Juan Gracia Armendáriz.
La literatura no es paracetamol: el reconocido escritor Juan Gracia Armendáriz y la trinchera del dolor
El autor navarro culmina su trilogía más personal adentrándose en un libro donde la falta de condescendencia y la crítica velada al buenismo de la literatura como calmante campan a sus anchas.
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Vivimos en la era de la autoayuda, donde el sufrimiento se romantiza y se vende como un trampolín obligado hacia el crecimiento personal.
Ante esa epidemia de condescendencia, adentrarse en Diario de la frontera (Demipage), de Juan Gracia Armendáriz, es someterse a una terapia de choque de altísimo valor literario.
Él ha pasado cuarenta años lidiando con la enfermedad -sus problemas comenzaron dos años antes de recibir su primer trasplante de riñón en 1986-, entrando y saliendo de quirófanos y soportando la tiranía de las salas de hemodiálisis.
Sin embargo, se niega en rotundo a adoptar el papel de héroe o a venderle al lector el manido cuento de la sanación fácil a través de las palabras.
Frente a la recomendación médica, a menudo frívola, de usar el folio en blanco como un simple desahogo, Armendáriz propone una visión mucho más honda del poder terapéutico de la escritura.
Escribir sobre algo tan doloroso no es un mero analgésico, sino que exige un complejo ejercicio de bilocación narrativa.
En la práctica literaria, el autor se ve obligado a desdoblarse, tomando distancia de lo experimentado, de modo que aquello que relata parece haberle ocurrido a otro. Es en ese alejamiento formal y estilístico donde reside la verdadera catarsis.
Es el decimoquinto libro en su trayectoria, y demuestra que no estamos solo ante un testimonio clínico, sino ante una obra de literatura.
Diario de la frontera cierra, de hecho, un valiente tríptico autobiográfico que comenzó con Diario del hombre pálido (2010) y continuó con Piel roja (2012).
En sus páginas, la prosa se despliega con una sutileza que empata con la poca condescendencia para abarcar un mosaico de distintas experiencias que exploran la vida, la memoria y la condición.
Esa implacable falta de piedad consigo mismo vertebra gran parte de su mirada. Armendáriz dinamita uno de los grandes dogmas de nuestra sociedad: la idea de que la enfermedad nos eleva moralmente o nos dignifica. “Se dice que el sufrimiento te hace mejor. Falso”, asegura.
Lejos de la épica de manual, el autor radiografía el dolor físico como una fuerza humillante: “El dolor tiene como gran defecto que es intransmisible. Y te reduce, y te convierte en un estúpido”.
La vulnerabilidad extrema, confiesa, le despojó de su independencia para devolverle a un estado de dependencia primigenia: “Te infantilizas. Vuelves a tener tres años. El enfermo es un niño que protesta porque tiene hambre o porque le tienen que curar la herida”.
Para explorar los abismos, utiliza el hospital no como un decorado inerte, sino como el territorio descarnado donde se vencen las caretas sociales. “Un hospital es el mejor laboratorio de emociones”. Allí convergen, en su forma más pura, bajezas, miedos espantosos y también heroísmos.
Sin embargo, en medio de ese paisaje de agotamiento, emerge una resistencia casi animal. Esperanza incluso en su lenguaje no verbal.
Su rechazo a la muerte es tan rotundo como su rechazo a los discursos complacientes. “Yo digo un no rotundo a la muerte. Yo voy a vender carísima mi vida. La voy a defender con uñas y dientes hasta el último momento”.
Y es precisamente esa convivencia íntima con el abismo la que le permite, tras sobrevivir durante cuatro décadas a las emboscadas del cuerpo, celebrar la normalidad con una avidez envidiable.
Frente al lamento continuo por nimiedades, Armendáriz recuerda que regresar vivo de esa frontera cambia la escala de valores para siempre: “Después de haber estado encerrado un año, el mero hecho de ir a ver los escaparates me parecía un plan cojonudo”.
Juan Gracia Armendáriz no escribe para buscarnos la lágrima fácil ni para fingir valentías de cartón piedra.
Escribe para desdoblarse, para tomar distancia literaria del horror y, de paso, arrancarnos a nosotros la venda de superioridad moral que llevamos puesta. Y eso, respaldado por la solvencia un autor que domina la narración, convierte un desierto en una florida reflexión optimista.