me quiero tatuar?'. Y la gente no tiene ni idea del mundo vikingo, no tiene ni idea de lo que significa esa runa, ni de lo que significaba el honor para ese tipo de guerreros".

Es la victoria absoluta del narcisismo sobre la cultura. Hemos vaciado de contenido uno de los sistemas de creencias más complejos de la antigüedad para convertirlo en calcomanías para adultos.

Como bien resume Leticia: "Simplemente es la estética, la apariencia, el querer verse bien (...) Creo que todo esto va más por el tema que estamos viviendo hoy en día: querer aparentar, más apariencia que el sentido común de saber qué es lo que estás llevando en tu cuerpo y cuál es su significado".

El vikingo moderno de ciudad no anhela el rigor de la historia escandinava, ni mucho menos la dureza implacable de sus inviernos o la gravedad inquebrantable de sus juramentos de sangre. Solo anhela el disfraz.

Utiliza la épica ajena de un pueblo que se extinguió hace mil años para maquillar la insoportable levedad de su propia existencia. Y mientras sigamos confundiendo Netflix con los libros de historia, seguiremos paseando por nuestras calles, muy tatuados y muy peinados, pero con el cerebro cada vez más vacío.