Vicente y Manolo y su madre Carmen en el 'Forn de Manolo', en Moncada (Valencia).

Vicente y Manolo y su madre Carmen en el 'Forn de Manolo', en Moncada (Valencia). Raquel Granell

Valencia

Cierra el mítico horno de Manolo y Vicente tras 95 años: "Es una pena, pero es sacrificado levantarse a las 2 am cada día"

La falta de relevo generacional y la competencia de las grandes superficies dificultan la supervivencia del oficio de panadero de toda la vida.

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Moncada
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Entrar en el Forn de Manolo es, literalmente, adentrarse en casa de los Belenguer Guillem. Sus clientes cruzan el umbral con la familiaridad de los que se conocen toda la vida. Porque da igual por qué calle acceder: las dos entradas -desde la calle Cervantes o la calle Jorge Juan- conectan al corazón de uno de los hornos más emblemáticos de Moncada (Valencia).

Con la pena de quien dice adiós para siempre, los hermanos Manolo y Vicente Belenguer, y su madre Carmen Guillem, de 93 años, reciben a EL ESPAÑOL para contar el que ha sido su oficio, que ha pasado por tres generaciones, en una planta baja que lleva 95 años abierta a pleno rendimiento.

En menos de dos semanas, el próximo 30 de abril, cerrarán la persiana. "Toca jubilarse. Nuestra vida ha sido el horno. Éramos unos críos y estábamos aquí", cuenta, afligido, Manolo. Su madre, en silencio, se emociona.

Mientras aprendían en la escuela, los hermanos Belenguer Guillem ayudaban a sus padres los fines de semana. Manolo recuerda que, de pequeño, le ponían un banquito para poder llegar a la máquina.

Una mezcla entre la ilusión del principio y la pasión por el oficio hizo que Manolo dejara de estudiar y empezara a amasar y hornear a los 14 años: "Me gustaba mucho: aprender cosas, experimentar con ingredientes, observar lo que se hacía...".

"Vivíamos aquí arriba. Nos levantábamos y bajábamos al horno. Al acabar el día, subíamos a dormir", agrega, mientras señala a una escalera en forma de caracol que lleva al piso superior de la vivienda.

El interior del establecimiento evoca las casas de antaño, porque lo es: cuando no importaba qué azulejo casaba con el de al lado y la austeridad reinaba en las estancias.

Clientas habituales en el Forn de Manolo.

Clientas habituales en el Forn de Manolo. Raquel Granell

El hijo mayor lleva 51 años entre los hornos, y a sus 65 ha decidido que es el momento de apagarlos. Sus hijos y sobrinos no continuarán. No hay relevo generacional.

"Ni siquiera les inculcamos el oficio. No es un trabajo que dé un buen futuro, por eso hemos procurado apartarlos de aquí. Cada vez se jubilan más compañeros, se está acabando", lamenta Belenguer.

Porque la vida de un panadero no es sencilla; todo lo contrario. "Es un oficio sacrificado. La alarma suena a las 2:00 de la mañana todos los días. Vengo aquí y a la marcha: echo la harina, la levadura y el fermento a la máquina y ya empieza lo que es la elaboración del pan", explica.

Mientras Manolo amasa a mano el pan, Vicente se encarga de cocerlo. En total, hacen cuatro hornadas al día; en cada una un tipo de pan, lo que se traduce en unas 300 barras.

Después empiezan con la bollería, desde rosquilletas, panquemao, coca de pasas y nueces y hasta empanadillas, según la demanda de la clientela.

Este diario comprueba in situ su ritmo coordinado mientras dan forma a sus productos artesanales, lo que evidencia la perfecta sintonía entre hermanos pese a los roces cotidianos que puedan surgir.

Los hermanos Manolo y Vicente Belenguer amasan rosquilletas.

Los hermanos Manolo y Vicente Belenguer amasan rosquilletas. Raquel Granell

Los madrugadores que pasan a por su desayuno, almuerzo o su pan del día lo echarán en falta. También las personas mayores que acuden religiosamente a por el suyo.

El Forn de Manolo es, además, la meca de los jóvenes al terminar una verbena. Bien conocido es el cántico 'Au al forn de manolo' en el pueblo, cuando decenas de chavales peregrinan hasta el barrio Badia para hacerse con su resopón.

Y ahí está Vicente -que no Manolo, como muchos creen- a destajo, para ofrecer el producto recién horneado, con el aplomo que se debe tener para atender a los clientes que llegan a intempestivas horas de la madrugada, cuando para él apenas comienza la jornada.

Tres generaciones

Pero el tradicional Forn de Manolo, ubicado en el barrio Badia de este municipio, lo montó su abuelo Manolo -de ahí su nombre-.

"Era de Alpuente, pero se bajó a Valencia. Vivió en Burjassot un tiempo y después se trasladó a Alfara del Patriarca -lugar donde nacieron sus padres-. Montó un horno allí, pero no llegó a inaugurarlo. Lo vendió y vino al barrio y aquí es donde hemos crecido nosotros", relata el mayor de los dueños.

Su abuelo tuvo seis hijos, pero fue su padre quien, tras la muerte de este, decidió quedarse con el negocio familiar.

"Ha sido muy bonito, y también un orgullo, porque pocos aguantan esto. Mi madre se pone a llorar cada vez que lo nombramos", dice Manolo mientras saludan a una vecina que entra a comprar. "Dile a Vicenta que mañana iré", le contesta Carmen.

Imagen del exterior del 'Forn de Manolo', en Moncada (Valencia).

Imagen del exterior del 'Forn de Manolo', en Moncada (Valencia). Raquel Granell

En los 95 años que lleva el Forn de Manolo abierto han pasado por muchas etapas. En contra de lo que pueda parecer, la pandemia benefició al horno.

El propietario asegura que la gente del barrio volvió a confiar en los comercios de proximidad y recuerda que se formaban grandes colas para comprar el pan.

Sin embargo, en el día a día son las grandes superficies las que dificultan la supervivencia del oficio de panadero de toda la vida.

El propio Manolo reconoce que "es parte de la vida" y que "las costumbres han cambiado": "La gente joven trabaja durante el día y, cuando vuelve, va a los supermercados a hacer la compra. No podemos competir con sus horarios ni con sus precios".

En pequeños negocios como el de los Belenguer a veces no pueden contratar a otra persona, por lo que abrir por las tardes no sale rentable.

Eso sí, el trato personal -y familiar- marca la diferencia. "Siempre hemos dejado a los vecinos venir a hornear sus arroces, calabazas o pimientos", afirma el panadero. "Cuando vienen, sabes lo que van a pedir. Las puertas siempre han estado abiertas, cualquiera puede pasar por el comedor".

A sus 93 años, y después de toda una vida, Carmen agradece la visita y vuelve a emocionarse. Es la que siempre está al pie del cañón pese a su edad; la que ayuda a limpiar, saluda a las vecinas y echa una mano cuando hace falta.

Carmen Guillem, madre de Manolo y Vicente, en el 'Forn de Manolo'.

Carmen Guillem, madre de Manolo y Vicente, en el 'Forn de Manolo'. Raquel Granell

"Todos los días lloro. Esto era una cueva. El primero de los tres hornos que hemos tenido era de leña. Hemos levantado esto entre mi marido y yo y mis hijos. Por un lado estoy contenta, para que mis hijos descansen después de toda la vida trabajando y ayudando a su padre… pero claro, da pena", concluye, con la voz quebrada.

Pronto el Forn de Manolo echará el cierre, pero su maestría y dedicación siempre permanecerán en la memoria del pueblo y el vecindario.