Andrea Espiña, de la agencia creativa Lachary

Andrea Espiña, de la agencia creativa Lachary DD. El Español

Opinión

Mitsuo y yo

Detrás de esa imagen humilde y afable, se escondía un artista de altísimo renombre que jamás enumeró ni uno solo de sus logros, cosa que no deja de hacer más grande a ese pequeño hombre

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Supongo que todos tenemos un mentor a lo largo de nuestra vida. En mi caso, he sido tremendamente afortunada teniendo varios. Encontrar a esa persona que te acoge y te enseña en los tiernos inicios de tu formación y vida laboral, ha sido una de las mayores suertes que he tenido. Y es que contar con alguien capaz de guiarte con su mera presencia, es una lotería que no a todos les toca. Por eso el artículo de hoy, no es más que una carta agradecida.

Posiblemente lo desconozcan, pero yo estudié dos carreras universitarias, en tiempos en los que el doble grado no existía, concretamente Bellas Artes y Publicidad.

Yo iba para artista (o más bien eso pensaba la inocente y cándida Andrea del 2005). Llegué a Madrid sin tener ni idea de nada y con ganas de saberlo todo. Diría que fue el segundo o tercer año de carrera, cuando al entrar al taller de pintura me topé con un señor asiático bajito y sumamente amable, que sonreía mientras te escudriñaba el alma escondido tras sus redondas y minúsculas gafas.

Supe rápido que ese hombre era particular y me caía bien. Fue más tarde cuando me di cuenta de que ese día me había tocado el boleto ganador en forma de adorable japonés.

De él aprendí a ser libre y no tener miedo a experimentar con las ideas, los materiales, las texturas y puede que hasta con la vida. Mis compañeros y yo pasábamos horas trabajando en extravagantes ejercicios que no entendíamos muy bien y que chocaban con cualquier imagen que el común de los mortales entendería por clases de arte.

Recuerdo un día en el que posó 4 objetos sobre la mesa y nos anunció que de ahí sacaríamos la idea para nuestro proyecto final.

Ale, a pensar.

Sinceramente no recuerdo qué le propuse. Lo que tengo grabado es que a los 45 minutos me dejó irme de clase tras argumentar un proyecto artístico basado en uno de aquellos objetos con forma de donut de plástico.

Supongo que tal triunfo fue, sin saberlo, el comienzo de nuestra peculiar relación alumna maestro, aunque en ese momento yo sólo pensara en salir corriendo de aquella tortura china o mejor dicho, japonesa.

Después vinieron los cuadros con arena, los lienzos de gran formato y los mundos de nebulosas espaciales supervisados por su mirada atenta. Jamás nadie me hizo sentir tan cómoda pintando, ni tampoco me exigió tanta disciplina y compromiso. Era Mitsuo una especie de vara de medir de mis habilidades. Generalmente obtenía una pequeña mirada de aprobación. Acompañada de media sonrisa, pero también sabía ponerme derecha como un palo si su ceño se fruncía lo más mínimo. Era japonés, no se podían esperar grandes aspavientos.

Nunca necesitamos largas y elocuentes conversaciones. Nos entendíamos perfectamente. Cuando dicen que más del 90% de la comunicación es no verbal, es cierto.

Llegó un día en que la propia universidad decidió comprar obra de artistas emergentes. Entre ellos estaba yo, supongo que gracias a él.

El día anterior a la entrega, presenté el cuadro con la mayor de las ilusiones, pero cuando vi su pequeña figura aparecer con el ceño fruncido, el globo se me deshinchó rápido. Los perfiles del cuadro estaban blancos, sin integrar en la obra. Lo que para mí era un detalle menor, para él fue una ofensa.

Me pasé horas rellenando perfiles con arena y pintura, atacada por si no secaban a tiempo. Volví al día siguiente para que Mitsuo inspeccionara el cuadro como si tuviera que darle el certificado de autenticidad de Shotheby’s. Lo aceptó.

Ese día gané dos cosas: 2.500€ y una lección que aún me persigue a día de hoy. Jamás verán un cuadro mío sin los perfiles acabados.

Pasaron los trimestres y sus clases se acabaron. Recuerdo el final de curso del último año, y esa sensación de desamparo sin su presencia. Nunca supo todas las veces que entré en el taller a buscarlo con pretextos poco trabajados. Ni la paz que me daba encontrarlo, ni las pequeñas punzadas de tristeza si no lo hacía.

Mi maestro Mitsuo llegó a España en los años 60 para recorrerla en una pequeña moto. ¿Por qué España y no Francia? Lo desconozco. Lo que sí sé es que aquí conoció a su mujer y nunca más se fue. Ni se irá, porque sus minimalistas y geométricas obras quedarán para siempre en el Reina Sofía, la fundación Botín o Juan March, entre muchos otros. Y es que detrás de esa imagen humilde y afable, se escondía un artista de altísimo renombre que jamás enumeró ni uno solo de sus logros, cosa que no deja de hacer más grande a ese pequeño hombre.