Andrea Espiña, de la agencia creativa Lachary

Andrea Espiña, de la agencia creativa Lachary

Opinión A la palestra

Unpopular Opinion

Resulta asfixiante eso de andar pisando huevos en las sobremesas para no herir sensibilidades, simplemente por opinar distinto a otra persona. Porque la opinión se ha convertido en un ataque, un arma arrojadiza con la que apuntas sin saber muy bien a qué ni a quién, así que mejor no disparar.

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Fue un sábado cualquiera, en el bar de siempre, donde anuncié que iba a empezar a escribir una columna de opinión para Treintayseis. Después de los comentarios habituales de “te pega todo” y “cuánto me alegro”, sobre la mesa se dejaron caer frases como “a ver qué dices” o “ten cuidado”.

Soy un ser razonable. Sin opiniones extremistas ni excesivamente polémicas.

Pensaba empezar esta columna hablando sobre Ozempic o Llorente, pero no pude evitar darle vueltas y más vueltas durante todo el fin de semana a esos consejos y comentarios bienintencionados. Y es que… ¿en qué mundo vivimos que, cuando dices que vas a escribir un artículo de opinión, te dicen que tengas cuidado? ¿No se supone que vivimos en un país libre que se llena la boca con moralinas sobre el diálogo y el respeto al prójimo?

Pero, ojo, ten cuidado.

A riesgo de escandalizar al personal, una cree que tener opinión es mejor que carecer de ella. Y que expresarla no debería ser algo temerario. Es de sentido común. Pero, por lo que parece, se cumple eso de ser el menos común de los sentidos.

Ay, la opinión, ese gran problema. Porque está bien si es la misma que la mía, pero mal si no me gusta. ¿Dónde quedó el debate, el espíritu crítico, el argumento? ¿Qué fue de eso llamado reflexión, del encuentro en puntos comunes y de la convivencia de las discrepancias?

Resulta asfixiante eso de andar pisando huevos en las sobremesas para no herir sensibilidades, simplemente por opinar distinto a otra persona. Porque la opinión se ha convertido en un ataque, un arma arrojadiza con la que apuntas sin saber muy bien a qué ni a quién, así que mejor no disparar.

Cuando era pequeña, los domingos por la tarde, a la hora del café —ese que venía después del postre— ya se anunciaba “fiesta”. La mesa de mis abuelos se convertía en un pequeño campo de batalla entre el humo de los puros y los discursos elocuentes. No crean que los miembros de mi familia se cedían la palabra amablemente entre ellos o cuidaban el tono para no pisar a nadie. Todo lo contrario. Recuerdo ver, con esfuerzo, a través de esa enorme cortina gris, a mi abuelo exasperado por tanto argumento inválido, según él. Pero también recuerdo verlos a todos salir de casa, con su guerra finiquitada, despedirse y quedar para el domingo siguiente.

Porque ahí, en esa mesa donde todo el mundo discutía acaloradamente hacía menos de dos minutos, no había pasado nada.

Gracias a Dios, hoy en día no tengo que pasarme horas sentada a una mesa humeante, pero tampoco puedo decir lo que pienso si antes no he hecho un estudio de campo para saber si la persona que tengo delante cojea de alguna pata. Qué pena. Cuantísimo trabajo para no incomodar. Qué pérdida de oportunidades para aprender, razonar y evolucionar. Porque sin opinión, sin crítica, sin debate… ¿cómo pensamos crecer, enriquecernos y entender el mundo desde prismas diferentes?

Así iremos, como ovejas siguiendo al rebaño. Y ojo con los huevos, que no nos queremos manchar. Pero aquí lo dejo, señores, porque yo sí pretendo “despedirme y quedar para el domingo que viene” con todos ustedes. Espero que acepten la invitación.

Ilustración de Rodrigo Hew

Ilustración de Rodrigo Hew Rodrigo Hew