Santiago Díaz. EE
El arquitecto del insomnio: Santiago Díaz y el monstruo que te pide sal
El escritor madrileño regresa con 'El amo' y advierte sobre el voraz ritmo que sigue el mercado literario marcado por las expectativas de los lectores.
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En el ecosistema literario español, profundamente infestado de pedantería y falsos tótems, existe una curiosa y absurda jerarquía. Los mandarines de los suplementos culturales han decidido que aburrir al lector con trescientas páginas de reflexiones sobre la nada es "alta literatura", mientras que secuestrar sus horas de sueño, acelerarle el pulso y obligarle a devorar páginas con la ansiedad de un ludópata es un "género menor".
Si aplicamos esta estúpida regla de medir, Santiago Díaz debería estar en el calabozo de las letras. Lo que hace este hombre cuando se sienta frente al teclado no es escribir novelas; es ejecutar obras de ingeniería diseñadas milimétricamente para provocar un hambre inusitada, casi patológica, por pasar a la siguiente página. Santiago Díaz es el arquitecto indiscutible del insomnio nacional.
Cuando uno conversa con él, descubre rápidamente que detrás de sus tramas no hay musas etéreas ni arrebatos místicos de inspiración, hay fontanería literaria de altísima precisión. Crear adicción es un recurso técnico, un oficio que exige tener las manos manchadas de grasa. Y esa maestría tiene un precio altísimo que no se paga con premios, sino con una ansiedad constante.
Le pregunto si resulta muy doloroso seguir encontrando premisas que mantengan al lector atrapado por las solapas. Su respuesta destila la crudeza del currante que sabe que el mercado no hace prisioneros: "Es muy jodido, sobre todo porque la presión se nota y las expectativas que tiene la gente".
La magnitud de su éxito con el inspector Jotadé se ha convertido en su propia condena. El mercado devora lo que él produce a un ritmo demencial. "Tú fíjate hasta el punto de que El Amo, 11 días antes de su publicación, tuvo una segunda edición porque había habido tanta preventa que hubo que sacarla", me explica.
Cualquiera en su sano juicio estaría descorchando champán, pero el maestro del thriller sabe que la adicción del público es un monstruo insaciable. "Y eso echa más piedras en la mochila de las expectativas y de la presión, y de encontrar nuevas cosas que contar para que estén a la altura".
¿Y cómo responde un autor cuando el peso de esas piedras amenaza con asfixiarle? Elevando la apuesta. Evolucionando la maquinaria del miedo.
En su primera entrega (JD), Díaz demostró que conocía perfectamente los engranajes de la dopamina y el shock inicial. "Se inicia con algo totalmente sangriento: un ajuste de cuentas en un puente de la M-30 en la que destripan a un tipo y le caen las tripas encima a un descapotable. En la primera página", recuerda con la frialdad de un forense.
Pero advierte a los críticos de salón que esto no es un circo de casquería gratuita: "Eso no es simplemente por el morbo ni la espectacularidad, sino para decir: 'Oye, estos son los malos a los que se va a enfrentar JD'".
Sin embargo, el verdadero virtuosismo técnico de Santiago Díaz, la prueba del nueve de que estamos ante un autor en estado de gracia, llega con El Amo.
Sabe que no puede limitarse a arrojar más intestinos sobre más descapotables; la sangre, por acumulación, anestesia. Así que decide dar un giro maestro hacia el terror psicológico. Decide meter el bisturí en nuestra cotidianidad.
"En El Amo, la cosa cambia", me detalla, revelando la trampa mortal en la que va a encerrar a sus lectores. Ya no hay sicarios anónimos en puentes de la autovía. Ahora el terror lleva traje, sonríe en el ascensor y te da los buenos días. Construye a "alguien que tiene una fachada perfecta para esto y en realidad oculta un monstruo".
Y aquí es donde el recurso literario se vuelve sociología pura y dura. Díaz ha entendido que el miedo que de verdad nos hiela la sangre hoy no es el del psicópata de película de serie B, sino el del vecino educado.
"Y yo creo que esos [...] son los peores, porque son a los que les abres la puerta, a los que dejas entrar en tu casa, y cuando los descubres ya no tienes escapatoria". El análisis que hace de sus propios villanos es lapidario: "A un malo malísimo le ves venir de frente y te puede hacer la 13-14, pero sabes dónde frenarle o intentarlo por lo menos. Con este, no".
Ese "con este, no" es la clave de bóveda de su literatura. Es el resorte técnico que te obliga a leer hasta las cuatro de la madrugada, porque el monstruo no está acechando en un callejón oscuro, sino sentado en el sofá de tu salón.
El problema de ser un genio a la hora de manipular la tensión narrativa es que la industria te exprime hasta la última gota de talento. Cuando le pregunto si volverá a la novela histórica, un género que transita con igual maestría (Los Nueve Reinos), su respuesta encierra todo el cinismo y la realidad del negocio literario.
"A mí me encantaría volver a la histórica", confiesa. "Disfruté mucho escribiendo Los Nueve Reinos y creo que en el futuro podré volver a escribirla. Pero claro... si me dejan, ¿no?".
Ese "si me dejan" no es victimismo; es matemáticas puras. Y él mismo, despojado de cualquier falsa modestia, lo expone con cifras en la mano: "Los Nueve Reinos y JD salieron con la misma tirada inicial, una tirada gordísima. Al pasar un año de Los Nueve Reinos, había ido muy bien de ventas, pero esa tirada inicial no se había agotado [...]. Bueno, pues JD, por ejemplo, a los 10 meses de aquella primera edición, iba por la sexta o séptima".
La conclusión es tan aplastante como la lógica del capital: "Con lo cual es lógico que me aprieten para que haga thriller".
Y nosotros, egoístamente, debemos celebrar que le aprieten. Porque mientras la élite cultural sigue mirándose el ombligo premiando novelas en las que no pasa absolutamente nada, Santiago Díaz seguirá cargando con esa pesada mochila de piedras, afilando su bisturí narrativo y perfeccionando el arte de no dejarnos dormir.
Entrar en sus páginas es asumir la gozosa condena de saber que no podrás salir. Y esa magia, mal que les pese a los puristas, no la regala ninguna musa; se fabrica con un talento descomunal y muchísimo oficio.